Sunday, March 27, 2011

Las reservas internacionales y el Tío Rico MacEvo

Un personaje de Walt Disney, muy popular en los años cincuenta, era el Tío Rico MacPato. Un avaro y simpático ricachón que tenía el hábito de acumular su riqueza en monedas de brillante oro en una inmensa caja fuerte, que en realidad era una piscina de dinero contante y sonante, donde todas la noches, desde un elevado trampolín, se lanzaba en alborozo para abrazar su fortuna y nadaba a pierna suelta disfrutando del contacto de su plumaje con los billetes.

Frente al estupor de sus tres sobrinos pobres: Hugo, Paco y Luis, que mendigaban sus favores, y sus archi-enemigos, los chicos malos, que acechan su patrimonio, Tío Rico MacPato disfrutaba físicamente de la acumulación de marmaja, de money. El Tío en cuestión era el símbolo del capitalismo decimonónico, éste que suponía que la riqueza estaba en la acumulación de dinero físico.

Quien podría pensar que en pleno siglo XXI, los ideólogos del régimen de gobierno actual recrearían al Tío Rico MacEvo, que dizque, a puro pulmón revolucionario, ha acumulado 10.000 millones de dólares de reservas internacionales, en la bóveda del Banco Central de Bolivia, que también, según las malas lenguas, se habría convertido en una pileta en forma de cruz andina donde los nuevos dueños del poder nadan todas las noches posando para la propaganda oficial en primorosos trajes de baño.

Bueno, en realidad, las reservas internacionales, pocas están en la piscina, más bien están aplicadas en bonos y letras del odiado imperio. Bolivia se ha vuelto prestamista de los Estados Unidos, pero igual guardar la riqueza de un país en papeles y vanagloriarse de ello es una forma de capitalismo mercantilista. Incluso con ternura sobrecogedora, algunas autoridades del Gobierno se refieren a estas reservas como el chanchito del ahorro nacional.

En la versión oficial esta montaña de dinero es resultado de la magia de la política económica y nada tiene que ver con la bonanza de los precios de las materias primas en el mercado mundial. Aunque se dicen ateos, ésta es una vieja práctica colonial de buscar indulgencias políticas con avemarías ajenas. Sólo dos apuntes: 1) Brasil tiene 300 mil millones de dólares de reservas internacionales, Perú cuenta con 46.000 millones de verdes.

Éste es un fenómeno latinoamericano que se explica por el boom de los precios de los productos que la región exporta. 2) En 2005, las reservas de oro alcanzaban a 471 millones, sólo por el efecto de los precios del metal precioso, éstas se multiplicaron por más de tres, en 2011, llegando al equivalente de 1.600 millones de verdes. Esta magia contable no es de la cosecha oficialista, ¿nove?

Pero más allá del origen de tanto dinero, la pregunta relevante es: ¿por qué mantenemos tantos recursos en las vitrinas de la propaganda oficial cuando estamos rodeados de pobreza y falta de empleo? ¿Por qué se cuenta todos los días semejante plata delante de pobres y se refuerza esta idea que el vil metal está hecho para guardarlo y exhibirlo?

Pero como recomienda un pasante del Gran Poder de amplia experiencia, con calma nomás en la procesión, que los santos de la revolución son fletados. Primero, no son tantos recursos como aparecen en los balances contables ni en la machacona propaganda. Papel y lápiz y hagamos una cuentas sencillas.

Partamos de los 10.000 millones de dólares. En primer lugar, si tenemos que cubrir la deuda interna de corto plazo por regulación monetaria, 2.400 millones de dólares, nos restan 7.600 millones. A esto hay que sustraer las reservas que están en oro, que no se puede gastar legalmente, algo como 1.600 millones de verdes. Sobra 6.000. Además, a este valor hay que restarle unos 1.500 millones de dólares que equivaldrían a tres meses de importación y que es recomendable que no toquemos. También hay que disminuir los 1.500 millones de préstamo a YPFB y otras empresas estatales.

