Monday, November 28, 2016

Cisnes Negros y Rios Voladores

El día 8 de noviembre del año que languidece, la población paceña y alteña se enteró, a quema ropa, que no hay agua en sus ciudades y que debe enfrentar un racionamiento  duro del líquido elemento. Ahora lo que es más curioso, para decir lo menos, es que el poder ejecutivo se enteró del problema el mismo día y por la prensa, y descubrió que una de las banderas más importantes del proceso de cambio, el agua como derecho humano, estaba en manos de unos ineptos. 

Tuvieron que pasar 3,600 días, una década, para que se haga este hallazgo, pero este pequeño descuido, así presentado por el gobierno, en realidad es un misil dirigido a la línea de flotación del modelo de desarrollo económico y político lanzado desde dentro de la nomenclatura oficialista. En términos deportivos, es una auto gol notable.

En suma en el tema agua, todos estábamos en la luna de Paita disfrutando del espectáculo pirotécnico de la revolución, los fabulosos resultados macroeconómicos, y de los interminables  discursos. Estábamos en lo mejor de la fiesta del rentismo cuando - de la nada, como dicen los adolescentes - apareció la crisis del agua. Un cisne negro y quencha, que pone en jaque al gobierno. 

Según por Nassim Nicholas Taleb, la teoría del cisne negro busca explicar eventos que ocurren sin dirección, de manera inesperada y que tienen impacto externo dramático, que generalmente cambian, el curso de una historia. Todo sistema económico, político y científico parece consolidado y fuerte, dominado por hermosos cisnes blancos que se contemplan enamorados de sus logros en espejos de agua, cuando, súbitamente, aparece esta ave rara que altera la trayectoria deseada. Alguien podrá decir, con razón, que esta chambona de política pública del agua no tiene la categoría de un cisne negro, más califica para un carcancho chíyara,  totalmente previsible si uno revisa la práctica del populismo en América Latina. Acepto que puedo estar cometiendo un exceso analítico, pero rescato la idea que estamos frente a un punto de inflexión.  Más aún, creo que el problema del agua es la punta del iceberg de una crisis sistémica. Por un lado, estamos frente a una crisis de gestión de servicios básicos centralizados y estatales, así mismo está en cuestionamiento el modelo de consumo dispendioso de agua, del  cual somos responsable, pero sobre todo está en entredicho el modelo de desarrollo económico. 

La gestión estatal Epsas - fue fiel a sus antecesoras, a pesar de los anuncios de cambio, o la frase más repetida entre los neorevolucionarios, ahora será diferente, - presentó típicos: problemas de prebendalismo político, enorme incapacidad gerencial, inexistencia de controles interno o externo, ninguna supervisión, y por supuesto, ningún tipo de gobierno corporativo. 
Nuevamente se cayo en el error de pensar que el solo cambio de propiedad resolvía los problemas, y nada se hizo en el contexto institucional que rodea la empresa ni se apostó a los recursos humanos. 

Las malas lenguas dicen que Marx escribe en Bolivia una comedia costumbrista. En efecto, la nacionalización de Epsas, presentada como el remedio contra la privatización neoliberal del agua, en la práctica, resultó en la privatización más cruel del líquido elemento, el surgimiento de un mercado negro que hace de las suyas sin ningún tipo de control, en cuanto una ciudad de más de 2 millones de habitantes busca ser abastecida de agua con cisternas. 

Como no podía ser de otra manera, el fracaso de Epsas, levanta sospechas sobre las otras empresas estatales. El gobierno ha salido al paso, diciendo que en las otras compañías son diferentes. La duda está instalada y sólo el tiempo y una mayor transparencia en la información podrá despejarla. No soy muy optimista al respecto. Sospecho, que cuando caiga la cortina de plata fácil, tendremos más carcanchos negros. Así fue en otros países de la región. 

Además de la gestión del agua, también entró en crisis el modelo de desarrollo económico que durante más 10 años apostó al extractivismo exportador y a una burbuja de consumo artificial basada en el mercado interno que depreda el medio ambiente y nos es sostenible, como lo demuestra la escases de agua. 

