Monday, April 27, 2026

Análisis de la propuesta de Harvard

 !Pare de sufrir!. Llegó la solución mágica de Harvard. 


Muy buen diagnóstico

Corresponde reconocer que el documento elaborado por el Growth Lab de Harvard University constituye uno de los esfuerzos analíticos más rigurosos y técnicamente sólidos sobre la crisis boliviana en los últimos años. 


La calidad de la evidencia presentada, la sistematización de datos y la consistencia metodológica elevan sustancialmente el nivel del debate público. Asimismo, su capacidad para situar la trayectoria boliviana en perspectiva comparada con América Latina y otras economías emergentes aporta un valor incuestionable, al permitir identificar rezagos de productividad, distorsiones fiscales y debilidades institucionales acumuladas. 


En tiempos dominados por la polarización y la retórica, resulta especialmente valioso que un estudio de esta naturaleza restituya la centralidad de la evidencia empírica y del análisis técnico como base para la política pública.


Las limitaciones del documento 


Sin embargo, precisamente por la ambición del documento, también resultan visibles algunas limitaciones relevantes. La principal de ellas es una lectura todavía excesivamente concentrada en la macroeconomía tradicional y en los sectores exportadores clásicos, dejando insuficientemente desarrollados componentes decisivos de la estructura económica boliviana contemporánea. 


Bolivia no es únicamente minería, hidrocarburos, agroindustria o turismo potencial; Bolivia es también comercio urbano y rural, servicios de baja y mediana escala, transporte, logística fragmentada, autoempleo, redes familiares de producción y una vasta economía popular que organiza buena parte del empleo, del ingreso cotidiano y de la circulación de bienes.


La omisión relativa de este universo productivo no es menor. En países donde la informalidad supera ampliamente los estándares regionales, la economía popular no constituye un residuo marginal del sistema, sino uno de sus núcleos funcionales. Allí operan mercados laborales flexibles, cadenas de abastecimiento, mecanismos de crédito no bancario, sistemas propios de distribución y formas adaptativas de supervivencia económica que explican gran parte de la resiliencia social boliviana. 


Un programa de reformas que no comprenda esa racionalidad corre el riesgo de diseñar políticas formalmente impecables, pero materialmente desconectadas del país realmente existente.


Algo similar ocurre con el comercio. El comercio mayorista y minorista, legal e informal, interno y transfronterizo, representa uno de los principales motores de movilidad económica en Bolivia. No se trata solo de intermediación, sino de un complejo sistema de coordinación territorial, arbitraje de precios, integración regional y absorción de mano de obra. Ignorar su centralidad conduce a subestimar cómo circulan bienes, cómo se forman precios, cómo se amortiguan crisis de empleo y cómo millones de hogares construyen ingresos en ausencia de sectores modernos dinámicos.


Asimismo, el documento dedica atención limitada a sectores emergentes que podrían redefinir la matriz productiva nacional: servicios modernos exportables, economía digital, tercerización profesional, software, industrias creativas, educación transnacional, salud especializada y plataformas logísticas regionales. Estos ámbitos exigen menos dependencia de recursos naturales y más acumulación de conocimiento, precisamente la transición estratégica que Bolivia necesita en el siglo XXI.


La trampa Estado-mercado y el agujero educativo: dos vacíos centrales del debate


Una de las debilidades más importantes del documento del Growth Lab es que organiza parte de su narrativa alrededor de una dicotomía conceptualmente limitada: Bolivia estaría en crisis porque el Estado desplazó al mercado, y la solución consistiría en devolver mayor protagonismo a la inversión privada. Esa lectura, aunque elegante en su formulación, confunde el síntoma con la enfermedad. El problema boliviano no radica esencialmente en el tamaño del Estado, sino en la persistencia de un patrón histórico de acumulación basado en la extracción de recursos naturales. 


Durante casi dos siglos, con administraciones privadas, mixtas o estatales, el país ha dependido de rentas provenientes de la plata, el estaño, el gas o, ahora, el litio. Cambiaron los administradores, pero no cambió la estructura profunda. El resultado recurrente ha sido conocido: volatilidad macroeconómica, captura política de excedentes, escasos encadenamientos productivos y baja diversificación.


En ese sentido, varias propuestas del informe —especialmente las vinculadas a hidrocarburos, minería, litio y agroindustria— pueden interpretarse como una modernización del mismo modelo, no necesariamente como una superación del mismo. Es decir, se plantea volver a explotar lo de siempre, aunque con mejores reglas, mayor eficiencia y marcos regulatorios más sofisticados. 


Todo ello puede ser útil e incluso necesario en el corto plazo, pero no equivale a una transformación estructural. El verdadero giro estratégico no debería ser simplemente del Estado al mercado, sino del extractivismo hacia una economía basada en conocimiento, innovación, servicios modernos, tecnología y capital humano avanzado.


La segunda omisión, probablemente más grave, es el tratamiento marginal de la educación y del capital humano. Resulta difícil imaginar una transición productiva sin personas capaces de diseñarla, ejecutarla y sostenerla. Sin embargo, en un documento extenso y técnicamente ambicioso, la educación aparece casi como nota al pie. 


Esto es especialmente preocupante en un país donde los indicadores de aprendizaje son débiles, la informalidad laboral supera ampliamente a la formalidad y buena parte del sistema universitario mantiene una relación precaria con la investigación aplicada y con las necesidades reales del aparato productivo.


Toda reforma económica presupone capacidades técnicas. ¿Quién negociará contratos complejos en minería o energía? ¿Quién dirigirá agencias modernas de promoción de inversiones? ¿Quién desarrollará ecosistemas digitales competitivos? ¿Quién implementará políticas regulatorias sofisticadas? Sin una masa crítica de profesionales bien formados, técnicos especializados, gestores públicos modernos e investigadores conectados con la realidad productiva, cualquier plan corre el riesgo de convertirse en literatura económica de buena calidad, pero de baja ejecutabilidad.


Por ello, una estrategia seria para Bolivia debería colocar la educación en el centro y no en la periferia: formación docente de excelencia, reforma curricular orientada a matemáticas, ciencias y pensamiento computacional, expansión de educación técnica dual, incentivos a investigación aplicada, alianzas universidad-empresa y programas agresivos de becas con retorno. Sin ese componente, los cinco pilares más brillantes pueden terminar siendo una obra arquitectónica admirable… construida en un terreno sin ingenieros, sin albañiles y, en ocasiones, sin planos locales.


Una tercera limitación  del documento del Growth Lab es su débil lectura de economía política. El informe parece asumir que bastan buenas medidas técnicas, bien secuenciadas y bien comunicadas, para que las reformas avancen. Sin embargo, la experiencia boliviana muestra que los cambios económicos no dependen solo de diagnósticos correctos, sino de correlaciones de poder concretas. 


