Monday, September 25, 2017

¿Cómo está la economía boliviana? ¿Desacelerada, frenada, constipada o trancada?

El gran trovador Papirri, creador de la genial Metafísica popular, está recibiendo grandes contribuciones a su larga lista de frases antológicas desde la cima del poder. Entre los clásicos epígrafes del cantautor cabe recordar: "Ese caballero es una dama o  estoy caliente con este frío”.

Pero ahora han surgido dos nuevas joyas para su repertorio. Una en el ámbito político: "Nos están vulnerando nuestros derechos con nuestra propia Constitución. No vamos tolerar este autoabuso”.

Y otra en el campo económico: "Desacelerando vamos más rápido”. Dejo el primer caso al buen saber de los constitucionalistas, pero me encargo del segundo aforismo. 

Resulta que dio las caras la tasa de crecimiento del primer trimestre del 2017, el Producto Interno Bruto (PIB) sólo subirá en 3,34%. En el primer trimestre del año pasado este valor había llegado a 5,4%. Antes que cante un gallo  las autoridades del sector han salido a decir que no se puede hablar de desaceleración porque el PIB sigue en expansión. Recórcholis, resulta que ahora, en la aritmética del proceso de cambio, tres es mayor que cinco. Para negar la relentización de la economía boliviana se apela a un sofisma y a torturar   los datos sin pudor ni clemencia.

La idea de la desaceleración viene de la física y se la entiende como una variación negativa de la velocidad. Un ejemplo sencillo es cuando se produce el frenado de un automóvil que iba a 50 km por hora y ahora va a 33 km por hora. El ritmo de avance es más lento. Se ha desacelerado el carro, que no es lo mismo que andar de retro. Cuando una economía se desacelera, como la nuestra, se trata de un periodo en el que probablemente, de manera transitoria, se produce una relentización de la trayectoria de alguna variable, en este caso el crecimiento, teniendo en cuenta la anterior medición en un lugar determinado   en un periodo de tiempo. 

 Este fenómeno que el Gobierno se empeña en negar no sólo se produjo en el primer trimestre del periodo en curso, se remonta al año 2013, cuando se alcanza el pico del crecimiento del PIB, 6,8%.

A partir de este momento comienza la desaceleración: en el 2014,  la velocidad de la economía baja a 5,5%; en el año 2015 se vuelve desacelerar y se llega al 4,9%; un periodo después (2016) se alcanza un ritmo menor, 4,3%, y para este año que termina se prevé que llegue tan sólo al 4%, según los malos del FMI.  

 Se crece pero cada vez a un ritmo menor. Sostener que no hay desaceleración porque el PIB está creciendo a una tasa más chica es un sofisma o, si se quiere, una cachaña de estudiante universitario que en su niñez no vio Plaza Sésamo, donde se enseñaba la diferencia entre desaceleración y retroceso o recesión. Beto mostrando el auto avanzando más lento o un carrito yendo para atrás.

 La sopapeada a los datos viene de la afirmación de que no hay desaceleración de la economía porque los sectores generadores de empleo y que dependen del mercado interno están creciendo bien, a saber:  la agropecuaria creció al 8,6%, construcción 7,2%, industria  de alimentos, bebidas y tabaco 5,6%, transporte y comunicaciones 5,4%, comercio 5,2%, administración pública 4,8%, otros servicios 4,4%, servicios financieros 4,3%, y agua y electricidad 4,2%. La contabilidad creativa consiste en taparse un ojo y ver sólo los sectores que me ayudan a mostrar un crecimiento casi chino de 5,5%. Pero me hago al cieguito con los sectores de peor desempeño, como hidrocarburos, que decreció en –14,1%, la minería y el resto de industria, que bajaron en -1,6% y -1,1%, respectivamente. 

 En esta lógica, se podría afirmar que en la economía boliviana registró una recesión de -5,6%, viendo las actividades económicas volcadas al sector externo. Inclusive, un sagaz bachiller en humanidades podría decir cinco de un lado y cinco del otro: empate técnico. El argumento es falaz porque, además, en los sectores de hidrocarburos o minería también está el componente de demanda interna y son generadores de empleo. Piense, por ejemplo, en el consumo de gasolina y en el empleo de los cooperativistas mineros.

A estas alturas de la columna y la argumentación, cabe recordar la definición del PIB, que es el valor total de la producción corriente de bienes y servicios finales dentro del territorio nacional, durante un cierto periodo de tiempo. Es una variable agregada de lo que produjeron todos los sectores de la economía. Distinguir cuáles fueron los sectores que suben o bajan puede ayudar a explicar los responsables de la aceleración o desacelaración de la economía, pero la explicación de la trayectoria o ritmo del PIB es un fenómeno agregado. 

 Por ejemplo, uno no podría decir que la inflación se disparó en Bolivia sólo viendo los precios que subieron en la economía, esto sería una cocina de datos grosera. La inflación es el promedio de precios que suben y bajan. El mismo razonamiento se aplica a la tasa de crecimiento del producto.