Por lo tanto, hablando en pepas, al final de todas estas restas tendríamos 3.000 millones de dólares disponibles para que el Gobierno pueda invertir o gastar. Pero cabe recordar, que un poco más de 1.500 millones de washingtones de las reservas internacionales son depósitos de gobernaciones y municipios en el BCB. Además, hay que respaldar con divisas el circulante en moneda nacional.

Segundo, la montaña de dinero también puede ser vista como la dimensión del déficit de ideas productivas del Gobierno. Estos miles de millones de dólares en reservas internacionales pueden ser vistos como una avalancha de “nos”: no caminos, no escuelas, no fábricas, no producción, no empleo; en fin, no política pública creativa y productiva. Consigna de cierre ¡Jovenas revolucionarios! Todos pechito de bronce, bíceps y tríceps en coquetos ángulos, bikini whiphala y a la piscina del Banco Central a nadar en dinero, como lo hacía el Tío Rico MacPato, símbolo del imperialismo que con tanta pertinencia criticó uno de los primeros manuales de descolonización, Para leer el Pato Donald escrito por Ariel Dorfman y Armand Mattelart.

Sunday, March 20, 2011

Duro de matar IX

En Bolivia, el número 21060 compite ferozmente con el guarismo 666, que según el Apocalipsis (13:18) identifica a la bestia, al maligno que, en la tierra, oculta esta maldita cifra detrás de una blonda cabellera. En nuestro caso el 21060 representa al satanismo neoliberal que destruyó la economía boliviana. Desde su nacimiento en el año 1985, se registran varios intentos de eliminar al archi conocido decreto supremo (DS). Ya se armaron cofradías, sectas, partidos políticos, grandes movimientos sociales y conciliábulos de todas las órdenes para eliminar al Belcebú creado por Adam Smith y sus seguidores nativos. Algunos detractores ya trataron de relocalizarlo, enterrarlo, abolirlo con poco éxito. Probablemente, no existe, en la historia económica nacional y en la fábula de los números, cifra más vilipendiada. Se le ha dedicado músicas de protesta y floridos discursos. Cruces, filosos cuchillos, estacas bendecidas, la sagrada hoz y martillo intentaron ser clavados en el corazón del Satanás liberal. Toneladas de tierra y cemento se ha vertido sobre su tumba, pero al final, como en las películas de terror del tipo B, en la última escena, cuando se pensaba que el mal por fin había sido derrotado, la mano invisible del mercado surge de ultra tumba. La última aparición del engendro de la oscuridad se dio en plena primavera revolucionaria. El gasolinazo y azucarazo fueron acciones orquestadas desde el fondo de la tenebrosa historia neoliberal cuando ya se anunciaba el coqueto Estado integral.

¿Por qué es tan duro de matar el DS 21060? Me permito sugerir algunas explicaciones que se inscriben en la psicomagia del poder y de la cultura política nacional. El discurso de cambio, para ganar fortaleza y tener la perspectiva de legitimación, requiere de un enemigo, el neoliberalismo. Se edifica por negación antes que por construcción o superación. El 21060 continúa en el imaginario político por voluntad consciente o subterfugio de sus propios detractores. ¿Cómo se explica esta paradoja? En muchas visiones filosóficas dualistas de la vida y la política, el mal no existe sin el bien. No habría bondad infinita o acción heroica si no fuera para derrotar a la conjunción del mal de igual magnitud. Inclusive en la cultura oriental tenemos conceptos similares como el Yin y el Yan, luz-oscuridad, vida-muerte, sonido-silencio, el mal-bien. Para cierta izquierda boliviana, que ahora está en el poder, su única razón de ser es luchar contra el neoliberalismo pero no ofrece nada real a cambio. En estas circunstancias, eliminar al DS 21060 dejaría sin vida política o discurso ideológico a muchos que lo combatieron. Se imagina usted, amable lector, un pliego petitorio de la Central Obrera Boliviana sin ninguna alusión al 21060. Las protestas perderían color sin los ocurrentes estribillos inventados en su contra. Cuesta imaginar un discurso de nuestros gobernantes sin maldecir al neoliberalismo y echarle la culpa de todos los males de la sociedad y la economía. Una vida política sería plana sin los frecuentes actos de exorcismo colectivo que se promueven desde el reino del poder. En este contexto, la nueva Constitución o el Plan Nacional de Desarrollo son los libros de conjura y rezos, manuales afilados de exorcismo que los fieles de la iglesia del cambio deben de repetir para hacer retroceder a Lucifer que a veces se presenta como neoliberalismo, neocolonialismo o su versión externa, imperialismo.