Durante las últimas dos décadas se consolidó un bloque nacional-popular integrado por cocaleros, cooperativistas mineros, transportistas, gremiales, organizaciones campesinas y un aparato estatal ampliado, cohesionado mediante subsidios, transferencias sociales, ventajas regulatorias e informalidad tolerada. Ese entramado no fue accidental: constituyó una base política real con incentivos materiales claros.


Por ello, la pregunta central no es únicamente qué reformas aplicar, sino quién las respaldará y quién absorberá sus costos. Reducir subsidios, abrir sectores estratégicos o focalizar beneficios sociales afecta intereses organizados con capacidad de veto. 


Bolivia necesita construir una nueva coalición nacional-productiva compuesta por empresarios, exportadores no tradicionales, pymes formales, actores de la economía popular, trabajadores competitivos, profesionales técnicos y clases medias urbanas. Sin ese pacto político y social, cualquier programa macroeconómic, por impecable que sea en el papel, puede naufragar en el primer conflicto serio. La crisis boliviana no solo exige economistas; exige también arquitectos de gobernabilidad.


Aterrizando en Bolivia


El documento del Growth Lab ofrece un diagnóstico serio, oportuno y técnicamente valioso, pero todavía parcialmente anclado en una visión donde el crecimiento se piensa desde los sectores tradicionales hacia el resto de la economía. La realidad boliviana sugiere una dirección complementaria: comprender primero cómo viven, producen, comercian y se organizan millones de bolivianos en la economía popular para, desde allí, construir una estrategia moderna de productividad, formalización inteligente e inclusión competitiva. Sin esa ampliación conceptual, cualquier giro económico corre el riesgo de ser correcto en el papel, pero incompleto en la práctica.


Muchos, para bien o para mal, aguardaban que desde Harvard University descendiera la receta mágica para sacar a Bolivia de su crisis económica, como si en algún laboratorio de Cambridge existiera una pócima guardada entre ecuaciones, gráficos y café premium. Debe haber quedado una saludable decepción tanto entre los críticos que aseguraban que “afuera ya le estaban armando el plan al país”, como entre ciertos adeptos que, con renovada fe académica, esperaban que desde las cumbres del conocimiento llegarían soluciones listas para usar. Nada de eso ocurrió. 


Lo que apareció fue algo bastante más serio y menos cinematográfico: un documento sólido, riguroso y útil, que aporta diagnóstico, evidencia y propuestas. Pero la salida real no vendrá en un PDF ni en un seminario elegante. Tendrá que ser elaborada por los bolivianos, discutida con madurez política e implementada aquí, donde siempre estuvo el problema y donde inevitablemente tendrá que construirse la solución.


En la sala de emergencia. Solo hay que seguir protocolos 


Además, conviene poner las expectativas en su justa dimensión: muchas de las propuestas contenidas en el documento de Harvard University forman parte de la agenda económica boliviana desde hace meses, e incluso años. No estamos ante fórmulas secretas descubiertas en algún sótano iluminado por premios Nobel, sino ante medidas bastante conocidas en contextos de crisis: corregir la brecha fiscal, reconstruir reservas, restablecer financiamiento, ordenar precios relativos y recuperar confianza. 


En términos médicos, cuando el paciente llega descompensado a la sala de emergencias no hay demasiado espacio para la originalidad intelectual: se sigue protocolo. Hay que detener la hemorragia, reunir a la familia para evitar peleas junto a la camilla, conseguir suero y plasma, y realizar transfusiones urgentes de sangre financiera para estabilizar signos vitales. Ese tratamiento inicial es estándar en casi cualquier economía que enfrenta una crisis como la boliviana.


La verdadera dificultad comienza después, cuando el paciente sobrevive al shock inmediato y debe pasar a terapia intermedia y luego a rehabilitación de largo plazo. Ahí ya no basta el manual de urgencias. 


Se necesita una estrategia de desarrollo consistente con la estructura productiva, la cultura política, los incentivos sociales y las limitaciones institucionales del país. Y en ese terreno más complejo hay que ser francos: ni el documento de Harvard, ni el gobierno con su plan en construcción, ni buena parte de la literatura tecnocrática local han logrado todavía articular una visión convincente que dialogue con la idiosincrasia económica, social y política de Bolivia. Ajustar una macroeconomía es difícil; reinventar un patrón-modelo de desarrollo para una sociedad fragmentada, informal y desconfiada es otra liga.

Sunday, February 23, 2025

!!Es la educación, estúpidos!!

Hace años, en plena campaña electoral, un asesor de Bill Clinton lanzó una frase que sacudió la política estadounidense: “Es la economía, estúpido”. El mensaje era simple y demoledor: el problema central no era otro que la economía. 


Hoy, en Bolivia, no hace falta repetir esa frase. El 76% de la gente ya sabe que la economía es el mayor problema. Y tienen razón: el bolsillo aprieta, los dólares escasean y el costo de vida sube. Pero hay un problema aún más profundo, uno que explica por qué seguimos atrapados en este laberinto económico estructural sin salida: el stock de capital humano es muy bajo y nuestra educación está en ruinas.

El Observatorio Plurinacional de la Calidad Educativa (OPCE) evaluó a los estudiantes de sexto de secundaria. Las pruebas se realizaron el 2023, con estudiantes de sexto de secundaria de Bolivia con una muestra de 152 unidades  educativas a nivel nacional en los 9 departamentos, de los cuales 118 eran establecimientos fiscales, 15 de convenio y 19 colegios privados. Esta muestra alcanzó aproximadamente 3600 estudiantes. Los resultados son un golpe de realidad: Matemáticas: solo 3 de cada 100 aprobaron. !97 se aplazan! Física: apenas 2 de cada 100 pasaron. !98 reprueban! Química: otra vez, 3 de cada 100 lograron aprobar. !97 están en la luna de Paita!
En total, menos del 5% superó los exámenes y la mayoría respondió correctamente menos del 30% de las preguntas.

La prueba de matemáticas por ejemplo, incluía algo de geometría analítica (la recta, la circunferencia, la parábola).  Cálculo diferencial e integral funciones límites derivadas. Algebra y trigonometría e introducción a la estadística descriptiva. Es decir lo básico de una prueba de matemáticas que un estudiante de sexto de secundaria debía saber. Lo mismo para física y química. 

En la materia de lenguaje, los resultados son ligeramente mejores. Los exámenes fueron aprobados por 36 estudiantes de 100. Sin embargo, el grado de reprobación sigue siendo muy elevado. En esta parte del examen se buscaba saber si los estudiantes comprenden diferentes tipos de textos narrativos líricos informativos o argumentativos y si en general comprenden y tienen alguna visión crítica. 
Y si subimos en la escala educativa, la realidad no mejora: nuestras universidades, institutos técnicos y otros sistemas de enseñanza formal están formando profesionales que, salvo excepciones, no son competitivos a nivel internacional. 