Pero más complicado que no reconocer que hay en curso una desaceleración  es constatar que la relentización del carro de la economía se produce cuando más gasolina de gasto e inversión pública le pone el Gobierno. En efecto, la tasa de crecimiento del PIB en Bolivia es cada vez más baja; en cuanto el aumento de la inversión es más alto. El porcentaje de la participación de la inversión pública en proporción del PIB, un componente fundamental de la demanda doméstica, fue cada vez mayor desde  2013, pasó de 12 al 15% en el 2016. Cuanto más se achica el Producto, más sube la inversión.

 Así mismo, la tasa de crecimiento de la inversión pública fue muy superior al crecimiento del PIB.

Por ejemplo, éste creció en 4,3% en 2016 y para lograr esta tasa desacelerada fue necesario un aumento del 22% de la inversión pública. El carro va más lento cuando se pone más combustible y se acelera más a fondo.  Probablemente la explicación de este fenómeno tiene que ver con la baja rentabilidad de la inversión estatal, la poca productividad de la economía y los límites de la demanda interna. Es decir que aunque le pongan gasolina de aviación a la peta, ésta no volará.


Monday, September 18, 2017

Con qué libros aprender economía?

Uno de los grandes dilemas de profesor de ciencias sociales en general y de economía en particular es elegir el libro texto de referencia para recomendar a los estudiantes de primeros años de sociología, administración de empresas, negocios internacionales o economía. Estos libros son como enciclopedias  que deberían ser simples, con muchos ejemplos, accesibles, adaptados  al contexto  pero sobre todo didácticos. Si usted quiere saber concretamente lo que es un oligopolio o un estudiante quiere dar sus primeros pasos en las teorías del crecimiento económico, el manual debería atender ambas necesidades.

Los libros texto tienen la pretensión de condensar la frontera del conocimiento y parten del supuesto que es posible pasteurizar y popularizar, con modelos básicos,  todos los conceptos económicos en algunas centenas de páginas. A esta forma de aprendizaje de la economía podríamos llamar de fast science (ciencia rápida).  Salvo raras excepciones este tipo de libro texto ignora las otras ciencias sociales.

 Por supuesto que no hay libros de texto neutros. Todas la corrientes ideológicas han manualizado sus ideas queriendo imitar a las ciencias naturales (Manual de Botánica  o Anatomía).  Liberales, keynesianos, estructuralistas y marxistas siguieron este camino desde los años 40. En esta última escuela cabe recordar: El Manual de Economía Política de la Unión Soviética, editado en papel de seda fina en los años 70, que los estudiantes destinaban a otros fines. Mucha gente no leyó estos textos, sino que se los fumó. O los recordados manuales de materialismo histórico y dialéctico de Nikitin o Martha Harnecker, dos bodrios inútiles que ahora sirven de cuña de alguna vieja mesa.  

En el otro espectro ideológico, muchas generaciones de cientistas sociales se formaron o deformaron con el clásico texto de Paul Samuelson, Curso de Economía Moderna, publicado por primera vez en 1948 y re-editado hasta ahora. Este manual es el libro de texto de economía para estudiantes universitarios más vendido de la historia. Este es el origen de centenas de manuales de economía, macroeconomía, microeconomía  o comercio internacional que parten de la hipótesis que todo saber puede ser encapsulado en una fórmula, en una definición simple y en un gráfico colorido. Usando estos libros textos se puede  terminar carreras como economía o administración de empresa ignorando quién fue Adam Smith o Carlos Marx,  pensando que la desigualdad es un coeficiente y que la pobreza o el crecimiento es una variable para optimizar matemáticamente; por supuesto muchos de ellos son ahistóricos y están por encima del espacio y el tiempo. Los conceptos y modelos que desarrollan se pueden aplicar  tanto en Burundi como en Dinamarca.

Contemporáneamente, ¿quién no usó Principios de Economía de G. Mankin para aprender el abc de la economía o el competente libro texto de R. Dornbusch o S. Fisher de Macroeconomía para entender los laberintos de las políticas públicas? Con una mejor contextualización histórica y un abordaje mundial, se tiene el manual de Macroeconomía de J. Sachs y F. Larrain o también   una buena opción es el texto de O. Blanchard. En todos estos casos el contexto histórico e internacional están como telón de fondo marginal para que los modelos económicos den el espectáculo de la ciencia.   Los manuales de Microeconomía más conocidos son: H.R. Varían, Pindyck o más sofisticados como el libro de D. Kreps. Son los libros de Microeconomía que hacen desaparecer, con menos pudor, la realidad de las empresas y los consumidores, y les atribuyen una racionalidad cartesiana perfecta.

La mayoría de estos manuales tienen origen en la academia de Estados Unidos e Inglaterra. Entre tanto, cabe recordar que hubo varias tentativas de climatización de la soft science en economía en el sur  como es el caso del Manual de Macroeconomía Latinoamericana de la Cieplan o el libro pionero de economía de Juan Cariaga que se aplicaba a la realidad boliviana.

 En los años 90 la academia se bajó del pedestal y se acercó a la gente. En efecto, aparecen los libros de difusión de la ciencia económica, siguiendo también el camino de astronomía o la física. Entre los libros más conocidos están Freakeconomics de S. Levitt y S. J. Dubner; el Economista Encubierto de T.  Hardford o más recientemente Economía en Colores de Xavier Sal i Martin que, a partir de la vida cotidiana de las personas y las empresas, explican temas contemporáneos de la teoría económica.