A rigor, lo que el pajarraco negro mostró es la reedición del viejo modelo desarrollista que confunde gordura de riqueza basada en servicios con músculo productivo, que fomenta la deforestación de nuestras selvas, que soslaya el impacto ambiental del cultivo de coca, que permite un uso abusivo e irracional del agua por parte el sector minero - especialmente cooperativistas - que piensa que progreso es cemento y grandes obras, que desarrollo es electricidad  más control de grupos corporativos, siguiendo una vieja tesis leninista. En este tipo de lectura, el problema del agua es una conspiración del calentamiento global que viene de afuera, son los caprichos de los ciclos climáticos digitados por San Pedro, es el TPM de la Pachamama que la pone otra clase, son cuatro ineptos que vinieron de Marte y por supuesto, unos cuantos analistas conspiradores. 

En esta lógica, la construcción de represas está por encima de sembrar agua, la solución del infraestructura a toda costa se pasa por el forro la sostenibilidad ambiental. La idea es usar los ríos para generar electricidad y riqueza destructiva pero se desconoce que siguiendo este camino se matan miles árboles que son el origen de la lluvia el agua y la vida. Apuestan por una agricultura y agroindustria, incluyendo la coca, que destruye los bosques, cuando estos, en los hechos, son el origen de la humedad por las cual circulan los ríos voladores, aquellos que traen la lluvia. Toda vez que se tala un árbol se matan 300 litros de agua diario. En un año, cada árbol genera 108,000 litros de lluvia. Por lo tanto, la solución de largo plazo del agua no está en las nuevas represas ni en proyectos como el Bala o Chepete memos aún en la apuesta al modelo primario exportador y sí en la conservación de nuestro medio ambiente, así de sencillo.

Monday, November 21, 2016

Poncio Pilates abraza el proceso de cambio

La crisis de abastecimiento de agua en la ciudad de La Paz probablemente es el evento que mejor retrata el modelo de política pública populista de los últimos 10 años. Éste se caracteriza por atravesar tres etapas: 1) Se anuncia la política o programa de manera grandilocuente con una avalancha de propaganda. 2) El diseño es improvisado, la puesta en marcha es defectuosa e ineficiente y finalmente fracasa, algunas veces con sospechas de corrupción. 3) Cuando se "descubre” el fiasco o el acto de corrupción, comienza la liturgia inspirada en Poncio Pilatos: los de arriba le echan la culpa a los de abajo. Veamos esta secuencia en el caso del racionamiento de agua en la sede de Gobierno. 
 
 A partir de la guerra de agua en Cochabamba, el año 2000,  la escasez de agua se convirtió en un tema nacional y central de la agenda de la política pública, y en una de las principales reivindicaciones de los movimientos sociales que se vincularon, posteriormente, al proceso de cambio. En concordancia con ello, el Gobierno actual organizó su estrategia nacional e internacional para hacer del servicio de agua un derecho humano. Así entró este tema a la nueva Constitución Política del Estado y se convirtió en una de las banderas internacionales de la administración Morales. Por supuesto, el anuncio de la política creó una gran expectativa en la población, pero luego se ingresó en la etapa de la implementación. 
 
 Con esta consigna en mente se interviene y nacionaliza Aguas del Illimani, se la rebautiza como EPSAS y se anuncia una nueva era. Pero como en el pasado,  la nueva empresa estatal del agua en La Paz es otro ejemplo de libro texto del populismo improvisado. EPSAS muy rápidamente se convirtió en aparato de cooptación de grupos corporativos y en una fuente de empleo para la militancia.  Según se ha denunciado en la prensa,  el 50% de los gastos de la empresa se va en salarios. Así mismo, la gerencia técnica fue sustituida por entusiastas cortapalos sin ninguna competencia, todo esto bajo el patrocinio y conocimiento de la cabeza de sector: el Ministerio de Medio Ambiente y Agua (MMAyA). 
 
 Cabe recordar que EPSAS es una empresa de distribución de agua. Pero las líneas estratégicas y la inversión en el sector aguas están bajo comando del Ministerio.  Quien tiene que realizar el diagnóstico y la planificación de la política pública para el sector aguas es la cabeza de sector.  De hecho, esta instancia elaboró un Plan Maestro Metropolitano La Paz - El Alto, que costó 11,1 millones de bolivianos, donde hay amplio diagnóstico sobre la actual situación de los recursos hídricos en los ocho municipios del área metropolitana del departamento de La Paz. 
 
El Plan establece metas, en el corto plazo hasta 2023 y en el largo hasta 2036. La elaboración del plan ciertamente fue un Woodstock de consultores y burócratas, porque tiene  34 tomos. En este mar de informaciones, es de esperar que se hayan incluido, en el diagnóstico,  temas como: el aumento de la demanda de agua en las ciudades de La Paz y El Alto debido a la rápida urbanización; el impacto del cambio climático, que es un  problema muy conocido y de larga data; y los muy bien estudiados ciclos climáticos del Niño y la Niña que producen sequías e inundaciones. 
 
