Sunday, August 24, 2014

La magia del mercado

La magia de mercado, mi artículo de hoy

Si después de leer el título de esta columna, usted amable lector está esperando una oda a la mano invisible del mercado del viejo Adam Smith o una confesión a quemarropa de neoliberalismo extremo, lamento decepcionarlo. Nada de eso ocurrirá,  porque entiendo que los mercados, fuera de los manuales de microeconomía, son, en su mayoría, imperfectos y, por lo tanto, con muchas fallas. 
Tal vez el que más se aproxima a una situación de competencia perfecta, donde rige la ley de la oferta y la demanda, sea el mercado de los alimentos, las frutas y las verduras, pero incluso en éstos se presentan asimetrías de información entre el que vende un producto y el que lo compra. 
¿Cómo reconocer una buena palta o la manzana más jugosa o la papa imilla más coqueta? Pues, una primera aproximación es entendiendo la magia del mercado. Me encantan las ferias, tambos o mercados donde se transan productos agropecuarios. Durante muchos años, a toda hora, pasaba por el mercado Rodríguez en La Paz, cuando vivía en el barrio de San Pedro. El mejor momento eran las madrugadas, cuando decenas de camiones y camionetas llegaban cargados de olores, sabores y colores. He visitado muchos mercados populares;  siempre que viajo tomo el pulso de la ciudad visitando el lugar donde la gente se abastece de alimentos. 
Ir al mercado es un ejercicio extremo para los sentidos y la memoria. El disfrute de la magia del mercado es algo que se aprende con la práctica. En junio pasado estaba abrumado frente a una montaña de mangos en la feria de la plaza de la Gavea en Río de Janeiro, atónito frente a la abundancia y diversidad. 
¿Cómo comprar un par de mangos? Todos lucían ferozmente deliciosos y la duda me había  provocado una crisis existencial, cuando una amable señora, salida de la simpatía del mediodía, sin anestesia, me dijo en portugués:  a manga se compra pelo cheiro y me entregó un fruto para que lo oliera con la recomendación de que lo comiera en las próximas dos horas. 
El cheiro, el olor era dulzón y claramente transmitía la urgencia de saborearlo. Los mangos más verdes tenían un olor más recatado, una cierta timidez que delataba que recién habían bajado del árbol contra su voluntad. 
También recordé, por ejemplo, que la manzana se la compra con el oído. Se la golpea suavemente con el dedo central y se espera la respuesta. Una bien jugosa confesará su íntima dulzura con una voz aguda. Una manzana arenosa tiene un timbre gangoso y contenido. 
Adquirir una palta también tiene lo suyo y es una operación compleja. Una buena palta tiene un cutis lozano y verde sin puntos negros. Y si uno la quiere para consumirla en el día se le debe tocar el pupu, y apretarla un poquito. Ante la acción, los dedos deben rebotar y la palta debe mostrar la consistencia de los cachetes de un bebé de ocho meses y medio. 
Me encantan los tomates, los que tienen forma de pera y también los bien redonditos. A éstos se los adquiere por la cara que tienen,  y deben mostrar todos los colores de la vergüenza propia y ajena.  Los pintones se guardan para la llajua del día siguiente del ch’aqui. Los rojos amor están listos para la ensalada con lechuga del día. Ambos deben estar firmes como las nalgas de la primera juventud. 
Ya que entraron al baile, las lechugas tiene sus propios encantos;  hay de todo tipo, y éstas también se las compra con los ojos. A una buena lechuga hay que verle las enaguas, que deben resistir una buena sacudida. Las más frescas y ricas necesitan mantener un verde crocante y no lucir ninguna tristeza ni arruga. 
Probablemente  la sandia entera es una de las frutas más difíciles de comprar. Para lambiscarse una se precisa tener oído de bajista de jazz. Se recomienda golpearla como tocando la puerta, debe sonar hueco, como si no hubiera nadie en casa.
Comprar un buen choclo es algo pecaminoso, la única manera de saber si hace una buena huminta es desvestirla y darle un buen pellizco. Sí llora lágrimas blancas es el presagio de un manjar, sí se aguanta y no llora, sólo será bueno para el mote.         
A las buenas naranjas y mandarinas se las conoce a través del tacto. Una cítrico de calidad y alma jugosa cuenta con una piel delgada y sin celulitis. En especial, las más deliciosas mandarinas deben oler a las hojas que las acompañaron en la madurez.    
Las cebollas, sean rojas o blancas, se las conoce por su textura y sus presagios de llanto. Las mejores son aquellas que producen cataratas de lágrimas, pero limpian los ojos y el espíritu.   
Los rabanitos deben ser frescos y alegres. Para descubrir la levedad de su ser, nada mejor que ver su cabellera verde, que debe ser ch’ascosa y rebelde.