Una otra corriente, que a mí me gusta más para aprender economía no siendo la única, es lo que podemos denominar hard science (ciencia profunda) que propone seguir la historia de las ideas y los contextos históricos y así entender los conceptos de esta área del conocimiento. Por ejemplo, leyendo los clásicos de la economía como Adam Smith, Marx, Ricardo, Polanyi, Schumpeter,  Keynes o Friedman, para mencionar sólo algunos.  

 Dicen que donde hay tres economistas existen cuatro opiniones, pues en materia de libros y formas de aprender economía puede que existan hasta cinco sentires. El tema es polémico y todas son formas legítimas de incursionar en esta ciencia social.

 En el año 2012, en la Universidad de Manchester  surgió un movimiento de rebelión muy saludable contra la forma de enseñar economía y sus textos. Jóvenes estudiantes fundaron el Post-Crash Economics Society’s  (PCES), un movimiento poscrisis económica de 2008. Los estudiantes de Manchester, a los cuales se unieron otras universidades en el mundo, levantaron las banderas de la crítica y propusieron que su carrera de economía también debía incluir el estudio de la ética, la política, la sociología, la creatividad y la historia, y no sólo el formalismo, demasiado matematizado de la economía neoclásica.  


Pues bien, esta rebelión no tenía un libro texto que condensase la nueva propuesta, pues ahora este vacío fue llenado con un interesante manual electrónico gratuito: The Economy, que se lo encuentra en http://www.core-econ.org

Tuesday, September 12, 2017

LA DIETA DE LOS ESPEJOS

El inmortal Jorge Luis Borges temía, con toda razón, a los espejos. En uno de sus poemas legendarios dice: “Yo que sentí el horror de los espejos, no sólo ante el cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos, sino ante el agua especular que imita el otro azul en su profundo cielo, que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita ”.
Los dueños del poder circunstancial, especialmente en materia económica, adoran los espejos. Toda vez que presentan las cifras macroeconómicas frente a los espejos de sus consignas y ante los estandartes del llunquerío que agitan los ciegos de futuro, vuelven a enamorarse de sí mismos, una y otra vez.
Es el pavo real macroeconómico que extiende sus dorada alas. Miren ese Producto Interno Bruto, ese PIB fabuloso, único, inédito. ¡Ay amadito! Le lanzan besos en flor al espejo y su reflejo.
Ahora que se desacelera la economía (3,3% en el primer trimestre de 2017), ¿se desportilla la imagen? ¡No! ¡Pamplinas neoliberales! La bella demanda interna mantiene al ídolo y a su imagen de pie.
Para el narcisismo macroeconómico sólo hay crisis cuando el espejo se rompe, se hace añicos como en Venezuela. ¿Si los músculos de los ingresos fiscales se chorrean, o si se registra cuatro años de déficit público (este año este indicador podría llegar al 7,8% del PIB)? ¡No pasa nada!
Seguiremos tomando los anabólicos de gastos e inversiones, endeudándonos y perdiendo reservas internacionales. Insomnes, seguiremos inflando la burbuja de consumo y cristal con plata que tomamos de un futuro incierto.
Tranquilos, al déficit comercial, que ya supera el 5% del PIB, lo mataremos con sólida indiferencia antiimperialista y sólo por si acaso, haremos una gran milluchada –para el Santo de los Recursos Naturales– para que haga el milagro de hacer subir nuevamente los precios de los minerales y del petróleo. ¡Tengan fe! La tempestad es afuera, dicen los sacerdotes del populismo gastador. El paraíso está blindado por espejo de metal y rojos crepúsculo. Los síntomas descritos son una conspiración de los vampiros neoliberales que no pueden darse el gustito de la autocontemplación frente a los cristales de la revolución. 
Haciéndole ojitos mimosos al espejo, examinen la inflación que está de rodillas ante la espada monetaria. Otro gran logro del modelo. Miren lo esbeltos que están los precios. Si el bien garbo es producto de una dieta de alimentos importados, que está matando las pocas defensas del aparato productivo nacional, eso tampoco importa. Tener una fina estampa requiere sacrificios.
Frente a las enormes grietas en el cuerpo productivo local, causadas por la apreciación del tipo de cambio real, más botox de importaciones, más maquillaje de consumo, más silicona en las curvas.
Total la tuneada zapatina que nos echamos estos años de bonanza sólo nos costó 60 mil millones de dólares, pero frente al espejo no es elegante hablar de dinero.
Si en la alcoba de la economía hay muchos espejos, somos multitudes. El elenco del reflejo está listo para armar el teatro de las sombras de la propaganda y la sigilosa prestidigitación estadística. La obra en curso: riqueza sin desarrollo.
En momento cúlmine del espectáculo es hora de sacar el espejo mayor: el gallardete sublime del espejismo. Miren esa nacionalización de incomparable belleza que, aunque se le desinflen los cachetes y se le caiga la cola, mantiene el garbo de rosa plástica.  Es el Cid Campeador que hay que sacar todos los sagrados días de la revolución a pasear por las calles del adoctrinamiento. A la gloriosa acción se le atribuyen muchos milagros económicos, como la copiosa lluvia de plata y coral que bendijo los cofres públicos.
Crueles e insanas mentiras son aquellas que afirman que la nacionalización fue chuta y que se benefició de una coyuntura favorable de precios del petróleo.
Para la cofradía de los devotos de los espejos de los últimos días, la caída de ingresos fiscales provenientes del sector hidrocarburos es resultado de desajustes externos y de los opinadores que odian los espejos. Por lo tanto, una manito de epítetos del más cruel acero para ellos.
Todos a la misma bolsa de gatos neoliberales y vende patria. Patrulleros ideológicos y comisarios virtuales apunten los cañones de la más destilada ponzoña chauvinista a ellos. Todos a cuidar la magia del reflejo. ¡Espejito! ¡Espejito! ¿Quién es el modelo económico más bonito y coqueto? El coro de los devotos de la virgen del puño en alto repiten: ¡Tú! luminoso nacional consumismo.
Pero un bello y no lejano día, el narcisismo macroeconómico quiere acariciar su reflejo y con espanto se da cuenta de que ya no pueda hacerlo, toda vez que coloca la mano en su imagen, ésta se diluye y baila descontrolada. Vanos son los intentos de los militantes de los espejos de calmar las aguas, para que éstas vuelvan a su posición de espera y complacencia.
Del fondo de las aguas claras en retirada, surgen peces de fuego que se habían criado en el fondo de la economía informal,  gruesos helechos aprisionan el aparato productivo, inmensos remolinos de deudas se tragan el futuro, una gigante y hambrienta cobra de agua ya no satisface su gula con gastos superfluos e inversiones inútiles y saca su cara de eterna ciega.
Una colección incomprensible de batracios rococos sube rápidamente a la superficie después de haber metido la cuchara al dulce del erario nacional.  
“Dios ha creado las noches que se arman de sueños y las formas del espejo,  para que el hombre sienta que es reflejo y vanidad”, afirma Borges.
Por eso no es bueno enamorarse de los espejos, ni políticos ni económicos, porque en Bolivia hay cada vez más gente viviendo al otro lado del reflejo, dispuesta a decir no, las veces que sea necesario, al discurso único y autoritario, a no confundir gordura de consumo con músculo productivo.
Porque la dieta de los espejos no es sostenible y sólo es buena para los que se aman locamente a sí mismos.