Me disculpo de antemano con las universidades, escuelas, colegios y otros centros de enseñanza que realizan un trabajo encomiable pero buenas y pocas golondrinas no hacen verano. En 30 años que tengo como profesor universitario que debido a ayudar a formar alrededor de unos 5.000 estudiantes obviamente en cursos cortos, licenciaturas y maestrías conjuntamente decenas de otros profesores. Se hizo un gran trabjo pero este valor es aún pequeño dadas las necesidades que tiene un país como Bolivia. En ese tiempo, deberíamos haber formado por lo menos 500.000 nuevos profesionales de posgrado. En suma, en tema del capital humano, la escala es fundamental, no es suficiente que centenas de estudiantes están bien formados se necesitan millones.

Aquí el tema central es la productividad, entendida como la capacidad de generar más bienes y servicios con los mismos o menores recursos, es la base del crecimiento económico sostenible y de calidad. En este sentido, los resultados reflejan una preocupante realidad: el capital humano en Bolivia se encuentra en niveles alarmantemente bajos. Sin una fuerza laboral bien formada, la productividad se ve gravemente afectada, lo que impide la generación de empleo de calidad y el desarrollo de emprendimientos sostenibles. 

La educación y la capacitación del capital humano son condiciones fundamentales para el desarrollo integral de una sociedad, pues sin personas preparadas no es posible fortalecer ni el sector privado ni las instituciones públicas. En pocas palabras, ni el modelo estatista ni el liberal funciona.
Los números no mienten y son vergonzosos. Los datos sobre educación en nuestro país son un llamado de atención que no podemos ignorar. Nos sacuden, nos interpelan y nos gritan con fuerza: ¡Es la educación, estúpidos! Esta es una llamada de atención dura, un sacudón  de alerta para un sistema político y para una sociedad que está aletargada y dispersa. 

Pero más allá del golpe de realidad, hay algo que no podemos perder de vista: la educación no es solo una responsabilidad del gobierno o del sistema escolar. Nos involucra a todos. Desde la familia hasta la empresa, desde las universidades hasta las comunidades, todos tenemos un papel que jugar en esta historia.

Es fácil buscar culpables, señalar a quienes no hicieron lo suficiente, y claro, habrá momentos para exigir responsabilidades. Pero lo más importante ahora es mirar hacia adelante. Si queremos un futuro mejor, tenemos que empezar a construirlo hoy. No podemos seguir esperando reformas que nunca llegan o confiando en que el cambio vendrá "algún día". La educación no puede ser una promesa lejana; tiene que ser una revolución que empiece en nuestras casas, en nuestras empresas, en nuestras calles y en nuestras instituciones. El futuro y el cambio empieza por nosotros.

¿Qué podemos hacer hoy, aquí y ahora? Desde casa: La educación no empieza en la escuela, sino en el hogar. ¿Y si en lugar de darle el celular a tu hijo para que se distraiga, le lees un cuento de historia o ciencias? Tal vez ese pequeño momento le despierte la curiosidad por la ciencia, la historia o la literatura. ¿Y si este fin de semana organizamos un intercambio de conocimientos en la familia? Los hijos pueden enseñarles a los abuelos a usar herramientas digitales, mientras los mayores comparten su sabiduría sobre la vida y el trabajo. Pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia. 

En las empresas: ¿Cuántas veces nos quejamos de que falta talento en el mercado laboral? ¿Y si en lugar de esperar que "alguien más" lo resuelva, tomamos la iniciativa? Muchas empresas podrían ofrecer cursos cortos y prácticos para sus empleados: desde manejo de herramientas digitales hasta habilidades técnicas específicas. No es solo una inversión en los trabajadores, es una inversión en la productividad, en la innovación y en el crecimiento de la empresa misma. 

En las universidades e institutos: No necesitamos esperar una reforma educativa gigantesca para empezar a hacer cambios. Las universidades y los institutos técnicos pueden organizar Boot Camps en áreas como programación, marketing digital, comercio internacional o inteligencia artificial. Cursos intensivos, prácticos y accesibles, que conecten directamente con lo que el mercado necesita. No podemos darnos el lujo de seguir enseñando como hace 50 años. 

Desde los gobiernos locales y ONG: No todo el mundo tiene acceso a la educación superior, pero el aprendizaje no tiene por qué depender de un título universitario. Los municipios podrían organizar programas en oficios como metalmecánica, contabilidad, agricultura de precisión o comercio digital. Las ONG pueden liderar proyectos de alfabetización digital para adultos y jóvenes en riesgo. No necesitamos esperar un cambio de gobierno para empezar a cambiar vidas.

Desde la comunidad: ¿Qué tal si en lugar de solo pensar en lo que falta, empezamos a aprovechar lo que ya tenemos? Internet está lleno de cursos gratuitos en casi cualquier área. Aprender un idioma, mejorar en matemáticas, iniciarse en la programación… todo está al alcance de un clic. Se podrían organizar torneos de matemáticas, robótica o emprendimiento en los barrios, con la misma pasión con la que organizamos campeonatos de fútbol. Porque sí, la educación también puede ser divertida y desafiante.

La educación como nuestra mayor inversión. Cuando entendemos que la educación es el motor del desarrollo, todo empieza a cambiar. Si logramos que la idea de un "shock educativo" se arraigue en la sociedad, en pocos años veremos los frutos: más creatividad, más productividad, más oportunidades para todos. No es magia, es sentido común.

Por supuesto, también hacen falta cambios estructurales: mejorar la formación de los docentes, actualizar los planes de estudio, modernizar las universidades y aplicar sistemas de incentivos como los vouchers educativos en áreas clave. La mejora substantiva del capital humano debe ser el centro de las políticas de desarrollo, la nueva obsesión nacional.

Los casos de Finlandia y Singapur nos demuestran que sí se puede. Con decisiones acertadas y estrategias bien enfocadas, es posible reducir los tiempos de impacto y obtener resultados tangibles en educación. Y aunque nuestras realidades son distintas, el principio sigue siendo el mismo: cada niño que recibe un mejor estímulo, cada clase mejor dada, cada programa educativo bien diseñado, cada universidad que eleva su nivel, cada empresa que apuesta por la capacitación… es un paso en la dirección correcta.

La educación no puede seguir siendo un discurso vacío o una promesa electoral. Es el presente, es el futuro, es lo único que realmente puede transformar un país. Y la buena noticia es que el cambio no depende solo del gobierno, sino de cada uno de nosotros.
Así que la pregunta es simple: ¿qué vas a hacer hoy para que esto cambie?





Saturday, February 15, 2025

Respuesta a Antonio Saravia

 Respuesta a Antonio Sarabia a propósito de mi intervención en un debate sobre temas económicos. 


Agradezco a Antonio Sarabia por tomarse el tiempo de comentar mi posición en el debate que sostuve recientemente con Mauricio Ríos. Es siempre enriquecedor y motivante entablar discusiones con altura académica, especialmente cuando el interlocutor, a pesar de diferir en perspectivas, mantiene un enfoque respetuoso y centrado en las ideas, evitando caer en descalificaciones personales, en lanzar consignas o trivialidades que se preocupan con el nombre de las mascotas.