De un tiempo de esta parte muchas de nuestras verduras y frutas son extranjeras. En nuestros mercados se oyen acentos peruanos, chilenos y argentinos. Hemos perdido soberanía alimentaria. Los productos de otras tierras tienen otra idiosincrasia, aunque pueden ser muy buenos. Yo siento falta de la sinfonía de olores y sabores de lo nuestro, es decir, tengo nostalgia de la magia de nuestros mercados.

Sunday, August 10, 2014

Lenin, los anabolicos y el mal del tordo

Todo 6 de agosto tenemos el discurso-informe a la nación de circunstancia. El libreto es el mismo hace ocho  años y siempre tiene una intencionalidad electoral. La administración Morales gobierna haciendo campaña constante. Es una estrategia política que funciona.
El formato también se repite, es como una propaganda para bajar de peso.  Antes la oscuridad neoliberal, una economía flacuchenta. Después de la dieta del proceso de cambio, una economía atlética y musculosa.

La comparación más frecuente es la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), cuyo promedio en el periodo 2006- 2013 fue 5%. En cuanto a la lobreguez del pasado pro mercado -que para los que preparan los gráficos comparativos en el árbol del poder duró entre el 1998 y 2005 -, sólo llegó al 2,9%.

Ergo, está   demostrada la superioridad del nuevo modelo económico. El cotejo está hecho para impresionar a la barra brava, pero no resiste un análisis estadístico, porque compara el peor contexto internacional  de los últimos años con el mejor periodo de vacas gordas.
Es una muestra de cocina ideológica y no un uso racional de los datos. Lo  consistente sería comparar periodos de la economía boliviana en los que se registraron bonanzas externas similares. En los años 70 (1973 – 1977) y en el periodo 1994 – 1998, por ejemplo. En el primer caso, el promedio del crecimiento fue de 5,75%. En el segundo, el PIB promedio subió en 4,7 %. Así que todavía nada nuevo ni significativo bajo el sol en términos de crecimiento.
Los siete años de dictadura banzerista también fueron presentados por los seguidores del régimen como un periodo de oro y guarda varias similitudes con la actualidad, además del espectacular contexto externo. 

Señalemos algunas: la sobredosis de mensajes patrioteros y grandilocuentes en torno a obras de infraestructura, el culto a la personalidad, la entrega de bonos,  el interés por perpetuarse en el poder,  la relación y control corporativo de organizaciones sociales, y el modelo nacionalista y desarrollista, que entiende como progreso carreteras, electrificación y propuestas de industrialización a base de los recursos naturales. Ya decía el compañero Lenin: socialismo es Soviets más electrificación.
Pero también hay grandes diferencias. Felizmente, ahora vivimos aún en democracia, existen libertad de prensa y opinión y estamos camino a unas elecciones. Creo que todos apreciamos estos cambios, pero esperamos que el modelo económico se libere del desarrollismo nacionalista tan dependiente de los recursos naturales.