Monday, September 4, 2017

El futuro de las empresas en las nubes

Que los refrigeradores se conecten directamente con supermercados para auto abastecerse, que desde el automóvil se puedan encender las luces de la casa antes de llegar, que ciertos productos se los elabore de manera personalizada, que se pueda predecir con cierto grado de precisión la cantidad de lluvias para la agricultura, que los autos no tengan conductores, que la traducción de idiomas se la haga en tiempo real, que la empresa más grande del mundo de taxis no tenga un sólo coche o que la mejor clase de robótica del MIT se la pueda tomar desde Villazón son algunos pocos ejemplos de los grandes cambios que se están produciendo en el mundo empresarial. Detrás de estas innovaciones y transformaciones comerciales y culturales están ideas como: la Big Data, el internet de las cosas, la minería de datos y otras revoluciones  tecnológicas. Hoy quiero comentarles dos libros que de manera similar y fascinante intentan responder: ¿Cuáles son los modelos de negocios y tendencias estructurales que están por detrás de todos estos revolucionarios cambios? ¿Qué tipo de empresas están ya navegando en los mares de competencia cibernética? Para dar respuesta a estas y muchas otras interrogantes, por un lado, está  el libro de Thomas Friedman Thank You for Being Late, que es una investigación periodística magnífica y también el trabajo  de Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson Machine, Platform, Crowd, de características más académicas.
 
En la era de la aceleración cibernética, McAfee y Brynjolfsson sostienen que las empresas e instituciones deben jugar en tres tableros de ajedrez simultáneos. Primero, lo que es la inteligencia artificial (AI por sus siglas en inglés); segundo, está el uso intensivo de plataformas; y tercero, la descentralización de la innovación y la producción de bienes y servicios.
 
La AI  lleva a las empresas, en todos sus procesos,  a una división/complementación más radical entre el hombre y la máquina, que ahora comparten la inteligencia para realizar un trabajo. La inteligencia que gestiona datos, procesa información, analiza informes, hace predicciones y experimentos, realiza frecuencias, comparte opciones, usa métricas, cada vez más,  la están haciendo las máquinas. En cuanto, la inteligencia que usa el sentido común,  la intuición, la creatividad, el sentimiento para tomar decisiones, la empatía para manejar gente continuará por mucho tiempo bajo el control de las personas. Las complementariedades de ambas inteligencias, la artificial y la humana son múltiples y complejas. En este nuevo contexto, el desafío de cada empresa o institución deberá ser encontrar su justo medio entre ambas inteligencias, nos dice Friedman.
 
