Monday, August 28, 2017

PIBiofilia o el fetichismo oficialista co




Los dueños del poder han desarrollado una curioso fetichismo por los resultados del Producto Interno Bruto (PIB).   El fetichismo es una creencia política, económica o sexual que le atribuye a los objetos o conceptos poderes sobrenaturales. El PIB, en su versión de twitter, es el valor de mercados de todos los bienes y servicios finales producidos en una economía durante un periodo de tiempo.  Desde la máquina de propaganda se ametralla a la opinión pública hasta el cansancio: 
El Evo economics consiguió un crecimiento promedio del 5% entre 2006 y  2016. Nunca como antes se creció tanto. Por cuarto año consecutivo Bolivia registrará la más alta tasa de incremento del PIB en la región.  Es uno de los estandartes de oro del nuevo modelo económico. El haber alcanzado estos guarismos es una especie de capa mágica que cura todos los males de la sociedad.

  En la cúspide del altar del proceso de cambio está el gran fetiche del PIB, frente al cual todos los devotos de la virgen del  puño izquierdo en alto, los fieles sacerdotes del horizonte de los santos de los últimos días del capitalismo  y otros exegetas de la revolución deliran ante las subidas y bajadas de la cifra encantada. Inclusive los odiados organismos internacionales se postran de cúbito dorsal frente al indicador. La PIBocracia extractivista insiste que desarrollo económico es sólo el crecimiento de esta variable. Casi nunca se habla de otros indicadores, como el bienestar, la salud, la educación, el medio ambiente, la inseguridad, la felicidad, la productividad, las libertades ciudadanas y otras variables que muestran que, en realidad, el desarrollo integral y sostenible es una categoría multidimensional.

  El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, recogiendo viejas críticas, sostiene que: "El PIB no es una buena medida de desempeño económico y tampoco es una buena medida de bienestar”, porque no nos dice nada de qué y cómo se produce o quién produce. Si bien el concepto estadístico es correcto, el proceso metodológico es muy imperfecto y lleva a confundir riqueza de consumo con bienestar, y felicidad. Por ejemplo, cuando el PIB crece al 5% en promedio, la pregunta difícil de responder es: ¿cómo personas o empresas están aprovechando este crecimiento? Algunos si miran a sus bolsillos dirán que si hay mejoras y otros que no. ¿Pero qué si los ciudadanos tienen que hacer filas kilométricas para recibir un pésimo servicios de salud o corren el riesgo de ser baleados por la propia Policía, o no tienen acceso al agua y saneamiento básico? El PIB es sólo fetiche de los políticos de turno y no llega a la vida de la gente. 

 Que el PIB refleje que se hicieron más hospitales o escuelas no dice nada sobre la calidad de estos servicios. Es decir, el aumento de la inversión y gasto público (piense en canchas de fútbol o ingenios de azucareros sin materia prima o museos personales) aumenta la producción (input), pero no contribuyen a un buen resultado (outcome). La calidad de la inversión pública no está asociada a su tamaño, como a veces pensamos en Bolivia.

  Otra crítica relativamente antigua a la forma de medir el PIB es que omite el trabajo de las mujeres en el hogar (home production) y no dice nada de la producción comunitaria (sharing economy).

  El tema de la precariedad en la medición del PIB y su fetichización se complica cuando se incorpora en el análisis el deterioro del medio ambiente. Si el objetivo central de la política económica es aumentar, sobre todo, el tamaño del PIB en base a la explotación de recursos naturales, por ejemplo, el resultado puede darse en detrimento de la calidad de vida de futuras generaciones por los efectos negativos del modelo de desarrollo sobre el medio ambiente.

 Por ejemplo, en la agenda patriótica boliviana,  el crecimiento económico rumbo al 2015 se hará en base a hidrocarburos, minería, electricidad y agricultura (todas actividades extractivistas) y uno de los indicadores centrales para ver el éxito de la propuesta es la contribución de estos sectores al aumento del PIB. Cabe recordar que lo que medimos afecta lo que hacemos. Como la medida del Producto no incorpora pérdida de bosques, deforestación, eliminación de flora y fauna, y la desaparición de la  biodiversidad, ciertamente sólo se contabilizan ciertos tipos de beneficios de corto plazo. Porque si incorporásemos los impactos negativos del extractivimo ya mencionados, el PIB podría ser negativo en la contabilidad de largo plazo.