Como en los anteriores periodos áureos de la economía boliviana, desde el 2006  el país vive de los anabolizantes internacionales. A la economía se le inflaron los cachetes y la panza gracias a los gases de la Pachamama, pero no tiene ninguna musculatura productiva diversificada.
En concreto, crecieron tres sectores de exportación (gas, minerales y soya) y su correlato interno fue la hipertrofia de los servicios (restaurantes y bancos), el boom de la construcción y el comercio, legal e ilegal. Técnicamente, tenemos la enfermedad holandesa, en una traducción popular diría que nos dio el mal del tordo, las piernas flacas (sin tejido industrial diversificado) y aquello gordo, gracias a los anabólicos externos.

Obviamente, en el discurso oficial la fabulosa bonanza externa no tuvo nada que ver con el auge económico boliviano. De nada sirvió que el precio del gas natural haya pasado de uno a 10 dólares, que los precios de los minerales se hayan multiplicado por 10, aunque ahora hayan retrocedido un poco.   

En la épica oficialista, el milagro económico es resultado de la nacionalización y otras medidas. Y cuando se afirma que el éxito económico actual tiene que ver mucho con el choque de ingresos externos positivo, vinculado al incremento de los precios de la materias primas, desde el árbol del poder responden que esto no es cierto, que la turbina de la demanda interna también fue activada por el gasto e inversión pública elevadas, lo cual es parcialmente correcto, pero cabe recordar que la gasolina, para el funcionamiento del motor doméstico, también proviene del sector externo.
El fisco boliviano recauda más del 50% de sus ingresos de las exportaciones del sector hidrocarburos. Además, el crecimiento fabuloso del gasto e inversión pública es uno de los orígenes de una también gigante burbuja de consumo.  El 80% de los bolivianos trabaja en el sector informal fuertemente vinculado al comercio y los servicios.  Nunca se abrieron tantos supermercados y restaurantes.  Así mismo, por cada dólar que ingresa al país de exportaciones o remesas, 85 centavos se van en importaciones.
La economía boliviana está tremendamente abierta, como manda el credo neoliberal, que el Gobierno dice combatir. Un día los anabólicos desaparecerán o disminuirán, entonces el queque se desinflará y como no se han trabajado las piernas productivas, la economía volverá a tambalear.
 Gonzalo Chávez A. es economista

Monday, August 4, 2014

¿La industrialización de o para los recursos naturales?

Hace muchos años prevalecen en el imaginario político nacional dos ideas, que de mucho repetirlas la gente del poder cree que se convertirán en verdades pétreas. En especial desde la llegada al gobierno del MAS, éstas se han convertido en mantras ideológico-religiosos, que se repiten para conjurar todas las dolencias económicas y sociales del país. Se trata de la industrialización de los recursos naturales y la idea de que estamos en un proceso de cambio, que en la vertiente económica  debe realizarse por etapas.
Primero, la recuperación de la propiedad de las materias primas; segundo, añadir valor a los minerales y gas natural; tercero, buscar una mayor industrialización, y así va el cuento el nuevo modelo económico. En el fondo, se cultiva, con sobredosis de propaganda, la ilusión desarrollista de que Bolivia puede hacer una revolución industrial sobre la base de la agregación de valor a los recursos naturales, como Inglaterra, con un pequeño retraso de 200 años.
Pero -como sostiene Ricardo Hausmann (La verdadera materia prima de la riqueza)- en el caso de Inglaterra, la contribución más notable de la extracción de carbón no fue algún producto con valor agregado de este mineral, sino, más bien, el haber impulsado el desarrollo de la máquina de vapor para sacar el agua de las minas. Posteriormente, este invento revolucionó la industria manufacturera y del transporte. 

Por supuesto que Bolivia, por muchos años más, será una economía primaria exportadora, pero el camino que se debe seguir no es solamente la industrialización de la materia primas, sino también de la industrialización para los recursos naturales. Más aún, el cambio de la estructura productiva será real cuando se produzca una diversificación industrial, pero por ahora concentrémonos en la diferencia no excluyente entre el de y el para.

La visión tradicional de la industrialización de los recursos naturales sostiene que estamos condenados a la maldición de los recursos naturales y que solamente es posible repetir la vieja historia del desarrollismo de los años 50, a saber: agregar valor a las materias primas.
En esta línea de pensamiento, la minería tradicional debe dar lugar a la siderurgia, el gas debe permitir la creación de la industria petroquímica.  O en términos de productos, el mineral bruto se convierte en lingote y el gas natural en urea o una bolsa plástica.