En concreto, la administración, la contabilidad, la comunicación, la logística, por mencionar cuatro áreas de una empresa, cada vez será hecha por la AI, pero el liderazgo, la visión de un proyecto, el cierre de un negocio y las oportunidades dentro de una compañía seguirán por mucho tiempo siendo dominio de la gente, trabajadores y gerentes.
 
El segundo cambio profundo en curso es el uso de las plataformas en el internet. Empresas reales que tienen espejos virtuales o empresas que sólo existen, en lo que Friedman llama, la supernova o la nueve del ciberespacio. Aquí es donde convergen el poder de las máquinas que trabajan en red, el poder de los flujos que democratiza el conocimiento, las nuevas ideas, el asesoramiento médico, la innovación, el comercio, la colaboración, pero también temas delicados como el terrorismo, el tráfico de drogas, los rumores y el fanatismo. La red también impulsa el poder de uno. Como nunca en la historia de la humanidad una persona tiene acceso a mucha información y conocimiento, con sus virtudes y peligros. Finalmente, la supernova   amplifica el poder de muchos, la mayoría de los seres humanos actuando en red pueden movilizarse e influir sobre varios temas desde los medio ambientales hasta asuntos religiosos. El poder de las plataformas a nivel empresarial ha revolucionado los modelos de negocios. La mayor empresa de taxis del mundo no posee un solo carro (Uber), la más grande empresa de hoteles no tiene un sólo cuarto (Airbnb), o la empresa minorista más gigante del planeta no posee inventarios (Alibaba). En el mundo virtual, y a través de las plataformas, se crearon nuevos mercados. Productores y consumidores se encuentran en páginas web y compran, venden o intercambian millones de productos o servicios cada segundo.   
 
Para McAfee y Brynjolfsson, el tercer cambio es desde el núcleo hasta la multitud. El núcleo son las grandes empresas, las gigantes instituciones centralizadas, las enormes corporaciones, los centros de investigación únicos. La multitud se refiere a los participantes (proveedores, freelancers, investigadores, programadores, diseñadores, contadores y decenas de otras actividades) descentralizados, auto-organizados. Estos se juntan en la red, ya sea para desarrollar el diseño parcial de un software, contribuir a Wikipedia o la investigación del genoma humano.  Las multitudes anónimas y competentes trabajan conectadas creando, innovando, produciendo y vendiendo complementariamente a las grandes instituciones o compitiendo con ellas.
 
El economista Ronald Coase sostenía que cuando los costos de transacción para producir un bien o servicio son altos, las empresas hacen estas tareas internamente, por ejemplo investigación y desarrollo de producto. Pero con la revolución de la información, los cambios en la tecnología y la sociedad en red bajaron radicalmente los costos, por lo que producir bienes o servicios fuera de la empresa (outsourcing) ha crecido significativamente. Parte de un programa de software de la gigante Microsoft está siendo hecho en Cochabamba y el diseño de la nueva cafetera de General Electric la crea un ingeniero en Bangalore.
 
Estos son cambios y desafíos polémicos, difíciles y complejos tanto para las empresas como las personas pero como dice Friedman la era de la aceleración no parará. Así que no queda otra que respirar profundo y enfrentar los desafíos.

Monday, August 28, 2017

PIBiofilia o el fetichismo oficialista co




Los dueños del poder han desarrollado una curioso fetichismo por los resultados del Producto Interno Bruto (PIB).   El fetichismo es una creencia política, económica o sexual que le atribuye a los objetos o conceptos poderes sobrenaturales. El PIB, en su versión de twitter, es el valor de mercados de todos los bienes y servicios finales producidos en una economía durante un periodo de tiempo.  Desde la máquina de propaganda se ametralla a la opinión pública hasta el cansancio: 
El Evo economics consiguió un crecimiento promedio del 5% entre 2006 y  2016. Nunca como antes se creció tanto. Por cuarto año consecutivo Bolivia registrará la más alta tasa de incremento del PIB en la región.  Es uno de los estandartes de oro del nuevo modelo económico. El haber alcanzado estos guarismos es una especie de capa mágica que cura todos los males de la sociedad.

  En la cúspide del altar del proceso de cambio está el gran fetiche del PIB, frente al cual todos los devotos de la virgen del  puño izquierdo en alto, los fieles sacerdotes del horizonte de los santos de los últimos días del capitalismo  y otros exegetas de la revolución deliran ante las subidas y bajadas de la cifra encantada. Inclusive los odiados organismos internacionales se postran de cúbito dorsal frente al indicador. La PIBocracia extractivista insiste que desarrollo económico es sólo el crecimiento de esta variable. Casi nunca se habla de otros indicadores, como el bienestar, la salud, la educación, el medio ambiente, la inseguridad, la felicidad, la productividad, las libertades ciudadanas y otras variables que muestran que, en realidad, el desarrollo integral y sostenible es una categoría multidimensional.

