Sunday, February 27, 2011

Pacto contra la inflacion

Una vez más las llamas de la inflación queman los bolsillos de la gente. No es un buen comienzo de año, especialmente ahora que se negocian incrementos salariales. La Central Obrera Boliviana tiene una posición maximalista extrema, quiere el cielo por asalto: 8.000 bolivianos de canasta familiar.

Dice el refrán que si siembras vientos de cambio en los papeles y discursos, ofreciendo la felicidad económica instantánea, puedes cosechar tempestades.

El hechizo económico de la propaganda oficialista, cuyo ícono es la friolera de 10.000 millones de dólares de reservas internacionales, se vuelve contra el aprendiz de mago. Si hay tanto dinero por qué no se puede aumentar más el salario, reclaman los pobres.

El Gobierno insiste que esta elevación de precios es una conspiración internacional, acusa a los especuladores, a empresarios traidores y otras alimañas, como los analistas. Pide perdón por el pecado capital del gasolinazo.

Tarde llega el arrepentimiento, la geografía de precios está totalmente desorganizada. Ni las causas que crearon el fuego de la inflación ni los elementos que ayudaron a su propagación están siendo atacados con pertinencia.

A estas alturas del campeonato sabemos que los precios de los alimentos en el mundo aumentaron, estamos importando inflación y que los saltos de algunos precios se originan en los desastres naturales y en gruesos errores del Gobierno.

Pero también en la coyuntura actual, ha revivido con fuerza el conflicto distributivo de la mano de la decepción de la gente con las políticas públicas gubernamentales. La pugna por la renta es un viejo mecanismo que amplifica y propaga el fuego de la inflación.

¿Qué hacer frente a este problema? Pues, políticas de ingreso concertadas y mecanismos institucionalizados de negociación.

Esta perspectiva parte de la idea de que la inflación es resultado de un juego no cooperativo (pugna distributiva) entre los diversos agentes económicos, que luchan por apropiarse de una mayor parte del producto.

Bajo estas condiciones, políticas de estabilización podrían ser implementadas coordinando las acciones estratégicas de los agentes formadores de precios y fijadores de salarios bajo el comando del Estado. Esto significa que la reducción de la inflación debe ser percibida, por la medida de agentes económicos, como dando origen a un bien público.

La inflación es una situación de pérdida (vía impuesto inflación) para todos y si así es percibida, la mayoría de las empresas y trabajadores deseará salir de esta circunstancia pagando el menor costo posible; sin embargo, nadie lo hará temiendo que los demás no lo hagan.

Si el promedio de los agentes económicos opta por la actitud de esperar y mirar qué hace el otro, el clima inflacionario se complicará. En general, las políticas de concertación de ingresos se viabilizan a través de pactos sociales y económicos amplios entre los sindicatos, empresarios, juntas de vecinos y el Estado donde este último desempeña el papel de facilitador, promotor y garante del pacto.

La otra condición es la creación de mecanismos de negociación colectiva institucionalizados y con un horizonte de largo plazo.

Los individuos o empresas, actuando aisladamente, a merced del mercado difícilmente podrían llegar a una coordinación estratégica efectiva y equitativa; por eso, la necesidad de una tarea doble del Gobierno, garantizar los márgenes de credibilidad de la política económica y armonizar las expectativas y las acciones de los decisores de precios y salarios. Éste es el camino para lograr un pacto contra la inflación. Dejar que el mercado resuelva el conflicto distributivo es volver al neoliberalismo.

Sunday, February 20, 2011

El Estado Poncio Pilatos

Un principio básico neoliberal es el archiconocido laissez faire, laissez passer, dejar hacer, dejar pasar a las fuerzas del mercado para que, vía los precios, administren escasez y abundancia sin ningún tipo de intervención estatal.

En los últimos meses, el publicitado y coqueto Estado integral de los tiempos de cambio ha abrazado integralmente esta máxima liberal.

Primero fue el frustrado gasolinazo y después el azucarazo, ambos nivelaron los precios locales a sus pares internacionales como recomendaría un buen seguidor de Adam Smith, y ahora, en la misma línea, se deja que el mercado resuelva el caso del transporte público y también de otros productos y servicios, cuyos precios están por los cielos.

Como en los albores de capitalismo, ofertantes (todo tipo de transportistas) y demandantes (vecinos y usuarios) deben luchar a puño limpio en cada esquina de las grandes ciudades por la tarifa a pagar.

Sindicatos de transportistas que se enfrentan con gremiales, juntas vecinales con comerciantes. Se apedrean y queman sedes sindicales. Los más fuertes o violentos se impondrán, en cuanto el Gobierno, a través de la Autoridad de Fiscalización de Telecomunicaciones y Transportes adopta la vieja filosofía de Soliz, haste al sonsito y serás feliz.