Antonio sostiene que yo cometo “tres errores”. El cambio del patrón de desarrollo basado en capital humano. Culpar el tipo de cambio por la actual crisis y desconfiar de las decisiones de los individuos. 


Hoy responderé al “primer error” de manera un poco más amplia. Después hablaremos de los otros. 


Antonio menciona que, en un momento dado, pareció percibir en mí una disposición a abrazar ideas liberales, lo cual interpretó como un acto de cordura. Sin embargo, concluye que, al final, no logré liberarme del paradigma keynesiano, en el cual el Estado desempeña un rol protagónico. Este primer supuesto, aunque interesante, adolece de un error conceptual significativo: la creencia de que la defensa de las fuerzas del mercado y la promoción de un Estado mínimo son posturas exclusivamente liberales. En realidad, diversas escuelas de pensamiento económico, como el institucionalismo, la economía conductual, el neokeynesianismo, el estructuralismo latinoamericano y la escuela regulacionista, entre otras, reconocen las virtudes asignativas del mercado. No obstante, es crucial entender que el mercado no es un mecanismo infalible ni objeto de fe ciega. Por el contrario, es una herramienta con fortalezas y debilidades, cuyas fallas pueden ser corregidas mediante una mayor competencia, la introducción de nuevos actores o la intervención correctiva de un Estado eficiente y limitado. Por tanto, reducir el debate económico a una dicotomía entre keynesianos y liberales-libertarios es una simplificación que ignora décadas de avances en la teoría económica.


Antonio, en su análisis, recurre a un esquema bipolar que evoca los debates de los años 30 del siglo pasado, pasando por alto más de seis décadas de desarrollo en el pensamiento económico. Durante este tiempo, economistas de diversas corrientes han contribuido significativamente a comprender tanto las virtudes como las limitaciones del mercado. Por ejemplo, Ronald Coase (1991) destacó la importancia de los costos de transacción y los derechos de propiedad en el funcionamiento de los mercados. Michael Spence y Joseph Stiglitz investigaron los mercados con información asimétrica, donde una parte tiene más información que la otra, generando fallas de mercado. Daniel Kahneman y Vernon Smith (2002) integraron aspectos de la psicología en la teoría económica, realizando análisis empíricos del comportamiento de los mercados. Elinor Ostrom y Oliver Williamson (2009) estudiaron la gobernanza económica, especialmente en relación con los recursos comunes y las organizaciones. Peter Diamond, Dale Mortensen y Christopher Pissarides (2010) analizaron los mercados con fricciones de búsqueda, como el mercado laboral. Jean Tirole (2014), a quien tuve el privilegio de conocer, realizó contribuciones fundamentales sobre el poder de mercado y la regulación. Oliver Hart y Bengt Holmström (2016) avanzaron en la teoría de contratos, mientras que Richard Thaler (2017) exploró los factores psicológicos que influyen en los mercados. Finalmente, Paul Milgrom y Robert Wilson (2020) profundizaron en el entendimiento de mercados específicos, como las subastas. Estos aportes, entre muchos otros, demuestran que el pensamiento económico no puede reducirse a una simplificación maniquea entre keynesianismo y liberalismo. Estado vs mercado. Ambas son construcciones institucionales complejas, que desempeñan un papel fundamental en el desarrollo económico de un país. 


Además, es importante destacar que varios premios Nobel de economía han estudiado el papel del Estado, el desarrollo institucional e incluso las fallas del propio Estado. Asociar de manera mecánica a Keynes a la intervención del Estado y esta ser la única luz que alumbre el desarrollo es desconocer muchos años de pensamiento económico.


Friedrich Hayek (1974), por ejemplo, advirtió sobre los riesgos de la excesiva intervención estatal. James Buchanan (1986) desarrolló la teoría de la elección pública, aplicando el análisis económico al comportamiento político y demostrando cómo los intereses de políticos y burócratas pueden distorsionar las decisiones gubernamentales. Douglass North (1993) investigó cómo las instituciones, las normas y las leyes influyen en el desarrollo económico a largo plazo. Más recientemente, Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson (2024) han analizado cómo las instituciones políticas y económicas moldean el desarrollo de los países, promoviendo sistemas inclusivos que fomentan el crecimiento. Estos trabajos evidencian que el debate entre mercado y Estado es mucho más complejo y matizado de lo que Antonio sugiere.


Uno de los aspectos más preocupantes del debate actual, exacerbado por la superficialidad de las redes sociales, es la tendencia a reducir todas las ideas económicas al keynesianismo, asociándolo livianamente con el socialismo o el comunismo. Esta simplificación ignora que el keynesianismo no busca eliminar el capitalismo, sino salvarlo en momentos de crisis. Keynes propuso la intervención estatal como una herramienta pragmática para estabilizar el sistema capitalista durante períodos de recesión profunda. De hecho, en las últimas crisis globales (2008 y 2020), gobiernos de diversas orientaciones ideológicas recurrieron a políticas keynesianas para mitigar los efectos económicos. Incluso administraciones consideradas liberales, como la de Donald Trump en Estados Unidos, implementaron medidas keynesianas clásicas, como la entrega de bonos a la población durante la pandemia. Esto demuestra que la intervención estatal no es un anatema, sino una herramienta útil en contextos específicos.


En el contexto de reducir mis ideas al paradigma que inició no, que como hemos visto más adelante, es un capricho analítico, que no tiene bases históricas, Antonio también critica mi propuesta de transitar de un patrón de desarrollo basado en recursos naturales hacia uno centrado en el capital humano. Aunque coincide en que el extractivismo es insostenible para la economía boliviana, expresa escepticismo respecto a la viabilidad de un modelo basado en la educación y la innovación. Sin embargo, ignora una vasta literatura académica que respalda la importancia del capital humano en la productividad, la diversificación económica y el desarrollo. Estudios empíricos muestran una correlación significativa entre la mejora del capital humano y el crecimiento económico, aunque esta relación no sea lineal ni automática. Proponer un cambio de paradigma no es un acto de voluntarismo, sino una apuesta fundamentada en evidencia histórica y teórica. Cada avance significativo del capitalismo ha estado asociado a visiones colectivas y esfuerzos coordinados, desde la Revolución Industrial hasta la era digital.


Finalmente, Antonio cuestiona la capacidad de los políticos y economistas para proponer soluciones, argumentando que no son "sabelotodos". Sin embargo, su propia postura, que aboga por un Estado mínimo y confía ciegamente en el mercado, es en sí misma una forma de prescripción que emerge del análisis económico. La idea de que solo los individuos, guiados por las señales del mercado, pueden tomar decisiones óptimas, es una propuesta teórica que requiere de un marco institucional y político para su implementación. Promover la educación y el capital humano no contradice esta visión; por el contrario, empodera a los individuos para tomar decisiones informadas y contribuir al desarrollo colectivo.