  El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, recogiendo viejas críticas, sostiene que: "El PIB no es una buena medida de desempeño económico y tampoco es una buena medida de bienestar”, porque no nos dice nada de qué y cómo se produce o quién produce. Si bien el concepto estadístico es correcto, el proceso metodológico es muy imperfecto y lleva a confundir riqueza de consumo con bienestar, y felicidad. Por ejemplo, cuando el PIB crece al 5% en promedio, la pregunta difícil de responder es: ¿cómo personas o empresas están aprovechando este crecimiento? Algunos si miran a sus bolsillos dirán que si hay mejoras y otros que no. ¿Pero qué si los ciudadanos tienen que hacer filas kilométricas para recibir un pésimo servicios de salud o corren el riesgo de ser baleados por la propia Policía, o no tienen acceso al agua y saneamiento básico? El PIB es sólo fetiche de los políticos de turno y no llega a la vida de la gente. 

 Que el PIB refleje que se hicieron más hospitales o escuelas no dice nada sobre la calidad de estos servicios. Es decir, el aumento de la inversión y gasto público (piense en canchas de fútbol o ingenios de azucareros sin materia prima o museos personales) aumenta la producción (input), pero no contribuyen a un buen resultado (outcome). La calidad de la inversión pública no está asociada a su tamaño, como a veces pensamos en Bolivia.

  Otra crítica relativamente antigua a la forma de medir el PIB es que omite el trabajo de las mujeres en el hogar (home production) y no dice nada de la producción comunitaria (sharing economy).

  El tema de la precariedad en la medición del PIB y su fetichización se complica cuando se incorpora en el análisis el deterioro del medio ambiente. Si el objetivo central de la política económica es aumentar, sobre todo, el tamaño del PIB en base a la explotación de recursos naturales, por ejemplo, el resultado puede darse en detrimento de la calidad de vida de futuras generaciones por los efectos negativos del modelo de desarrollo sobre el medio ambiente.

 Por ejemplo, en la agenda patriótica boliviana,  el crecimiento económico rumbo al 2015 se hará en base a hidrocarburos, minería, electricidad y agricultura (todas actividades extractivistas) y uno de los indicadores centrales para ver el éxito de la propuesta es la contribución de estos sectores al aumento del PIB. Cabe recordar que lo que medimos afecta lo que hacemos. Como la medida del Producto no incorpora pérdida de bosques, deforestación, eliminación de flora y fauna, y la desaparición de la  biodiversidad, ciertamente sólo se contabilizan ciertos tipos de beneficios de corto plazo. Porque si incorporásemos los impactos negativos del extractivimo ya mencionados, el PIB podría ser negativo en la contabilidad de largo plazo.

  El fetichismo con la medida PIB en realidad es una manifestación del nacional desarrollismo que es un modelo de desarrollo de la industrialización de los recursos naturales que mira por el retrovisor. Propone subir la escalera del desarrollo, generando valor a las materias primas. El mineral se convierte en un lingote, después se producen clavos, posteriormente se hacen calaminas y, en algún momento del horizonte del proceso de cambio, se llega al automóvil nacional. En suma, es hacer la revolución industrial inglesa con 200 años de retraso.

  Además, para este anacronismo intelectual,  desarrollo son grandes obras, monumentos al cemento, es sóviets y electrificación, caminos, represas, teleféricos, satélites, museos, pesados y pretenciosos edificios. En suma, es el crecimiento del viejo PIB que se vuelve  un tótem sagrado del desarrollo, al cual se lo venera anualmente, olvidándose de la gente y sus necesidades.


Monday, August 21, 2017

Necrofilia ideológica

Moisés Naim, un cientista social venezolano, sostiene que: "la necrofilia es la atracción sexual por cadáveres. La necrofilia ideológica es el amor ciego por ideas muertas”. En América Latina, en general, y Bolivia, en particular, somos adeptos a lo que también se conoce como las ideas, económicas o políticas,  zombis o, entrando en el ámbito cinematográfico, las ideas duras de matar. Estas políticas públicas se originan tanto en el neoliberalismo como en el neopopulismo y, no obstante sus comprobados y documentados fracasos, vuelven a ser propuestas e implementadas una y otra vez. Con pequeños cambios de matices, el péndulo del pasado construye museos con novedades recién desenterradas. 
 
 Probablemente, en el ámbito socioeconómico es donde con más frecuencia circulan las ideas muertas. Hoy me gustaría hablar de los zombis más conocidos. Dos económicos y uno político. Estos muertitos son los mimados de los políticos necrófilos. 
 
  Una idea que se resucita con frecuencia es contraponer radicalmente Estado y mercado, y concentrar el debate en un problema de propiedad pública o privada.  Los defensores del mercado siempre vuelven a la propuesta clásica de la privatización de las empresas públicas y  piensan que sólo con este cambio las cosas comenzarán a  funcionar automáticamente. Es el mito de la magia de la mano invisible en acción.  En el otro lado del cementerio de las propuestas, están las estatizaciones. Es sólo cambiar el letrero de la empresa con un nombre rimbombante y,  tanto la eficiencia como la rentabilidad, comienzan a fluir al ritmo de: "con tu quiero y con mi puedo, vamos juntos, compañero”.  
 