¿Negligencia o cálculo político? Difícil saber, pero en un tema tan delicado como complejo, el Estado integral se ha convertido en el Estado Poncio Pilatos que se lava las manos sobre el tema de las tarifas y espera que los municipios carguen con esta factura.

Cabe recordar el quilombo con la inflación del 2011 y el conflicto distributivo asociado a ésta tiene como origen la desastrosa idea del gasolinazo y su peor replica: el reculazo. Lo que también desordenó la geografía de precios relativos fueron las malas decisiones gubernamentales en materia de seguridad alimentaria, de hoy y de siempre, que convirtieron a Bolivia en un importador de comida y no en un beneficiario de los precios espectaculares de los alimentos como lo son Brasil, Argentina y Perú, siendo que también, como los vecinos, tenemos tierra en abundancia y, por lo tanto, vocación agrícola.

El Gobierno central debe intervenir en el tema de transporte público porque controla la provisión y precio del insumo más importante de este rubro, el combustible.

A continuación me permito algunas sugerencias para abordar el tema de manera global, es decir, costos, tarifas, calidad del servicios, participación ciudadana y seguridad.

Estos puntos deberían hacer parte de un gran pacto económico y deberían estar registrados en un presupuesto plurianual.

1.- Realizar un censo de vehículos del transporte público, para determinar el tamaño del parque automotriz en Bolivia y establecer el porcentaje de éste convertido a gas natural vehicular (GNV). A la fecha se manejan muchas cifras y se requiere que un órgano independiente lleve esta contabilidad.

2. Establecer metas anuales concretas de conversión de vehículos de transporte público de gasolina y diésel a GNV con la participación de transportistas, vecinos, alcaldías y Gobierno central. En este caso también se hacen muchos anuncios gubernamentales que no se pueden verificar.

3. Determinar que a cada 5.000 carros convertido a GNV, el precio de la gasolina se incremente en un porcentaje pactado.

4.- Pintar todo el parque automotriz de transporte público convertido a GNV de color azul y negro, así algo en el proceso de cambio se moverá. De esta manera la industria de pintura y los talleres mecánicos podrían tener un impulso de demanda.

5. Establecer una tarifa para el transporte que usa GNV de acuerdo a estudios de costos. Las tarifas del transporte público que use gasolina deberían ser más caras, para así incentivar la conversión a gas.

6. Establecer un impuesto a los vehículos de lujo, las vagonetas y jeeps (4x4) que le quintan el sueño al Vice. Con estos recursos se podrían financiar parte de las medidas anteriores.

7. Crear “vales transporte” para los sectores más pobres de la sociedad, los cuales se los podrían distribuir con la Renta Dignidad, el Juancito Pinto y la Juana Azurduy. Existe amplia experiencia internacional sobre lo que se conoce también como vouchers, cupones o bonos transporte que pueden estar financiados por el Gobierno, el sector privado o ambos como parte del salario, por ejemplo. El desafío de política pública es focalizar bien a los beneficiarios de este subsidio.

8. Identificar opciones de transporte público masivo en las grandes ciudades como metros, trenes de superficie funiculares y otros.

El Estado neoliberal es el de la mínima acción en la economía, el Estado integral, que publicita el Gobierno, es una entelequia que no termina de aterrizar en temas económicos. Lo que se observa en el país después del fracasado gasolinazo, es un Estado Poncio Pilatos que ante los problemas ocasionados por el mismo, se lava las manos y se libera de responsabilidad. En estos días, la sociedad en las calles, a palo limpio, debe resolver las tarifas del transporte público como en los albores del siglo XIX.