Pero a pesar de la poesía jurídica y los mantras ideológicos que tiernamente se declaman desde la Asamblea Plurinacional, el DS 21060 parece haber bebido de las aguas de la eterna juventud, es un zombi inmortal e inmoral, es el fetiche-mascota que el poder actual necesita para autoafirmarse a través de su negación. Se niega y reniega contra el mercado, y sus representantes, los empresarios, pero dice que se los necesita tácticamente, aunque nunca se confiará en ellos. En esta perspectiva, el mundo post-neoliberal es aterrador para el oficialismo, porque es el escenario de la propuesta, de la acción eficientes, de la política pública creativa, es abandonar el reino de la consigna y la propaganda para pasar de la gestión competente. Es el exorcismo definitivo que cura el alma y carne del cuerpo económico. El post-neoliberalismo también implica abandonar la lógica de la confrontación, la guerra de posiciones y dar paso a una nueva geografía de ideas que surjan de la concertación y el pacto. Es apostar a que el cambio y las causas justas que están en la mesa del debate tiene muchos caminos de solución, que el monopolio del poder no te hace dueño de las ideas. Que una sociedad democrática es capaz de producir varios caminos para las transformaciones, que se basa en un arcoiris de la diversidad. Al parecer son los nuevos dueños del poder los que no quieren matar al 21060, porque le es funcional para crear un mundo bipolar, los buenos revolucionarios y los vendepatrias. Superar el neoliberalismo implicaría dejar la baja política y apostar a la revolución productiva, pasar de ser gestor del miedo a ser un promotor de la esperanza. El neoliberalismo es duro de matar porque tiene su guardia pretoriana de autoritarios dentro del proyecto de cambio.

Sunday, March 13, 2011

“La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo”

En este domingo post-carnaval divulgo y comento el trabajo de uno de mis economistas preferidos de quien tuve la suerte de ser alumno, Dani Rodrik. Globalization, Structural Change and Productivity Growth de febrero de 2011, que, en este trabajo, tiene la co-autoria de Margaret McMillan. Rodrik públicó también un nuevo libro este año: The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy.

En tiempos, donde desde el punto de vista estructural se habla mucho sobre cambio revolucionario o desde una perspectiva de corto plazo se debaten ajustes salariales, sorprende la ausencia del tema de la productividad en ambas dimensiones.

En concreto, se discute muy poco el hecho que el crecimiento económico bonsái, del que neoliberales y neo-revolucionarios sacan pecho hace más de un siglo, se explica, en gran medida, por la baja productividad de los factores de producción, quiere decir, que el capital físico, la tierra y tanto la mano como el pie de obra (piense en el Chapare) rinden muy poco en nuestras actividades económicas.

Desde la ventana de la coyuntura, el aumento salarial debía estar conectado con el incremento de productividad de la fuerza de trabajo y no solamente con la inflación. Éste es un tema que casi nunca entra en el temario de la negociaciones Gobierno sindicatos.

El texto de Rodrik y McMillan (RyM) tiene dos virtudes, la primera realiza un análisis profundo de la relación entre cambios estructurales, el crecimiento de la productividad y desarrollo económico, y la segunda, incluye a la economía boliviana en la muestra de países que se analiza, cosa rara en estudios internacionales, que cuando se refieren a América Latina, sólo incorporan a Brasil, Argentina, Chile y México.

Según RyM, el cambio estructural es una condición para el desarrollo. Países que han salido de la pobreza y enriquecido lograron producir una mayor diversidad de productos industriales abandonando parcialmente los bienes agrícolas o primarios.