 En realidad,  el funcionamiento del tipo de propiedad,  pública o privada,  depende de reglas de juego formales (legislación) e informales (usos y costumbres); es decir, de los arreglos institucionales (reglas de juego) que son el mercado y el Estado.  Para un mejor funcionamiento del mercado se requiere garantizar derechos de propiedad públicos, privados, colectivos y hacer cumplir los contratos, establecer un gobierno corporativo transparente; es decir, instituciones creadoras de mercados. También son fundamentales las instituciones reguladoras de los mercados. Con frecuencia los mercados se desequilibran generando pérdida, para ello se requiere de instituciones estabilizadoras de éstos.
 
 Finalmente, los mercados pueden ser eficientes pero injustos, para ello requieren de instituciones que los legitimen, a saber: políticas redistributivas y tanto políticas de seguridad como de asistencia social. 
 
 Por otra parte, entre las reglas de juego (instituciones) que crean, regulan, estabilizan y legitiman la acción del Estado en la economía están aquellas que acercan a la gente del aparato estatal, promueven participación de los ciudadanos en las decisiones, preferentemente a nivel local, impulsan la división e independencia de poderes, promueven la industrialización diversificadora de la producción y la buena provisión de servicios, la calidad de la educación pública, apoyan la meritocracia técnica y política en el sector público. La necrofilia no ve estas sutilezas, se enamora perdidamente de alguno de los opuestos. 
 
 Otra idea zombie que resiste y persiste en la agenda de propuestas es que el desarrollo económico y social se logra solamente siguiendo etapas fijas. La industrialización, por ejemplo, se alcanza subiendo la escalera del progreso paso a paso: primero la recuperación de la propiedad de las materias primas; segundo, añadir valor a los minerales y gas natural. Así suavecito va el cuento del nuevo modelo económico. En el fondo, se cultiva la ilusión desarrollista de que países pobres, como Bolivia, pueden hacer una revolución industrial, a la inglesa, sobre la base de la agregación de valor a los recursos naturales con un pequeño retraso de 200 años. En esta línea de pensamiento, la minería tradicional debe dar lugar a la siderurgia, el gas debe permitir la creación de la industria petroquímica.   La industrialización de los recursos naturales es una idea muerta que, por lo menos hace más de 100 años, intentamos implementar sin éxito. 
 
 Finalmente, una muestra de la necrofilia ideológica y política es el populismo, tanto en su versión de derecha como de izquierda,  que la experiencia internacional muestra que puede presentarse tanto en países en vías de desarrollo como en economías industrializadas. 
 
 El populismo es sobre todo un estado de emoción permanente que entiende a la entelequia pueblo no como un sujeto político, sino como víctima de alguna conspiración externa al movimiento. 
 
 El populismo es un estado de ánimo societal, un malestar eterno, propiciado y cultivado por un caudillo que convence a la gente de que se está en una guerra constante con un enemigo que adopta varias caras, dependiendo del país. Puede ser la derecha, la élite de turno, el imperialismo, la amenaza externa, la antinación, los latinos o chinos. El populismo adquiere su identidad y cohesión de una guerrilla sentimental que se alimenta de miedos, injusticias y resentimientos. 
 
 El líder populista alimenta de odio este conjunto de sentimientos y lo convierte en un conocimiento, y movimiento político, cuyo diferenciador es la vuelta de la sociedad a un estado de guerra constante. Por eso el discurso político del populismo está repleto de una jerga y simbología militar: luchas, soldados del proceso de cambio, desfiles, símbolos castrenses, actitudes marciales, enemigos de clase y otros. Incluso las ideas se militarizan y se vuelven consignas, y ordenes. No obstante de los diversos fracasos de los populismos, estas "ideas muerto-vivientes” se rehúsan a desaparecer, incluso en tiempos de revolución tecnológica. 
 
 En suma, la falsa dicotomía entre mercado y Estado, el desarrollismo a base de los recursos naturales y el populismo son ideas zombis que reviven una y otra vez de la mano de nuestros políticos necrofílicos.
  
Gonzalo Chávez A. es economista.

Monday, August 14, 2017

TIPNIS y DESARROLLO

TIPNIS y DESARROLLO

El Leninismo extractivista y los soviets cocaleros

Nuevamente han resurgido las justificaciones ideológicas, políticas y económicas del oficialismo para intervenir el TIPNIS. Hoy me quiero concentrar en dos argumentos gubernamentales: 1) Somos un país que tiene un  superávit ambiental, emitimos pocos gases invernadero y más bien limpiamos el mundo; y 2) el modelo de desarrollo extractivista y rentista llevará bienestar económico, y social respetando la madre tierra. 
 
La lectura de la nomenclatura  parte de una interpretación maniquea y clasista de la contaminación ambiental. El norte oligárquico es el responsable de emitir los gases de efecto invernadero y los que más sufren son los países del sur, como Bolivia. 
 
No hay la menor duda de que los diversos tipos de capitalismos en el mundo basan sus economías en el uso abusivo de combustibles fósiles y carbón, y son fuertemente responsables del cambio climático que está matando el planeta.  Los mayores emisores de dióxodo de carbono (CO2) son China, Estados Unidos, Europa, India, Rusia y Brasil. Este es un hecho incuestionable, pero a partir de esto, afirmar que no tenemos responsabilidad en la contaminación es un exceso ideológico. 
 