Sunday, February 13, 2011

De viejos, viejas y colas

El Viejo se ha convertido en el personaje principal de la opereta política de los últimos días, pero es posible que este haya podido comprar azúcar de pasadita en la Fiscalía donde, además de tomar declaraciones, venden el preciado endulzante decomisado. Entre tanto, la sucia trama, que se desarrolla en el escenario nacional, no es lo suficientemente truculenta como para opacar los actos de otra obra muy conocida en el país: La Vieja inflación. Comenzamos mal el 2011. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, el aumento de precios en el benjamín mes de enero fue 1.29%. La inflación de alimentos fue más alta: 2.22%. Estos resultados, nada halagüeños, han obligado al gobierno ha revisar su meta de inflación de 4.5 a 6% ni bien despertó el año. Este nuevo anclaje de los precios pretende detener el barco de las expectativas inflacionarias que navega en las turbulentas aguas de la inflación de alimentos, con una tripulación gubernamental cuya credibilidad y reputación fue seriamente afectada después del gasolinazo y azucarazo.
La nueva meta de inflación tiene pies de barro porque no se sustenta en un programa económico consistente. La política anti-inflacionaria repite una vieja historia neoliberal, por el lado de la demanda: apreciación del tipo de cambio para que los productos importados sean más baratos, aunque esto signifique competencia desleal a la industria nacional. La política monetaria ensaya tímidas operaciones de mercado abierto (aumentos de la tasa de interés de los títulos del Banco Central) para retirar circulante y frenar la demanda. A contra mano, el gasto público continúa muy suelto de cuerpo y alma sin posibilidades políticas de ser frenado. Además con los aumentos de los salarios que se avecinan, la presión del consumo seguirá firme y fuerte. La mano derecha neoliberal busca apagar el fuego de la inflación, en cuanto, la mano izquierda populista le hecha gasolina a la fogata donde se queman los salarios.
Por el lado de oferta, las buenas intensiones de aumentar la producción agrícola siguen llenando spots televisivos pero están lejos de las tierras. EMAPA agoniza víctima de su confusión de roles, paso de órgano de apoyo a la producción a desleal monopolio público de importación y comercialización de alimentos, rompiendo así con la cadena de distribución de miles de minoristas y promoviendo una competencia desleal a los propios productores que dicen apoyar. Otra vez, la mano derecha no sabe lo que hace la izquierda.
Un economista brasileño decía: “En la inflación capitalista, los precios suben. En la inflación socialista, los productos desaparecen”, yo añadiría: En la inflación revolucionaria, las colas crecen.

En Estados Unidos se estima que las personas pasan 37 mil millones de horas al año en líneas de espera. Un ciudadano medio pasa cinco años de su vida esperando en distintas colas. Guardando las proporciones de tamaño y población, un boliviano promedio debe batir records en hacer filas. Seguramente, Usted amable lector, ha estado en muchas colas, la que ahora esta de moda es la fila para comprar azúcar.
En Bolivia las colas son una forma de empleo precario. No soy especialista en colas pero he observado muchas. Las hay de todo tamaño y las personas las hacen por diferentes razones. Unos por necesidad genuina del producto que se vende. Otros se canchean unos pesitos guardando lugar para otros, generalmente duermen en las filas y tienen lugares espectaculares que los venden al mejor postor. En las colas también hay especuladores, revendedores chicos y grandes. Practican lo que los economistas llaman elegantemente arbitraje: compran barato y venden caro. En estas viboritas de gente también hay los “busos” del gobierno, ahora elevados a categoría de patriotas, que observan quien esta haciéndola y cuan larga es. Después hace sus reportes siempre diciendo que son cuatro locos y la mayoría de ellos opositores que tienen tiempo para no hacer nada. Hay gente que hace fila porque otros está haciéndola, es el efecto manada, si hay cola por algo será y es mejor no dejarse sorprende por ese algo. La música que más se escucha en las colas es la de Celia Cruz ”Azúcar, papá, pa gozar”. Las filas también generan empleos indirectos, donde aparece una muchedumbre surge como hongos servicios de comida, cafecito sin azúcar en la fría mañana, patitas a la sajra hora y multicolores almuerzos al medio día. Las colas le dan mala imagen al gobierno porque recuerdan el periodo de la UDP, cuando Bolivia vivió una hiperinflación.
Bueno es posible y deseable que las colas desaparezcan en las próximas semanas, en especial ahora que las autoridades del equipo económico descubrieron a Adam Smith y se olvidaron de Charly Marx a una velocidad que asusta. Después de la aprobación de una dura Ley contra el contrabando, sendas movilizaciones de las FFAA, la Policía, los boy scouts y los movimientos sociales para controlar fronteras, al final, fue la nivelación de precios neoliberal la que, parcialmente, calmo el mercado del azúcar.

Para terminar, una pregunta a nuestras autoridades sobre los misterios de la vieja inflación para fraseando a Millor Fernandes: ¿Porqué los trabajadores ganan
cada vez menos, para producir cosas que cuestan cada vez más y encima tiene que hacer colas?

Tuesday, February 8, 2011

Macroeconomia para la producciom

En las últimas semanas la propaganda oficial ha bombardeado a la opinión pública con datos macroeconómicos. Superávit fiscal, balanza comercial positiva, reservas internacionales que habrían sobrepasado los 10 mil millones de dólares, entre otros. Habla mucho menos del crecimiento enano de 3,8 por ciento o de la inflación elevada de 7,18 o la escalada de precios de los alimentos que llegó a 11 por ciento en el 2010. Como en el pasado neoliberal, los datos macro dominan la agenda de políticas públicas.