En conclusión, el debate entre mercado y Estado no puede reducirse a una dicotomía simplista. La economía es una disciplina compleja y dinámica, que requiere de un enfoque pluralista y basado en evidencia. Agradezco a Antonio por su contribución al debate, pero insisto en la necesidad de superar las simplificaciones y abrazar un diálogo más riguroso y constructivo basado en la ciencia y no así en el chamanismo.

Sunday, February 2, 2025

¡Viva la educación. Carajo!

 1. La crisis económica y la necesidad de un cambio estructural


Según una encuesta difundida por el empresario Marcelo Claure, el 76% de la personas ven la  crisis económica como el punto más importante de la actualidad. Así mismo, un 87% demanda un cambio radical en la economía.

Si bien, es claro que este es el problema, probablemente la percepción o el significado de lo que es una crisis económica puede ser diferente. También hay diferencias en lo implica un golpe de timón. Por un lado, hay crisma macroeconómica, inflación, desaceleración de la economía, precariedad laboral, déficit fiscal, escasez de dólares y combustible, etc. Pero también estamos frente a una crisis estructural de agotamiento del patrón de desarrollo y del modelo económico. A partir de esta perspectiva después de 200 años de modelo extractivista de resultados pobres. Existe la oportunidad de simultáneamente atacar ambas dimensiones de la crisis, es decir, cambiando el patrón de desarrollo y encaminándose a un modelo económico basado en el emprendimiento privado, el aumento de la productividad  y con un estado emprendedor, de base local e inteligente. En mi opinión esta es cambio de 360 grados en la economía. El cambio solo del modelo, hacia uno privado, es caminar en círculos. Breve nota conceptual. Patrón de desarrollo de desarrollo es la manera que una sociedad genera su riqueza y modelo es la forma que lo administra. 

2. Medidas urgentes para enfrentar la crisis

Las medidas urgentes para enfrentar la crisis son bien conocidas en el ámbito de las políticas económicas. No son monopolio de ninguna escuela económica en particular, sino que son acciones sensatas que cualquier persona tomaría si perdiera entre el 30% y el 40% de sus ingresos y quisiera mantener su nivel de gasto. Entre estas medidas destacan: un recorte significativo del gasto público (cierre de empresas estatales ineficientes, reducción del empleo en el sector público, eliminación parcial de subsidios insostenibles y eliminación de gastos superfluos como la propaganda gubernamental), la recuperación de la independencia del Banco Central de Bolivia y la implementación de políticas monetarias más restrictivas. Además, es crucial buscar nuevas fuentes de ingresos. Propongo una reforma tributaria que reduzca los impuestos para quienes sostienen la economía boliviana desde hace décadas, mientras se amplía la base tributaria para incluir a nuevos actores con gran capacidad de pago, como los cocaleros, gremiales, cooperativistas, mineros y el sector agropecuario a gran escala. En resumen, no queda más que ajustarse el cinturón pero se deben crear políticas sociales para atenuar la crisis para los más pobres.

3. El desafío de transformar el patrón de desarrollo

El gran desafío es estabilizar el vuelo de la economía en cuanto se cambian las turbinas. Esto implica transformar el patrón de desarrollo de Bolivia. Transitar del extractivismo hacia un nuevo patrón de desarrollo basado en el capital humano, es decir, en las ideas y la innovación. Este es un viraje radical.

Para ello, se necesita un shock educativo que debe ser impulsado por el Estado, el sector privado y la sociedad civil. Este cambio no solo implica estabilizar la economía, sino también curar las dolencias estructurales del país. El ajuste necesario debe tener un propósito claro: elevar el nivel educativo de la sociedad y mejorar el capital humano en todos sus niveles. Esto requiere reformas profundas en universidades, colegios, institutos técnicos y sistemas de educación formal, pero también reinventar la forma en que aprendemos desde las empresas, las instituciones y las familias. La sociedad y su estado, de preferencia desde lo local, se coloca la misión de la conquista de planeta educación. El shock de capital humano se convierte en el centro de las políticas públicas.

4. Shock educativo y programas educativos innovadores

Aunque comúnmente se cree que los cambios en la educación formal toman años en dar resultados, es crucial comenzar a implementarlos de inmediato en Bolivia. El primer paso es cambiar la Ley Siñani. Sin embargo, también es posible generar un impacto rápido reinventando la educación mediante programas paralelos que aprovechen la tecnología digital y la inteligencia artificial. Se pueden desarrollar bootcamps en municipios, barrios para capacitar a trabajadores del sector informal, programas intensivos de entrenamiento en empresas para mejorar la productividad y plataformas de aprendizaje basadas en IA para personalizar la enseñanza.

5. Ejemplos internacionales de un shock educativo exitoso

Ejemplos internacionales demuestran la viabilidad de un shock educativo: en Singapur, el programa SkillsFuture permite a los ciudadanos acceder a formación continua subvencionada para mejorar sus habilidades; en Finlandia, iniciativas como Elements of AI han capacitado gratuitamente a miles de personas en inteligencia artificial; en Estados Unidos, empresas como Google y Microsoft han lanzado certificaciones digitales que permiten a los trabajadores insertarse rápidamente en sectores tecnológicos.
En América Latina, varias iniciativas han mostrado resultados positivos en poco tiempo. En Brasil, Descomplica ofrece educación accesible en línea con cursos intensivos para jóvenes y adultos que buscan mejorar sus competencias laborales. En Colombia, el programa Misión TIC capacitó a más de 100,000 personas en programación y tecnología para mejorar su empleabilidad. En Argentina, Codo a Codo es un bootcamp gratuito impulsado por el gobierno que ha permitido a miles de personas ingresar a la industria tecnológica.

Además, el sector privado ha liderado esfuerzos clave en la región. En México, Platzi ha revolucionado la educación en línea con cursos en tecnología, negocios y habilidades digitales, brindando acceso a formación de calidad sin necesidad de educación formal prolongada. En Brasil, Rocketseat ofrece formación intensiva en programación con metodologías ágiles enfocadas en la empleabilidad inmediata. En Argentina, el programa Henry es un bootcamp de desarrollo web que cobra a los estudiantes solo cuando consiguen empleo, asegurando así una capacitación accesible y efectiva. En Bolivia, tenemos el ejemplo del Técnico Superior en Emprendiendo de la UCB y el Banco Mercantil Santa Cruz o Hombres Nuevos del departamento de Santa Cruz. Por supuesto, en el país existen decenas de otros programas educativos impulsados por ONG.

Bolivia puede adoptar estrategias similares, combinando el esfuerzo público y privado para aumentar la productividad de la economía en el corto plazo a través de programas educativos ágiles, accesibles y apoyados en inteligencia artificial y tecnología digital. 