Obviamente, este camino puede ser seguido, pero refuerza la vocación primario exportadora con encadenamientos verticales. Si el mercado de las materias primas se cae, arrastra a toda la cadena.  
La industrialización para los recursos naturales o industrialización conexa no niega la anterior opción, pero apuesta por una diversificación productiva real. Ésta es la vía seguida por Finlandia, por ejemplo.
Si  en los años 70 esta economía sólo hubiera industrializado agregando valor a la madera, hoy sería un país exportando sofisticados y bellos muebles con muchos problemas medioambientales y con un mercado muy difícil que prefiere muebles de otros materiales.

Pero Finlandia apostó por una industrialización diferente. Convirtió un pedazo de madera, un k’ullu, en un celular. Ciertamente no fue agregando valor a la madera, sino añadiendo valor a las capacidades existentes y nuevas para producir madera.

Según Hausmann, los finlandeses, de tanto cortar árboles y cepillar maderas, descubrieron que las hachas y serruchos ingleses perdían filo y no funcionaban bien en sus bosques fríos. Primero, reparando las herramientas y volviendo a afilar las hachas y, segundo, adaptándolas a su tipos de árboles, se dieron cuenta de que podían hacer mejores serruchos y hachas más duras y filosas.
El aprovechamiento de ciertas capacidades, convertidas en ideas creativas y nuevas tecnologías, permitieron desarrollar otras capacidades. Comenzaron a agregar valor a la materia prima, pero también a los instrumentos y formas de organización que permitían bajar árboles y cortar la madera de manera más eficiente. Así empezaron a producir mejores máquinas para talar árboles y equipos más eficaces para pulir madera.

El siguiente paso fue descubrir que las máquinas que desarrollaban para cortar madera podían también cortar otros materiales. Después de un proceso no muy largo vieron que, dado que sabían tanto de maderas, podrían dar un salto a equipos especializados para  muebles.

Simultáneamente, los leñadores en los gélidos y lejanos bosques de Finlandia tenían enormes dificultades para comunicarse entre ellos y para atender pedidos de los aserraderos, y, nuevamente, se buscó generar valor agregado, no a la materia prima, sino a una industria conexa. Los radiotransmisores gringos no eran buenos en las montañas finlandesas, entonces aprovecharon que en el pasado se había desarrollado una industria de cables y radios en el país, y decidieron hacer mejores equipos de comunicación, que terminaron en los famosos celulares Nokia.


Fue una industrialización para los recursos naturales y no solamente de los recursos naturales. Todo esto, por si acaso, con un fuerte impulso estatal, que entendió que el desarrollo sostenible no esta sólo en la Pachamama, sino en la diversificación industrial conexa, que puede ser implementada de manera simultánea en varios sectores, superando el etapismo. Pero, sobre todo, invirtiendo en agregar valor al factor de producción más importante en una economía: el capital humano.

Aprendo con un avatar. Practico con un profe

Hasta fin de año, el Gobierno entregará más de 90.000 computadoras a estudiantes de secundaria, sin duda un paso importante para innovar en la educación. Entre tanto, si el traspaso de equipos no está acompañado de una transformación del modelo educativo y un cambio de actitud de profesores y alumnos, es uno más de los actos electorales. He sostenido desde esta columna que los centros de enseñanza (universidades, institutos técnicos y colegios) deben ser los núcleos de clusters de conocimiento que, a su vez, deben constituirse en las bases para la construcción de territorios inteligentes y ciudades creativas. 