El Gobierno sostiene que Bolivia sólo emite el 0,1% de los gases invernadero y que con los árboles de la Amazonia limpiamos el 2% mundial del dióxido de carbono. Por lo tanto, tenemos un margen de maniobra para destruir la naturaleza priorizando el beneficio de la gente. Una lectura un poco más cuidadosa de las estadísticas sobre emisión de carbono, más bien nos muestra como uno de los países que más contaminan, producto del modelo primario exportador extractivista que se ha consolidado en los últimos 11 años. 
 
Según el World Resources Institute, en  2012, Bolivia emitía 137,92 millones de toneladas de CO2, esto nos coloca en el puesto 48 de 186 países. Ahora, si consideramos las emisiones de CO2 per cápita por año, estamos en 13 toneladas y nuestra posición sube al puesto 28 de 186. En ningún ranking económico, social o de competitividad tenemos una posición tan expectable. 
 
Ahora lo más complicado de este dato es que se origina en quemas, chaqueos y desmontes vinculados a la deforestación (66% del total de emisiones) y a la agricultura extensiva (18%). Ambas actividades son responsables por el 84% de las emisiones de CO2. El restante 16% proviene de la producción de energía (14%), procesos industriales, transporte y otros. 

Según la Fundación Solón, entre 2001 y 2013 la deforestación fue de 8,6 millones de  hectáreas; es decir, que en 13 años hicimos desaparecer un bosque del tamaño de Portugal. Según el Informe Oficial, Mapa de Deforestación de Bolivia, en el periodo 2010-2013 hicimos esfumar  487.812 hectáreas de bosques, o lo que es lo mismo que el 13% del territorio de Tarija. En cuatro años cada boliviano fue responsable de la deforestación de 487 metros cuadrados. Los departamentos que más deforestan son Pando, Beni, Santa Cruz y Cochabamba. Los niveles de deforestación están llegando a puntos críticos e irreversibles en el país cuando el bosque comienza a morirse solo, fenómeno que se lo conoce como el forest decline o decaimiento. Y lo que es más grave,  este hecho tiene un impacto dramático sobre el ciclo y volúmenes de lluvia. 
 
Ahora, cuando se conecta el uso de la tierra y la emisión de CO2,  se muestra cuán dañino es el modelo primario exportador extractivista. Según el trabajo Net Carbon Emissions from Deforestation in Bolivia, de Lykke Andersen et all, las emisiones de carbono entre 1990 y 2000, en promedio anual fueron de 65 millones. En el periodo 2000-2010, esta cifra subió a 93 millones de toneladas de CO2. Esto da un per cápita sólo por deforestación de 10,4 toneladas por año.
 
 Ahora,  si a esto sumamos la contaminación de aguas y suelos que produce la minería (estatal, privada y, especialmente cooperativista), los problemas que causa la explotación de hidrocarburos o el manejo de basura en nuestras ciudades, estamos frente a una situación vergonzosa. El modelo de desarrollo extractvista y rentista, vinculado a la explotación de los recursos naturales y tanto a la agricultura como a la ganadería extensiva, tiene un fuerte impacto social y medioambiental. El relativizar nuestra responsabilidad sobre la emisión de gases de efecto invernadero, además de irresponsable, entra en total contradicción con la postura internacional de ser líder de defensa de la madre tierra. 
 
En efecto, el Gobierno tiene una visión de desarrollo lineal y civilizatoria que sobreenfatiza el tema del crecimiento económico. Por eso la propaganda insiste en repetir que Bolivia registrará la tasa del PIB más alta de América Latina, pero no dice nada que el país está entre las 10 primeros en deforestación a nivel mundial. 
 
Para el extractivismo, las mejoras sociales vienen en un segundo plano, tienen un carácter asistencialista y buscan crear y consolidar clientelas políticas. Las empresas estatales deben trabajar en los sectores mineros o de hidrocarburos para financiar los diversos bonos, incluso contaminando como Huanuni. Se debe  construir una carretera atravesando una reserva ecológica porque es la única forma de llevar educación y salud. Según Eduardo Gudynas, es una especie de capitalismo benévolo y táctico, en el que el tema ecológico es decorativo y se alejó del concepto del suma qamaña (vivir bien). 
 
Es el extractivismo progresista o "deslactosado” que debe generar rentas;  por lo tanto,  lealtades para colonos, cocaleros, pequeños y grandes empresarios agrícolas y pecuarios, empresa constructoras,  especuladores de tierras, y madereros a base de  la ocupación desorganizada y depredadora del territorio, por supuesto desplazando a las comunidades originarias del TIPNIS, por ejemplo. Es así que la agenda 2025 insiste en los sectores de minería, hidrocarburos, agricultura y electrificación como base del desarrollo.  En este contexto, las carreteras, como la del TIPNIS, son la manera  en que llega el "progreso depredador”. El Lenin local insiste en que la revolución son sóviets cocaleros, carreteras que pasan por reservas ecológicas  y electrificación. 

¿Cómo está la economía boliviana? ¿Desacelerada, frenada, constipada o trancada?

El gran trovador Papirri, creador de la genial Metafísica popular, está recibiendo grandes contribuciones a su larga lista de frases antoló...