A nivel estructural, la educación es el puente que permitirá a Bolivia transitar del extractivismo hacia la Cuarta Revolución Industrial. El país debe dar este salto para insertarse en la economía del conocimiento y la digitalización. Las oportunidades se encuentran en una minería integrada a la transformación energética global, una agricultura basada en productividad y tecnología con un enfoque sostenible, y en la industrialización de los servicios, como el turismo, el desarrollo de software y la gastronomía, sectores que pueden conectar a Bolivia con el mundo y generar un crecimiento sostenible.

6. Opciones de financiamiento para la educación

¿Cómo financiar estos cambios en el tejido básico de la sociedad? La clave está en reasignar recursos de manera eficiente y fomentar esquemas innovadores de financiamiento. Cada centavo recuperado de la corrupción debería destinarse a la educación, al igual que los ahorros generados por la eliminación de subsidios ineficientes, como el de los hidrocarburos. Estos fondos podrían canalizarse hacia un Fondo Nacional de Innovación Educativa, que financie tanto programas de educación formal como iniciativas de formación continua en el sector privado y público.

Para incentivar la participación del sector empresarial, se pueden establecer créditos fiscales para empresas que inviertan en educación, replicando modelos como el de Singapur, donde el programa SkillsFuture otorga subsidios directos a ciudadanos para formación en nuevas habilidades, financiado en parte por contribuciones empresariales. También se pueden adoptar bonos de impacto social, como en Reino Unido, donde los inversores financian programas educativos y reciben retornos si se logran objetivos medibles, como mejoras en el rendimiento académico o empleabilidad.

Otra vía es el uso de fondos soberanos, como el de Noruega, donde parte de los ingresos de los recursos naturales se destinan a inversión en educación y tecnología. Bolivia podría estructurar un modelo similar, asegurando que los ingresos de la explotación de litio financien programas educativos especializados en ciencia, tecnología e innovación.

Por otro lado, el crowdfunding educativo ha demostrado ser efectivo en países como Estados Unidos y Alemania, donde plataformas como DonorsChoose y Betterplace permiten que individuos y empresas financien directamente proyectos educativos específicos. En América Latina, iniciativas como Enseña por Colombia han logrado captar recursos del sector privado para mejorar la educación en comunidades vulnerables.

Finalmente, los acuerdos público-privados pueden jugar un papel clave, como en Brasil, donde el programa PRONATEC ha vinculado a empresas con instituciones educativas para ofrecer capacitación técnica financiada tanto por el Estado como por el sector productivo.

Estos modelos muestran que transformar la educación es posible cuando se combinan estrategias innovadoras de financiamiento con políticas públicas efectivas. Bolivia tiene la oportunidad de diseñar un esquema sostenible que impulse un shock educativo, asegurando que la inversión en capital humano sea el motor de su desarrollo económico.

7. Educación y libertad

La libertad es el valor de valores, es un valor fundamental en toda sociedad, pero su ejercicio no es homogéneo entre los individuos. Como señala el premio Nobel de Economía Amartya Sen en su enfoque de las "capacidades", una persona en situación de pobreza no posee las mismas oportunidades para ejercer su libertad de manera efectiva. En este sentido, la educación desempeña un papel crucial al proporcionar las herramientas necesarias para que todas las personas puedan desarrollar su potencial y tomar decisiones de manera autónoma. Garantizar el acceso equitativo a la educación no solo amplía las libertades individuales, sino que también fortalece, aumentando la productividad, el desarrollo social y económico. Por lo tanto: ¡Viva la educación. Carajo! 

Thursday, August 24, 2023

La dolarización, pros y contras

Javier Milei, el vencedor de las elecciones primarias en Argentina, tiene como centro de su propuesta la dolarización de la economía para acabar con la inflación. El planteamiento generó una gran polémica en América Latina. Este camino ya fue seguido por Ecuador, El Salvador y Panamá. Los frutos de la dolarización en términos de control de la inflación fueron positivos, entretanto, los resultados respecto a conseguir un mejor y más alto crecimiento económico fueron menores.


La dolarización de una economía consiste en reemplazar la moneda nacional, en este caso el peso argentino, por el dólar estadounidense como moneda de curso legal. Esto implica que los precios, salarios, contratos y transacciones se realicen en dólares. En este sistema, el dólar se convierte en la unidad de cuenta, el medio de intercambio y la reserva de valor.


Con un proceso de dolarización, el Banco Central no requiere emitir moneda ni puede controlar la política monetaria. El país, por tanto, pierde soberanía monetaria. Es decir, la economía renuncia a su propia política monetaria y cambiaria, que son instrumentos importantes para regular la actividad económica y responder a los choques externos o internos, por ejemplo. En casos extremos, la dolarización implica cerrar el Banco Central. Esta es la idea de Milei.


Una economía dolarizada queda atada a las decisiones del Banco Central de Estados Unidos, que pueden no coincidir con sus necesidades o intereses del país. Además, resigna la posibilidad de usar el tipo de cambio como un mecanismo de ajuste para mejorar la competitividad externa o corregir los desequilibrios macroeconómicos.


Otra desventaja de la dolarización, además de la pérdida de autonomía monetaria y cambiaria, es que desaparece la opción de prestamista de última instancia del Banco Central. Al dolarizar, el país inutiliza la capacidad de proveer liquidez al sistema financiero ante una crisis o una corrida bancaria, ya que no puede emitir dólares ni actuar como prestamista de última instancia. Esto puede generar una mayor vulnerabilidad e inestabilidad financiera ya que los bancos pueden quedarse sin reservas suficientes para atender los retiros masivos de depósitos. En este caso, el país dependería de la ayuda externa o del Fondo Monetario Internacional para evitar un colapso bancario.


Otra consecuencia negativa es que Argentina podría caer en una fuerte recesión. En una documento reciente, Caravello, Martinez-Brauera y Werning señalan que las consecuencias de dolarizar una economía son una inicial escasez de divisas. El trabajo sostiene que la dolarización “equivale a una ‘frenada repentina’: el consumo de bienes transables cae, el tipo de cambio real se deprecia abruptamente por una caída discreta en los precios y salarios internos seguida de una apreciación gradual de la inflación positiva. Con rigideces nominales, la economía primero cae en una recesión”.


En el caso argentino, la dolarización tendría como objetivo principal controlar la inflación ya que la moneda estadounidense es más estable que el peso. Con la dolarización, la estructura de precios relativos, que ahora están en pesos, se podrán reconstruir en dólares y así recuperar sus virtudes asignadoras del mercado. La dolarización evita la depreciación de la moneda local, lo que puede ser beneficioso para la estabilidad económica. Es decir, el uso del dólar como moneda única elimina el riesgo de fluctuaciones en el tipo de cambio que pueden generar pérdidas o ganancias arbitrarias para los agentes económicos. Esto reduce los costos de transacción y facilita el comercio internacional y la integración financiera. 