“En la medida que la fuerza de trabajo y otros recursos se mueven de las actividades agrícolas en dirección a las actividades industriales, la productividad aumenta y los ingresos se expanden”. Las economías en vías de desarrollo presentan grandes diferencias de productividad entre diferentes sectores de la economía y por supuesto, en relación con países desarrollados.

En América Latina, en los años 90 se promovieron reformas estructurales de corte neoliberal. A inicios del siglo XXI también se promovieron cambios profundos promoviendo una mayor participación del Estado en la economía.

En la argumentación de RyM, las reformas estructurales si no producen saltos en la productividad de los factores de producción, en especial de la mano de obra, no generan crecimiento sostenible. Las grandes diferencias en términos de tasas de crecimiento económico entre Asia y América Latina “se puede explicar por la variación en la contribución del cambio estructural de la productividad laboral en general”.

En China, por ejemplo, las oportunidades de empleo de alta productividad se han ampliado y el cambio estructural ha contribuido al crecimiento de ese país. Al contrario, en América Latina en general y en Bolivia en particular, el trabajo se ha movido en la dirección equivocada, se movió de las actividades más productivas, a otras de muy baja productividad, en particular, al sector informal, donde prevalecen los servicios de baja calidad y el comercio legal e ilegal. En nuestro caso, cabe recordar que el tamaño de la economía informal es cercano al 70%.

En base a un análisis empírico, el trabajo identifica tres factores que determinan si los cambios estructurales van en la dirección correcta y contribuyen al aumento de la productividad global.

1) Economías, como la boliviana, que depende de la exportación de recursos naturales tienden a estar atrapadas en círculos de baja productividad. Sectores como la minería o los hidrocarburos no generan empleos y aunque pueden ser muy productivos no absorben la mano de obra que viene de la agricultura. Y se convierten en enclaves, actividades asiladas.

2) Países que mantienen tipos de cambio real apreciados tampoco generan saltos en la productividad media. Las sobrevaluaciones sofocan las industrias de exportación, especialmente las manufacturas grandes generadoras de empleo. Éste también sería el caso de la economía boliviana.

3) Por último, RyM también encuentran evidencia de que en los países donde los mercados laborales son menos flexibles, el cambio estructural no fomenta el crecimiento. Una economía dinámica y productiva requiere que el trabajo fluya fácilmente a través de las empresas y sectores. Bolivia camina hacia la creación de mayores rigideces en el mercado de trabajo.

En suma los cambios estructurales de ayer y hoy tienen características que no favorecen al crecimiento porque no apostaron ni apuestan a promover saltos en la productividad ni de la mano de obra, menos aún de la tierra y el capital.

A estas alturas de la columna usted se estará preguntado qué tiene que ver el título, con el contenido que acaba de leer, pues, nada. Éste es un libro de Lenin, con esto espero haber atraído la atención de los viejos y nuevos bolcheviques que nos gobiernan para el tema de la productividad en la economía como la esencia de la revolución productiva.

Sunday, March 6, 2011

10% Techo o piso?

E n el medio de un proceso de negociación salarial entre el Gobierno nacional y la Central Obrera Boliviana (COB), sorpresivamente y de manera unilateral, el poder ejecutivo ha puesto sus cartas sobre la mesa: ofrece 10% para las Fuerzas Armadas, Policía, maestros y médicos, un salario mínimo de 815 bolivianos y una base de negociación también del 10% para el sector privado. La decisión oficialista, en vísperas de la fiesta del Rey Momo, al parecer busca ganar tiempo con la esperanza de que la fiesta de la carne aplaque los ánimos de sindicatos y movimientos sociales que quieren reajustes salariales mayores. Es la segunda vez, que desde el árbol del poder, se opta por una medida intempestiva, cercana a una festividad colectiva, como táctica de desmovilización social. El gasolinazo, que tuvo una aparición de fuego fatuo, fue un día después de la Navidad. Pero la bronca de la gente, contra la política pública de choque, esperó paciente su momento y se tradujo en una asonada popular, que hizo retroceder al Gobierno como perro cala en barrio ajeno. El Carnaval puede que posponga las movilizaciones pero, sin duda, el miércoles de ceniza, los bolsillos carcomidos por las pollinas de la inflación volverán a conducir conciencias y rearticular presiones sindicales. De hecho, la COB y los otros sectores han rechazado el aumento.