  El fetichismo con la medida PIB en realidad es una manifestación del nacional desarrollismo que es un modelo de desarrollo de la industrialización de los recursos naturales que mira por el retrovisor. Propone subir la escalera del desarrollo, generando valor a las materias primas. El mineral se convierte en un lingote, después se producen clavos, posteriormente se hacen calaminas y, en algún momento del horizonte del proceso de cambio, se llega al automóvil nacional. En suma, es hacer la revolución industrial inglesa con 200 años de retraso.

  Además, para este anacronismo intelectual,  desarrollo son grandes obras, monumentos al cemento, es sóviets y electrificación, caminos, represas, teleféricos, satélites, museos, pesados y pretenciosos edificios. En suma, es el crecimiento del viejo PIB que se vuelve  un tótem sagrado del desarrollo, al cual se lo venera anualmente, olvidándose de la gente y sus necesidades.


Monday, August 21, 2017

Necrofilia ideológica

Moisés Naim, un cientista social venezolano, sostiene que: "la necrofilia es la atracción sexual por cadáveres. La necrofilia ideológica es el amor ciego por ideas muertas”. En América Latina, en general, y Bolivia, en particular, somos adeptos a lo que también se conoce como las ideas, económicas o políticas,  zombis o, entrando en el ámbito cinematográfico, las ideas duras de matar. Estas políticas públicas se originan tanto en el neoliberalismo como en el neopopulismo y, no obstante sus comprobados y documentados fracasos, vuelven a ser propuestas e implementadas una y otra vez. Con pequeños cambios de matices, el péndulo del pasado construye museos con novedades recién desenterradas. 
 
 Probablemente, en el ámbito socioeconómico es donde con más frecuencia circulan las ideas muertas. Hoy me gustaría hablar de los zombis más conocidos. Dos económicos y uno político. Estos muertitos son los mimados de los políticos necrófilos. 
 
  Una idea que se resucita con frecuencia es contraponer radicalmente Estado y mercado, y concentrar el debate en un problema de propiedad pública o privada.  Los defensores del mercado siempre vuelven a la propuesta clásica de la privatización de las empresas públicas y  piensan que sólo con este cambio las cosas comenzarán a  funcionar automáticamente. Es el mito de la magia de la mano invisible en acción.  En el otro lado del cementerio de las propuestas, están las estatizaciones. Es sólo cambiar el letrero de la empresa con un nombre rimbombante y,  tanto la eficiencia como la rentabilidad, comienzan a fluir al ritmo de: "con tu quiero y con mi puedo, vamos juntos, compañero”.  
 
 En realidad,  el funcionamiento del tipo de propiedad,  pública o privada,  depende de reglas de juego formales (legislación) e informales (usos y costumbres); es decir, de los arreglos institucionales (reglas de juego) que son el mercado y el Estado.  Para un mejor funcionamiento del mercado se requiere garantizar derechos de propiedad públicos, privados, colectivos y hacer cumplir los contratos, establecer un gobierno corporativo transparente; es decir, instituciones creadoras de mercados. También son fundamentales las instituciones reguladoras de los mercados. Con frecuencia los mercados se desequilibran generando pérdida, para ello se requiere de instituciones estabilizadoras de éstos.
 
 Finalmente, los mercados pueden ser eficientes pero injustos, para ello requieren de instituciones que los legitimen, a saber: políticas redistributivas y tanto políticas de seguridad como de asistencia social. 
 
 Por otra parte, entre las reglas de juego (instituciones) que crean, regulan, estabilizan y legitiman la acción del Estado en la economía están aquellas que acercan a la gente del aparato estatal, promueven participación de los ciudadanos en las decisiones, preferentemente a nivel local, impulsan la división e independencia de poderes, promueven la industrialización diversificadora de la producción y la buena provisión de servicios, la calidad de la educación pública, apoyan la meritocracia técnica y política en el sector público. La necrofilia no ve estas sutilezas, se enamora perdidamente de alguno de los opuestos. 
 
 Otra idea zombie que resiste y persiste en la agenda de propuestas es que el desarrollo económico y social se logra solamente siguiendo etapas fijas. La industrialización, por ejemplo, se alcanza subiendo la escalera del progreso paso a paso: primero la recuperación de la propiedad de las materias primas; segundo, añadir valor a los minerales y gas natural. Así suavecito va el cuento del nuevo modelo económico. En el fondo, se cultiva la ilusión desarrollista de que países pobres, como Bolivia, pueden hacer una revolución industrial, a la inglesa, sobre la base de la agregación de valor a los recursos naturales con un pequeño retraso de 200 años. En esta línea de pensamiento, la minería tradicional debe dar lugar a la siderurgia, el gas debe permitir la creación de la industria petroquímica.   La industrialización de los recursos naturales es una idea muerta que, por lo menos hace más de 100 años, intentamos implementar sin éxito. 
 