Pero al dolarizar la economía, el país renuncia al ingreso que obtiene por la emisión de su propia moneda, que se denomina “señoreaje”. Este ingreso representa una fuente de financiamiento para el gobierno, que puede usarlo para cubrir parte de sus gastos o reducir su déficit fiscal. Al perder el “señoreaje”, el país debe recurrir a otras fuentes de ingreso, como impuestos o endeudamiento, que pueden ser más costosas o difíciles de implementar. 


En Argentina esta es una de las razones principales para impulsar la dolarización, así se evita que el Banco Central financie el déficit público. En términos más amplios, se quita poder y discrecionalidad a los políticos. Esa es una de las ventajas de adoptar el dólar. 


Otra ventaja de la dolarización es que reduce el costo del crédito. El uso del dólar en la economía rebaja la prima de riesgo que pagan los bonos soberanos y los préstamos privados, ya que se elimina el componente asociado al riesgo cambiario. Esto abarata el costo del endeudamiento. Asimismo, se incentiva el ahorro interno y se evita la fuga de capitales hacia el exterior. Entre tanto, en el caso argentino, se parte con una deuda externa gigantesca. Sólo con el FMI es de 44.000 millones de dólares y se registra una fuga de capitales desde hace décadas. 


En la Argentina, dada la crisis económica y la poca credibilidad del Banco Central y los políticos, la dolarización podría ayudar a restablecer la estabilidad de precios, que es una condición necesaria, pero no suficiente, para recuperar el crecimiento económico. La dolarización es el camino más difícil y complejo frente a una crisis de inflación muy elevada y un sistema político ineficiente y populista. Entre tanto, hay otros caminos. En 1985, Bolivia paró una hiperinflación, sin dolarizar su economía, en base a un plan de shock que apostó a una nueva moneda, el boliviano, respaldada por un tipo de cambio creíble, una fuerte ajuste fiscal, liberalización de la economía e independencia del Banco Central. El costo social fue muy elevado, pero funcionó.


La dolarización ordena la casa y recupera el sistema de precios, pero seguirán pendientes cambios estructurales que hace décadas Argentina no consigue implementar, como ser: la disciplina fiscal, la diversificación productiva con empleo de calidad, el aumento de la productividad, competitividad y las exportaciones, entre otros. Ahí la tarea todavía es titánica y de largo plazo. Bolivia en los 80 convirtió la estabilidad de precios en un patrimonio nacional, pero no aprovecho para realizar una revolución productiva. Volvió el extractivismo y el rentismo y los precios se mantuvieron bajos gracias a subsidios y no así a una oferta productiva diversificada.

Sunday, July 30, 2023

Maldición de los recursos naturales en 4 titulares y una propuesta

 La historia económica boliviana gira entorno a la explotación de los recursos naturales. El patrón de desarrollo extractivista nos acompaña desde la fundación de la República. Los ciclos económicos históricos pueden ser divididos de acuerdo productos mineros o petroleros y se pueden condensar en cuatro titulares.

Titular de la colonia e inicio de la República: Bolivia tiene la mayor reserva de plata del mundo. Con el mineral que se extrae del cerro rico de Potosi se puede construir un puente directo de Potosi a París. 

Titular de mitad del siglo XX: Bolivia es una potencia en estaño. Vamos adelante aceleradamente rumbo al desarrollo, primero, de la mano de los barones del estaño y después de la empresa estatal, la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

Titular de los últimos 30 años en el siglo pasado: Bolivia es el centro latinoamericano de distribución de gas natural. Somos la Arabia Saudita de la región Sud Americana. Somos una potencia gasífera.

Nuevo titular, en plena construcción, en el siglo XXI: Bolivia tiene la reserva de litio más grande del mundo. Ahora si nadie nos detiene vamos rumbo a la industrialización.

Cada cierto período de años vuelve la maldición de los recursos naturales. Apostamos toda la plata, el estaño y el gas natural  y seguimos siendo un país envías de desarrollo, al cual, repetidas veces, le da la enfermedad holandesa. Ahora, nuevamente se construye el relato ideológico del mendigo sentado en una silla de oro, pero ahora la silla es de  litio. 

La enfermedad holandesa es una dolencia económica que se manifiesta a través de la apreciacion el tipo de cambio real debido, en un primer momento, al exceso de dólares debido al boom de exportaciones y aumento de los precios locales de los no transables, piense en lo caro que están bienes inmuebles o los servicios en Bolivia. Además, esta enfermedad produce una hipertrofia del comercio. Resultado: sobreconcentración de la economía en la producción de recursos naturales, desindustrialización local por la competencia de las importaciones baratas legales e ilegales, o en casos como el boliviano, inhibición la diversificación productiva. Al final, los dólares desaparecen,  y descubrimos que el espejismo generó un crecimiento económico en base a una burbuja de consumo pero sin desarrollo integral. Así mismo, la enfermedad holandesa provoca prácticas clientelísticas y acciones populistas. Dentro del patrón de desarrollo extractivista, el pendulo del modelo económico va de izquierda a derecha y viceversa.

En efecto, durante casi 200 años de historia ya privatizamos los recursos naturales, los nacionalizamos, los volvimos a privatizar, los volvimos a nacionalizar caminamos en círculos con resultados muy pobres en términos de productividad, diversificación productiva y mejora sociales.

Los políticos de turno, sean de izquierda o derecha, agitan la bandera de los recursos naturales, construyen los relatos políticos salvadores y avivan el rentismo en la sociedad. Agotado el ciclo anterior del gas natural, ahora viene la nueva consigna: Pare de sufrir, ya viene el litio.

Como a lo largo de toda su historia, nuevamente se inflan las expectativas de la gente y se promete la felicidad económica instantánea. Un nuevo producto entra en la colección de ilusiones: el litio, que recibirá la posta del gas en la corrida del crecimiento. Pero como siempre es una riqueza prestada si es que no rompemos con la maldición de los recursos naturales.

Para que esto ocurra, hay que cambiar los sueños de lo que se quiere hacer y no insistir, por ejemplo, con la industrialización de nuestros abuelos, como la sustitución de importaciones. Tampoco se puede hacer la primera revolución industrial, agregar valor a los recursos naturales, con 200 años de atrás respecto a los países desarrollados.

El desafío está pensar en un desarrollo inteligente, inclusivo, verde, cuyo centro aglutinador sea el capital humano. Se trata de construir una nueva visión que entienda que hay una nueva geografía económica en construcción. En la vieja economía Bolivia estaba al lado de Argentina, Chile o Perú. Todo el comercio se realiza por tierra, mar o por tren.

Pero ahora, Bolivia podría tener nuevas fronteras, estar a lado, por ejemplo, de la India, EEUU o Alemania, porque en el nuevo territorio del cíberespacio las cosas han cambiado. Entonces estamos frente al desafío de construir una nueva narrativa del desarrollo, imaginar un nuevo imaginario tecnológico,  productivo, agroindustrial y social.