El crecimiento económico entre 2006 – 2010 fue, en promedio anual, de 4,5 por ciento. Este resultado es muy parecido a la tasa de crecimiento del periodo de auge del neoliberalismo, entre 1994 y 1998. El crecimiento económico en Bolivia, además de ser muy bajo comparado con la región latinoamericana, es muy sensible a los booms y colapsos de los precios internacionales de los recursos naturales y a la volatilidad de los ingresos de capitales. El crecimiento moderado del producto en los últimos años, también se explica por el “sesgo financiero” de las políticas macroeconómicas adoptadas.

Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), la mayoría de los países latinoamericanos, desde los años 90 hasta ahora, optaron por políticas macroeconómicas que tuvieron como prioridad la estabilidad financiera, entre tanto, los resultados sobre el crecimiento económico y la equidad social fueron muy magros. Para la Cepal, el hecho que la macroeconomía haya sobre enfatizado los objetivos de bajar inflación y disciplina fiscal tuvo consecuencias negativas desde la perspectiva del desarrollo.

La estabilidad macroeconómica financiera contrastó con las intensas fluctuaciones de la tasa del PIB, es decir, con la inestabilidad del producto, que, a su vez, se tradujo en fuertes variaciones de la demanda agregada, el tipo de cambio y las expectativas de los actores económicos. El entorno macroeconómico de los últimos 20 años en América Latina no estimuló la formación de capital, la innovación tecnológica y la creación de empleos de calidad. Bolivia no fue la excepción.

El concepto de estabilidad macroeconómica se transformó en este periodo. Según José Antonio Ocampo, un economista colombiano, después de la segunda Guerra Mundial, para el pensamiento keynesiano, estabilidad macroeconómica implicaba una combinación de equilibrio interno (pleno empleo, crecimiento económico estable e inflación baja) y ponderación externa (balanza de pagos equilibrada). A partir de la hegemonía del pensamiento neoliberal en los años 90, el equilibro fiscal y la estabilidad de precios se convirtieron en los objetivos dominantes de las políticas macroeconómicas. El rol contra cíclico de las políticas macro fue abandonado y se dejó de lado los temas de inestabilidad macroeconómica real, es decir, comportamiento del producto y empleo. Ocampo aboga porque las políticas macroeconómicas amplíen sus objetivos e incluyan múltiples dimensiones, envolviendo no sólo la estabilidad fiscal o de precios, sino también la evolución del producto, las relaciones de endeudamiento sostenibles, balance público – privados saludables, moderadas tasas de interés de largo plazo, tipos de cambio competitivos y lo más importante retomar el objetivo keynesiano final: El pleno empleo.

En estas circunstancias, para Ffrench-Davis, economista chileno, “se precisa pasar del fuerte sesgo ‘financierista’ y ‘cortoplacista’ a un enfoque que priorice, explícitamente, el desarrollo productivo y su repercusión en la equidad. Ello requiere un enfoque integrado en que incorporen las interrelaciones entre la micro y la macroeconomía, y se consideren las implicancias de la intensa heterogeneidad estructural de los mercados nacionales y la prociclicidad intrínsica de los flujos financieros internacionales”.

En el caso boliviano, en el periodo 2006 y 2010, las políticas económicas adoptadas no rompieron con el patrón descrito para América Latina. La macro fue cortoplacista, en especial, las políticas monetarias y cambiarias que mantuvieron elevados grados de continuidad, en objetivos e instrumentos, respecto al pasado neoliberal, cuando las políticas macroeconómicas priorizaban el control de la inflación y el balance presupuestario. Entre tanto, durante la administración del presidente Morales, la política fiscal fue expansiva, el gasto y la inversión aumentaron significativamente, aunque hay duda sobre su calidad y eficacia de éstas para fomentar el crecimiento y la creación de empleo. Más aún, estas dos últimas variables fueron afectadas por los altibajos en los ciclos económicos, problemas de acceso a créditos, apreciación del tipo de cambio real, políticas monetarias contradictorias, primero contractivas para controlar la inflación hasta el 2008 y después expansivas. Además, durante la administración del presidente Morales no se avanzó en la coordinación de las políticas fiscal, monetaria y cambiara, hecho que las tornó más disfuncionales respecto a las metas de crecimiento económico sostenido. En suma, a la macroeconomía no le llegó el cambio y por lo tanto, ahora ésta precisa de ser reinventada.

La Microeconomía de gasohamburgazo y una sospecha macro

Una nueva gasolina (Ron91) y a un precio más elevado, 4,40 bolivianos, ha ingresado al mercado, produciendo un debate sobre las reales inten...