 Finalmente, una muestra de la necrofilia ideológica y política es el populismo, tanto en su versión de derecha como de izquierda,  que la experiencia internacional muestra que puede presentarse tanto en países en vías de desarrollo como en economías industrializadas. 
 
 El populismo es sobre todo un estado de emoción permanente que entiende a la entelequia pueblo no como un sujeto político, sino como víctima de alguna conspiración externa al movimiento. 
 
 El populismo es un estado de ánimo societal, un malestar eterno, propiciado y cultivado por un caudillo que convence a la gente de que se está en una guerra constante con un enemigo que adopta varias caras, dependiendo del país. Puede ser la derecha, la élite de turno, el imperialismo, la amenaza externa, la antinación, los latinos o chinos. El populismo adquiere su identidad y cohesión de una guerrilla sentimental que se alimenta de miedos, injusticias y resentimientos. 
 
 El líder populista alimenta de odio este conjunto de sentimientos y lo convierte en un conocimiento, y movimiento político, cuyo diferenciador es la vuelta de la sociedad a un estado de guerra constante. Por eso el discurso político del populismo está repleto de una jerga y simbología militar: luchas, soldados del proceso de cambio, desfiles, símbolos castrenses, actitudes marciales, enemigos de clase y otros. Incluso las ideas se militarizan y se vuelven consignas, y ordenes. No obstante de los diversos fracasos de los populismos, estas "ideas muerto-vivientes” se rehúsan a desaparecer, incluso en tiempos de revolución tecnológica. 
 
 En suma, la falsa dicotomía entre mercado y Estado, el desarrollismo a base de los recursos naturales y el populismo son ideas zombis que reviven una y otra vez de la mano de nuestros políticos necrofílicos.
  
Gonzalo Chávez A. es economista.

Monday, August 14, 2017

TIPNIS y DESARROLLO

TIPNIS y DESARROLLO

El Leninismo extractivista y los soviets cocaleros

Nuevamente han resurgido las justificaciones ideológicas, políticas y económicas del oficialismo para intervenir el TIPNIS. Hoy me quiero concentrar en dos argumentos gubernamentales: 1) Somos un país que tiene un  superávit ambiental, emitimos pocos gases invernadero y más bien limpiamos el mundo; y 2) el modelo de desarrollo extractivista y rentista llevará bienestar económico, y social respetando la madre tierra. 
 
La lectura de la nomenclatura  parte de una interpretación maniquea y clasista de la contaminación ambiental. El norte oligárquico es el responsable de emitir los gases de efecto invernadero y los que más sufren son los países del sur, como Bolivia. 
 
No hay la menor duda de que los diversos tipos de capitalismos en el mundo basan sus economías en el uso abusivo de combustibles fósiles y carbón, y son fuertemente responsables del cambio climático que está matando el planeta.  Los mayores emisores de dióxodo de carbono (CO2) son China, Estados Unidos, Europa, India, Rusia y Brasil. Este es un hecho incuestionable, pero a partir de esto, afirmar que no tenemos responsabilidad en la contaminación es un exceso ideológico. 
 
El Gobierno sostiene que Bolivia sólo emite el 0,1% de los gases invernadero y que con los árboles de la Amazonia limpiamos el 2% mundial del dióxido de carbono. Por lo tanto, tenemos un margen de maniobra para destruir la naturaleza priorizando el beneficio de la gente. Una lectura un poco más cuidadosa de las estadísticas sobre emisión de carbono, más bien nos muestra como uno de los países que más contaminan, producto del modelo primario exportador extractivista que se ha consolidado en los últimos 11 años. 
 
Según el World Resources Institute, en  2012, Bolivia emitía 137,92 millones de toneladas de CO2, esto nos coloca en el puesto 48 de 186 países. Ahora, si consideramos las emisiones de CO2 per cápita por año, estamos en 13 toneladas y nuestra posición sube al puesto 28 de 186. En ningún ranking económico, social o de competitividad tenemos una posición tan expectable. 
 
Ahora lo más complicado de este dato es que se origina en quemas, chaqueos y desmontes vinculados a la deforestación (66% del total de emisiones) y a la agricultura extensiva (18%). Ambas actividades son responsables por el 84% de las emisiones de CO2. El restante 16% proviene de la producción de energía (14%), procesos industriales, transporte y otros. 