Puede que la oferta de un techo de 10% para el reajuste salarial se convierta en un piso, a partir del cual el conflicto distributivo se agrave; Gobierno y sindicatos volverán a medir fuerzas en las calles. Desde la perspectiva machacona del mantra religioso “mandar obedeciendo al pueblo”, la cachaña criolla del 10% no es precisamente una muestra de credibilidad, confianza, y de actitud de escucha, menos aún una pauta de fortaleza política, todo lo contrario, demuestra inseguridad y pérdida de perspectiva. Quien tiene el sartén por el mango del poder y dice representar a los movimientos sociales tendría, que genuinamente, pactar el reajuste salarial y otros a temas productivos y laborales.

La oferta de reajuste salarial huele a discriminación y/o sumisión velada frente a factores de poder dentro del aparato del Estado. El guiño salarial se concentra en grupos de elite del Gobierno, casualmente aquellos que tienen mayor capacidad de disuasión (hombres y mujeres en armas) o presión (hombres y mujeres en las calles). ¿Pero que ocurre con los miles de funcionarios que trabajan en otras reparticiones del Gobierno, de las universidades públicas, las prefecturas, los municipios o empresas estatales? ¿Se trata mejor aquellos que pueden manejar la fuerza? En este caso, alguien podría recurrir a la Ley Antirracismo con toda razón.


Ahora bien, ¿Cuán efectivo será el reajuste salarial para recuperar el ingreso de los trabajadores en caso de que estos lo acepten? Esto en gran medida depende de que pasara con el nivel de precios en los próximos meses. Como es conocido, una de las causas de la inflación actual es la subida de precios de los alimentos importados. Los reajustes salariales propuestos por el Gobierno, en un primer momento, actúan como propagadores del fuego de la inflación, especialmente en aquellos mercados donde existen algún tipo de poder monopólico. Sueldos y salarios más altos, implican aumento de costos dentro de las empresas, que muchas veces repasan a sus precios el referido incremento. Se detona la corrida: salarios más altos, aumento de costos y nuevamente, alza de precios. Anuncios de subida de salarios del 10% también avivan las expectativas inflacionarias de agentes económicos que se defiende vía reajuste de precios y/o especulan. En estas condiciones, el reajuste salarial se convierte en una mera ilusión monetaria. Gano más pero los precios en los mercados suben más aún. Para que la reposición de ingresos sea efectiva se deben complementar con otras medidas de políticas públicas estructurales y de corto plazo.

Entre estas últimas están las políticas macroeconómicas anti-inflacionarias. En nuestro caso la situación es la siguiente. En principio, sería recomendable cortes del gasto e inversión pública para retirarle oxígeno a las llamas de la inflación, pero dado el ciclo populista que vivimos esto es poco probable. Restan la política cambiaria, que ciertamente, continuará con las lentas apreciaciones del Boliviano y las políticas monetarias más contractivas, para retirar liquidez de la economía.

De hecho, el Banco Central de Bolivia ha vuelto tímidamente a las operaciones de mercado abierto. Pero como nada es gratis en economía, la apreciación cambiaria y el aumento de la tasa de interés afecta el desarrollo productivo nacional y podrían pinchar la burbuja de consumo que vivimos, especial preocupación suscita la suerte que pueda correr la burbuja inmobiliaria alimentada por crédito local. Estamos frente a un viejo dilema macroeconómico, menos inflación implica sacrificar empleo. Desde el enfoque estructural y por el lado de la oferta, se requieren acciones de apoyo a la producción nacional, especialmente al sector de alimentos.

No es un problema diferencias ideológicas, sino de coeficiente intelectual

Con frecuencia y con mucha razón la gente me dice que debemos pasar de la problemática a la solucionática. Del diagnóstico o de la  crítica ...