Monday, November 14, 2016

Plegaria fiscales

Según el Presupuesto General de la Nación, presentado por el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, el déficit público en 2017 será de 7,8% del Producto Interno Bruto (PIB), que mide toda la riqueza generada en un año por un país. En términos monetarios, algo como 3.000 millones de dólares. Probablemente uno de los más altos de América Latina.

  Éste será el cuarto año consecutivo en el cual la balanza del Gobierno está desequilibrada; es decir, que tanto los gastos como las inversiones son mucho mayores que los ingresos del Estado. En 2014 el déficit público llegó a 3,4% del PIB, en 2015 subió a 6,9 % y en el periodo que transcurre podría registrarse un valor similar al año pasado. Como es fácil concluir: el hueco fiscal  cada vez está más grande. Esto se explica porque, por una parte, los ingresos del Gobierno han caído significativamente en los últimos años debido a la reducción de los ingresos tributarios que provenían de las exportaciones, sobre todo los  hidrocarburos y en menor medida mineras.

 En efecto, para 2017 las regalías y el impuesto directo a los hidrocarburos (IDH) caerán en un -23%. La contracción de ingresos tributarios, sin la participación del sector hidrocarburos, sería ligera, de -2,1%. Para compensar el fuerte deterioro de impuestos del sector gasífero, los ingresos tributarios del Tesoro General de la Nación, fuertemente concentrados en el  mercado interno, deberán mantenerse elevados y muy próximos del año pasado. A nivel agregado, el Gobierno sostiene que la caída de ingresos tan sólo llegará a -1,4%, respecto al año pasado.

  En lo que respecta a los gastos corrientes, éstos subirían  en un 1,4%, según el presupuesto. Por supuesto, el grueso de esto va a sueldos y jornales. El gasto corriente medido como porcentaje del PIB es muy elevado, se sitúa en 44,6%. Además, el Gobierno continúa apostando, pesadamente, a la inversión pública: en 2017 ésta llegaría a 6.189 millones de dólares contra 6.395 del año pasado. Otro gasto que comenzó a pesar en las cuentas del Gobierno es el pago de los intereses de la deuda externa, 360 millones de dólares al año. A futuro, esto será más elevado debido al rápido proceso de endeudamiento externo.

 El Gobierno justifica un déficit público de esta dimensión aduciendo que debe mantener el motor interno de la economía funcionando para compensar la caída de más de 4.000 millones de exportaciones por año, lo que equivale a un 10% del PIB, hecho que, por supuesto, ha generado un déficit comercial también elevado.


 Frente este claro deterioro  externo, el Gobierno ha abrazado con más frenesí que inteligencia,  una especie de keynesianismo primario que cree ciegamente que la inversión pública abultada y el gasto estatal ampuloso son suficientes para compensar la caída de ingresos externos y sostener la demanda agregada. Este es el camino para garantizar un crecimiento económico cercano al 5% al año. Bueno, hasta ahora les ha funcionado, entonces ¿por qué preocuparse? Pues muy sencillo, porque estamos manteniendo un modelo nacional consumista artificial -que confunde gordura de riqueza con músculo productivo-, perdiendo ahorros, muy difíciles de reponer, y endeudando a las futuras generaciones.

 Si las inversiones públicas en curso fuesen a generar una fuerte diversificación productiva, la preocupación sería menor, pero los riegos provienen de que estamos financiando una fiesta de consumo. En 10 años de gobierno del MAS no se vislumbra ningún sector no tradicional que genere recursos externo para el país.

 Bajo estas condiciones, una política fiscal expansiva, acompañada con un populismo cambiario -que mantiene el tipo de cambio real apreciado, en una economía tremendamente abierta como la nuestra-,  castiga las exportaciones, las hace menos competitivas y fomenta las importaciones legales e ilegales. Buena parte del efecto multiplicador del gasto o inversión pública se va a exterior vía compras baratas de los vecinos y chinos. Resultado: se profundiza el déficit comercial que, para ser compensado, requiere ampliar la brecha fiscal. Si bien la economía crece no genera los ingresos tributarios internos suficientes, porque la economía formal es tan sólo del 30% del total. Así que los déficits gemelos (en cuenta corriente y fiscal) se retroalimentan.

 En este contexto, un tema crucial es ¿cómo se financia un déficit público del 7,8% del PIB?.  Es aquí que se presentan los riesgos para la economía. El Gobierno optado por tres caminos. Primero, vienen quemando reservas internacionales (perdida de ahorro interno), a una razón promedio de 2.000 millones de dólares por año. En la actualidad éstas se encuentran en torno de las 10.700. Aquí la pregunta central es: ¿hasta cuánto se puede  gastar antes de generar problemas de expectativas en la gente? ¿7.000 o  8.000?

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 Segundo, el endeudamiento externo. Como es conocido el Gobierno ha anunciado préstamos chinos. Primero se habló de 7.000 millones de dólares y posteriormente de 4.500. Apostar al incremento de la deuda externa para financiar el déficit es tornarse rehén del sistema financiero, en especial del crédito de proveedores chinos y también se compromete los ingresos de futuras generaciones. Por supuesto, es de esperar que estos préstamos sean para inversión y no gasto corriente. En el primer caso, habría que esperar que la rentabilidad económica de éstas sea superior al pago del servicio de la deuda contraída.  

 Tercero, dado que a futuro es muy difícil conseguir ingresos tributarios internos frescos en una economía primario exportadora y con un sector informal gigantesco, la única alternativa de financiamiento del gigantesco déficit fiscal es que los precios del gas natural vuelvan a subir, pero esto está en una  dimensión que no controlamos. Aquí lo que resta es levantar fervorosas plegarias para que el mercado de los energéticos se recupere. Tal vez el santo que podría hacer un milagro es Mr. Trump, quien se podría meter la pata en Medio Oriente.

A seguir un video con un resumen sobre el tema




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