Según la Fundación Solón, entre 2001 y 2013 la deforestación fue de 8,6 millones de  hectáreas; es decir, que en 13 años hicimos desaparecer un bosque del tamaño de Portugal. Según el Informe Oficial, Mapa de Deforestación de Bolivia, en el periodo 2010-2013 hicimos esfumar  487.812 hectáreas de bosques, o lo que es lo mismo que el 13% del territorio de Tarija. En cuatro años cada boliviano fue responsable de la deforestación de 487 metros cuadrados. Los departamentos que más deforestan son Pando, Beni, Santa Cruz y Cochabamba. Los niveles de deforestación están llegando a puntos críticos e irreversibles en el país cuando el bosque comienza a morirse solo, fenómeno que se lo conoce como el forest decline o decaimiento. Y lo que es más grave,  este hecho tiene un impacto dramático sobre el ciclo y volúmenes de lluvia. 
 
Ahora, cuando se conecta el uso de la tierra y la emisión de CO2,  se muestra cuán dañino es el modelo primario exportador extractivista. Según el trabajo Net Carbon Emissions from Deforestation in Bolivia, de Lykke Andersen et all, las emisiones de carbono entre 1990 y 2000, en promedio anual fueron de 65 millones. En el periodo 2000-2010, esta cifra subió a 93 millones de toneladas de CO2. Esto da un per cápita sólo por deforestación de 10,4 toneladas por año.
 
 Ahora,  si a esto sumamos la contaminación de aguas y suelos que produce la minería (estatal, privada y, especialmente cooperativista), los problemas que causa la explotación de hidrocarburos o el manejo de basura en nuestras ciudades, estamos frente a una situación vergonzosa. El modelo de desarrollo extractvista y rentista, vinculado a la explotación de los recursos naturales y tanto a la agricultura como a la ganadería extensiva, tiene un fuerte impacto social y medioambiental. El relativizar nuestra responsabilidad sobre la emisión de gases de efecto invernadero, además de irresponsable, entra en total contradicción con la postura internacional de ser líder de defensa de la madre tierra. 
 
En efecto, el Gobierno tiene una visión de desarrollo lineal y civilizatoria que sobreenfatiza el tema del crecimiento económico. Por eso la propaganda insiste en repetir que Bolivia registrará la tasa del PIB más alta de América Latina, pero no dice nada que el país está entre las 10 primeros en deforestación a nivel mundial. 
 
Para el extractivismo, las mejoras sociales vienen en un segundo plano, tienen un carácter asistencialista y buscan crear y consolidar clientelas políticas. Las empresas estatales deben trabajar en los sectores mineros o de hidrocarburos para financiar los diversos bonos, incluso contaminando como Huanuni. Se debe  construir una carretera atravesando una reserva ecológica porque es la única forma de llevar educación y salud. Según Eduardo Gudynas, es una especie de capitalismo benévolo y táctico, en el que el tema ecológico es decorativo y se alejó del concepto del suma qamaña (vivir bien). 
 
Es el extractivismo progresista o "deslactosado” que debe generar rentas;  por lo tanto,  lealtades para colonos, cocaleros, pequeños y grandes empresarios agrícolas y pecuarios, empresa constructoras,  especuladores de tierras, y madereros a base de  la ocupación desorganizada y depredadora del territorio, por supuesto desplazando a las comunidades originarias del TIPNIS, por ejemplo. Es así que la agenda 2025 insiste en los sectores de minería, hidrocarburos, agricultura y electrificación como base del desarrollo.  En este contexto, las carreteras, como la del TIPNIS, son la manera  en que llega el "progreso depredador”. El Lenin local insiste en que la revolución son sóviets cocaleros, carreteras que pasan por reservas ecológicas  y electrificación. 

Monday, August 7, 2017

Populismo cleptómano

Populismo es una etiqueta polémica y muy compleja de definir, pero es una actitud política fácil de identificar en la práctica. Cuenta una vieja historia que en un afamado programa de radio, conducido por un político comunicador,  que decía oír al pueblo, un día una señora se quejó al conductor y le dijo: "No veo a mi marido hace tres días”. Y éste le contestó: "¡Lentes para la señora!”. El líder populista se caracteriza por saber siempre lo que el pueblo siente, necesita y quiere sin necesidad de preguntarle a éste, porque él es el mismísimo  pueblo. El caudillo populista es el origen y el destino de la voluntad popular. El populismo sacraliza a la entelequia pueblo, cuyo único intérprete y redentor es el líder.

Según Ernesto Laclau, la gramática populista crea al sujeto pueblo a  base de antagonismos. Patria- anti-patria; nación versus anti-nación. Nativos del país frente a los extranjeros saqueadores. Pueblo contra élite. Transnacionales versus revolucionarios. Soberanía nacional versus injerencias foráneas (económicas, religiosas o raciales).  La lógica amigo-enemigo adquiere varias formas políticas, sociales y culturales, siempre dicotómicas que vulgarizan la realidad, otorgando un carácter sagrado y religioso al líder populista y su pensamiento.