En este nuevo contexto, el maestro tradicional se convierte en un agitador creativo e innovador en aula y fuera de ella. El profesor de tiza y pizarra enriquece sus clases con las tecnologías de la información y la comunicación en el proceso educativo, y se convierte en un nativo del internet. A su vez, el alumno abandona su rol de sujeto pasivo en la enseñanza para desarrollar su espíritu emprendedor, además construye sólidos principios éticos y consolida fuertes bases ciudadanas.
La construcción de un nuevo modelo educativo, que desarrolle competencias para el siglo XXI, es un proceso complejo. Implica transformaciones de contenidos académicos que van de la matemática, la ciencia y la tecnología y se expanden hasta la ética. Implica una visión integral de la educación y el impulso de diferentes actividades que equilibran el binomio enseñanza-aprendizaje. Impulsa el trabajo en equipo, el enfoque de soluciones de problemas, el uso de casos de estudio, la colaboración y vivencia en situaciones reales, la investigación pura y aplicada, y el desarrollo de proyectos. Estas son algunas de las técnicas didácticas que usa el nuevo modelo educativo. Tal vez el desafío más complejo es inculcar en los estudiantes y los profesores la motivación de la educación continua y por cuenta propia. Además, un nuevo modelo educativo implica el uso de las más avanzadas tecnología de la información (TICs). Un elemento importante en este modelo educativo es el manejo competente del inglés.

Debido al espacio pequeño que me brinda esta columna, me concentraré en este último punto, con énfasis en la educación superior. En la actualidad, existen cuatro experiencias académicas novedosas de aplicación de tecnologías de información, no siendo las únicas.
Entre las técnicas didácticas más antiguas están el aprendizaje basado en problemas (ABP), el aprendizaje basado en proyectos (ABPro) y el uso de casos de estudio. Todas estas metodologías fueron mejoradas y potenciadas con el internet y otras tecnologías.
También está el aprendizaje en línea (on-line learning), que permite que la enseñanza llegue a cualquier lugar donde exista un computador. El predecesor de esta técnica es la educación a distancia vía radio, televisión o correo.

Algo más actual es el blended-learning (cursos híbridos) y el flipped classroom (clases invertidas). Ambas técnicas están diseñadas para generar valor al servicio educativo presencial. No substituyen al profesor, lo potencian y lo convierten en un entrenador, en un cómplice de la enseñanza.
Para entender mejor, coloquemos dos ejemplos que, de manera piloto, estamos implementando en la Escuela de la Producción y la Competitividad (EpC) de la Universidad Católica Boliviana (UCB). En el primer caso se elabora un syllabus que mezcla clases presenciales con: 1) sesiones virtuales o de preparación de clases usando recursos informáticos (videos, webinars, simuladores) y 2) apoyo de cursos similares o complementarios que existen en el internet en otras universidades, lo que se conoce como massive open on-line courses (MOOC), los más utilizados son Coursera y Edx. El curso dura un semestre y no se altera ninguna clase, más bien se expanden las horas de trabajo del alumno. El resultado es que el alumno amplía significativamente sus horizontes académicos y tecnológicos.

La clase invertida es convergente con la anterior técnica, pero puede existir una versión separada. En este caso la propuesta es más radical. Las alumnas pasan las sesiones de clases en una plataforma virtual (piense en el Moodle) en cualquier momento, es decir aprenden en las aulas virtuales, y más bien, debaten y practican en las salas de aula físicas. Se invierte el proceso, el profesor es un avatar y el maestro es un entrenador que ayuda a aplicar a la realidad los conceptos aprendidos. Con los cursos en línea, los profesores se instalan a tiempo completo en las casas de los estudiantes. En la era cibernética, las bibliotecas del mundo se abren para profesores y alumnos.
La EPC – MPD UCB está organizando el Curso de Alta Gerencia, que se inicia el 15 de Agosto, usando los conceptos y técnicas descritas en este artículo. Esta es una oportunidad de hacer parte de una revolución en la educación superior y del avance de la frontera del conocimiento en temas gerenciales. Están todos invitados. Más referencias en mi blog: chavezbol.blogspot.com y en mi facebook.

No es un problema diferencias ideológicas, sino de coeficiente intelectual

Con frecuencia y con mucha razón la gente me dice que debemos pasar de la problemática a la solucionática. Del diagnóstico o de la  crítica ...