En este nuevo sueño, el litio debería ser la última frontera extractivista y el primer puente para revolución de los servicios y  la cuarta revolución industrial. Es decir, se tendría que crear, en torno del litio, un cluster, un conglomerado de crecimiento de la economía tecnológica y  de las energías renovables.

No sólo se tendría que vender el litio, hecho batería,  u otro producto procesado, sino otras formas de energía. Pero además se debería atraer al altiplano boliviano nubes del internet, convertirlo en un nuevo espacio del territorio inteligente. En décadas pasadas se soñaba con convertir a Bolivia en el gran distribuidor de gas natural en la región latinoamericana. Ahora el desafío es convertir al país en el hub de la energía renovable, economía digital y creativa.

Que desde Bolivia ahora se distribuyan datos, el nuevo petróleo del mundo, para los vecinos y para varias partes del mundo. Para ello tenemos diversas ventajas comparativas en relación a la ubicación, condiciones climáticas, altura, energía, etc. A partir de ello, Potosí, Oruro, La Paz y Sucre podrían convertirse en polos tecnológicos y no sólo de eso, sino también de economía creativa en base a cultura, historia, gastronómica, turismo, etc.  ¿Se imaginan atraer a Google o Amazon al altiplano boliviano? Que instalen sus servidores a 5.000 metros de altura para aprovechar el frío para refrigerar sus servidores y que les vendamos energía eólica y solar para que funcionen y que desarrollemos polos tecnológicos propios. Que integremos las baterías de litio a estos conglomerados. Que nuestros jóvenes trabajen en estos distritos tecnológicos y desarrollen la cuarta revolución industrial. En el Oriente y valles bolivianos debemos apostar en ser una potencia en alimentos y agroindustria. El próximo titular de la economía debería ser: Bolivia líder en capital humano, vanguardia de los recursos inagotables: las ideas.

Thursday, July 20, 2023

La historia de gas. De la Bolivia Saudita al país Patacamaya

 En el año 2014, Bolivia exportaba 6.600 millones de dólares de gas natural y el Estado recibía renta petrolera 5.489 millones de verdes. Unos años antes, fui invitado a una conferencia mundial de gas natural en San Diego, California. Una experiencia fabulosa y un ejemplo de cómo se debe tratar a un “jeque” andino de la Bolivia Saudita. Recuerdo que ni bien llegado al aeropuerto, no fui como el resto de los mortales, por la manga que comunicaba el avión con la terminal, sino que baje unas escaleras de la puerta del aeronave directamente a una limusina, donde me esperaba, un burbujeante champán y un Macallan 18 años. Por supuesto, en el trayecto tomé una dosis del wishcacho con un hielo redondo de derretimiento lento. 

Llegamos al hotel, tampoco pasé por la recepción como los otros huéspedes, sino que subí directamente a la habitación. Esta era espectacular. Tenía una piscina interna. En ella también me esperaba mi credencial que era de color dorado para el seminario. Después de un desayuno pantagruélico, me dirigí a un centro de convenciones en limusina, donde más de 1.000 personas se aglomeraban para entrar, era un mar de gente, pero con mi credencial el gentío se abrió como el Mar Rojo. Había llegado el nuevo Moisés de Villazón. Nunca había tenido un tratamiento tan excepcional, comprendí lo que significa very important person (VIP).

En un primer momento, no entendí por qué tanta deferencia conmigo, hasta que vi, en la inauguración del evento, el mapa de América del Sur. En este se proyectaba una red de gasoductos que conectaban el sur con el norte, y el este con el oeste del continente. Obviamente, todos estos ductos pasaban por nuestro territorio y recibían nuestro gas natural. Bolivia era el Señor de los Anillos, el centro de distribución de gas natural de la región. El hub de la integración energética. De Bolivia salían gasoductos a Argentina, Brasil, Chile, Perú y Paraguay. En la época, éramos percibidos como la Arabia Saudita de Sudamérica y, por supuesto, como los petroleros pueden no tener alma pero saben de negocios, trataban al profesor boliviano como a un nuevo rico del continente.

Apenas antes de la pandemia, 2019, volví al mismo seminario de gas natural en San Diego. Llegué al aeropuerto. En esta oportunidad nadie me fue esperar. Tuve que tomar transporte público para llegar a un hotelucho, donde estaba en un cuarto al lado de la cocina, la cama del cuarto era de soltero y tenía que entrar, de lado, en el baño para poder caber. Por supuesto, mis credenciales no estaban sobre la cama. En la tarifa del hotel no estaba incluido el desayuno, así que, tuve que comer, eso sí, un delicioso bagel con crema de queso con un jugo de naranja en caja en un camión de comida. Después, me dirigí al seminario también en transporte público. Una vez en este, demoré como dos horas para conseguir mi credencial, después de haberme agarrado codazos con centenas de participantes y adivinen que, estaba en la última fila de seminario con vista parcial de la testera. ¿Porque se había producido, en un lapso de pocos años esta degradación de VIP a nadies?

Nuevamente, en la primera presentación, apareció el mapa del continente. Solo habían dos gasoductos que salían de Bolivia, uno Argentina y otro Brasil, pero, bordeando la región, se habían construido, por lo menos, una decena de plantas de LNG. Bolivia ya no era el centro de la distribución del Gas Natural, al país le habían hecho un loop. Lo habían rodeado de plantas de LNG. Ahora cuando se observaba el mapa habían puntos rojos al borde del mapa que eran plantas de LNG, imaginarse un anillo que rodea al continente. 

En todo este tiempo, en el caso de nuestros compradores, Argentina, por ejemplo, había decidido ir a fondo en el autoabastecimiento de gas natural, invirtiendo masivamente en exploración y construyendo gasoductos, como el Néstor Kirchner. Asimismo, Brasil, optó por la misma política energética, no querían que el vecino lo agarre del caño. Los vecinos habían decidido seguir políticas energéticas y externas pragmáticas, bajo el lema, los países no tienen amigos y sí intereses.

Así mismo, en Bolivia –por talento propio o mejor dicho por falta de inversión en exploración– bajó su nivel de producción de gas natural de 60 millones de metros cúbicos día (MMCD) a menos de 40 MMCD. La exportación de gas natural se había reducido a 3.000 millones de dólares. El Estado sólo recibía 2,298 millones de dólares. En el ajedrez energético del continente quedamos degradados a ser actores muy secundarios, ahora habíamos pasado de la Bolivia Saudita, a el país Patacamaya, el país de tránsito, donde no nos quedaba más que trasladar el gas natural argentino, de Vaca Muerta, hacia el mercado brasileño y nos pagan por el transporte con alfajores. Todo a nombre de la patria grande.

Análisis de la propuesta de Harvard

 !Pare de sufrir!. Llegó la solución mágica de Harvard.  Muy buen diagnóstico Corresponde reconocer que el documento elaborado por el Growth...