 Así,  su palabra y acciones se convierten en la verdad revolucionaria, y el resto del pensamiento diverso, que toda sociedad democrática tiene, se encapsula como un conjunto de mentiras. Así mismo, el populismo alimenta todos los tipos de nacionalismos económicos o étnicos. El populismo es, en realidad,  un gigantesco espejo que el líder lo lleva tatuado en su piel, actitud y pensamiento donde el pueblo ve reflejadas sus virtudes pero también  sus prejuicios, traumas, miedos, espíritu tribal, desconfianza, patrioterismo y frustraciones.

En el mundo actual tenemos dos variantes de populismos: uno de derecha, predominante en algunos países de Europa (Brexit) y en Estados Unidos (Trump), y otro de izquierda, cuya presencia está más difundida en América Latina. Los casos más conocidos son Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua.

 Existen centenas de interpretaciones políticas y sociológicas sobre los orígenes y evolución de los populismos.  En esta oportunidad nos concentraremos en la cara económica de este fenómeno.  El populismo en sus orígenes tiene que ver con la pobreza,  mala distribución del ingreso, la pérdida de empleos, el odio a las élites  y la exclusión social que se produjeron en algunos países como resultado de la profundización de la globalización. Este fue el terreno fértil para el surgimiento de la base social y política de los movimientos populistas.

 En la lógica antagonista existen dos clivajes. El primero tiene que ver con nacionalismos económicos, étnicos y culturales, y el segundo está asociado a la concentración de los ingresos y fuertes divisiones sociales. En la práctica, los gobiernos populistas mezclan, con diversas dosis y ritmos, ambos clivajes.

En el primer clivaje se sitúan los populismos de derecha, que tienden a enfatizar el tema nacionalista a través de la defensa ya sea de valores culturales o de industrias nacionales, que son perjudicadas por las migraciones o los extranjeros.

 En el segundo están los populismos de izquierda que enfatizan la dicotomía de la lucha de clases, representada por  transnacionales y sus élites serviles locales versus el pueblo. Dadas las limitaciones del espacio, concentrémonos en este tipo de populismos que está muy difundido en América Latina y veamos su taxonomía de políticas económicas, y la economía política que las sustenta.

 La macroeconomía del populismo fue muy bien descrita en los años 90 por  Dornbush y Edwards. Esta parte de un periodo de euforia y triunfalismo, donde a base de políticas de gasto e inversión pública masivas (fuerte intervención estatal en la economía) logran resultados económicos y sociales importantes en el corto plazo. El PIB crece, se mejoran las condiciones sociales, se redistribuyen los excedentes de la renta de los recursos naturales y se crea una gran burbuja de consumo, pero se lo hace  profundizando el carácter extractivista de las economías.

En un segundo momento, generalmente frente el agotamiento de los recursos financieros para financiar los gastos, comienzan los síntomas de profundos problemas estructurales del populismo económico: elevado déficit público, inflación reprimida, apreciación del tipo de cambio real, pérdida de ahorro interno, sobreendeudamiento externo, etcétera. La macroeconomía populista se niega a reconocer estos síntomas y en el extremo del delirio ideológico atribuye estos problemas a conspiraciones externas.

 Finalmente, se produce  el colapso de las  políticas económicas populistas y se inicia un proceso recesivo, aumenta el desempleo, la inflación se descontrola, la economía pierde dinamismo y competitividad, y se producen retrocesos en términos sociales. Por ejemplo, el ciclo descrito de tres etapas del populismo ha comenzado en Argentina, Brasil y de manera traumática, en Venezuela.

 El populismo también tiene una manifestación de economía política vinculada a la distribución de las rentas del Estado. En el primer caso  se establece una relación de prebendalismo con grupos corporativos de la sociedad a través de la distribución de  dádivas y rentas del Estado, a saber: bonos, tierras, legislación favorable y otros. Este es el caso de la relación del Estado boliviano con movimientos sociales. Un segundo nivel de relacionamiento tiene que ver con alianzas mafiosas, entre políticos, empresarios y burócratas,  que se organizan dentro del Estado para capturar rentas y establecer mecanismos de corrupción. Este es el caso brasileño, que es un ejemplo de populismo cleptómano.

Gonzalo Chávez A. es economista.


Creando un océano azul para la política

En el ámbito empresarial una compañía navega en un océano azul cuando ha sido capaz de elaborar una estrategia diferenciadora que le permite...