 Está claro que la responsabilidad es de MMAyA y es inadmisible que la cúpula del poder no conozca la política nacional de aguas. En este diagramado institucional, EPSAS es una pieza operativa que, por supuesto, no la libera de su incompetencia. El Plan fue presentado en mayo de 2015 y anunciaba una inversión de 6.000 millones de bolivianos para La Paz. Una primera observación que se podría hacer es: ¿por qué se tomaron 10 años para colocar en blanco y negro el problema del agua, que era uno de los puntos centrales de la agenda del proceso de cambio? 
 
 Un segundo punto es que, obviamente, el MMAyA no estuvo de brazos cruzados durante estos años. En efecto, hubo muchos proyectos, entre los más conocidos Mi Agua I, II y III a nivel nacional. En 10 años, la inversión pública en el sector fue  9.295 millones de bolivianos, valor muy superior al periodo neoliberal. El presidente Morales nos refregó estos datos en cada informe  a la nación, denunciando al capitalismo por los temas del calentamiento global y, ciertamente, estuvo en la inauguración de muchas obras. Entonces, es fácil concluir que la cúpula del poder conocía del problema del agua en La Paz y en Bolivia. 
 
 Entonces con todos estos antecedentes, ¿por qué diablos faltó agua en la ciudad de La Paz? ¿Por qué el único responsable del racionamiento es EPSAS? ¿La empresa no estuvo bajo el control político del Gobierno? ¿Los grupos corporativos se independizaron y controlan la empresa? ¿Qué pasó con las inversiones? ¿Se las hizo tarde?
 
 En este momento, cuando se presenta el racionamiento del agua en La Paz, surge la tercera etapa del populismo: todos se lavan las manos. Poncio Pilatos se hace oficialista. Comienza el ritual de la culpología. Se comienzan  a echar la culpa unos a los otros y, por supuesto, los que siempre pagan los platos rotos son los de abajo. El discurso oficial, las frases están listas:  se rompió la cadena de mando, desconocíamos el problema,  los gerentes o funcionarios fueron negligentes, se trata de saboteadores neoliberales, es la mafia de las alfombras voladoras, es una conspiración del imperio, cuando no, es una patraña más del cártel de la mentira y otras joyas del pretexto. 
 
 En el caso del agua, el Gobierno se lava las manos y echa la culpa a los ineptos de EPSAS. El regulador se lava las manos y le echa la culpa a los municipios de La Paz, que no se pusieron de acuerdo para crear una empresa de agua. La empresa se lava las manos y   echa la culpa al calentamiento global. ¡Patético! El resultado es que usted no tiene agua y no puede lavarse las manos. 
 
 Por supuesto, en todos los casos jamás es responsabilidad política de las cabezas del poder, quienes asumen carácter angelical y creen que todo se resuelve pidiendo disculpas. Bueno, aprovechando que están en el Olimpo, ¿qué tal convertir el vino en agua? Éste sería el milagro populista que abriría las avenidas del perdón popular paceño, aunque enojaría a los que creen que si vino al mundo y no toma vino, ¿a qué vino?

Monday, November 14, 2016

Plegaria fiscales

Según el Presupuesto General de la Nación, presentado por el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, el déficit público en 2017 será de 7,8% del Producto Interno Bruto (PIB), que mide toda la riqueza generada en un año por un país. En términos monetarios, algo como 3.000 millones de dólares. Probablemente uno de los más altos de América Latina.

  Éste será el cuarto año consecutivo en el cual la balanza del Gobierno está desequilibrada; es decir, que tanto los gastos como las inversiones son mucho mayores que los ingresos del Estado. En 2014 el déficit público llegó a 3,4% del PIB, en 2015 subió a 6,9 % y en el periodo que transcurre podría registrarse un valor similar al año pasado. Como es fácil concluir: el hueco fiscal  cada vez está más grande. Esto se explica porque, por una parte, los ingresos del Gobierno han caído significativamente en los últimos años debido a la reducción de los ingresos tributarios que provenían de las exportaciones, sobre todo los  hidrocarburos y en menor medida mineras.

 En efecto, para 2017 las regalías y el impuesto directo a los hidrocarburos (IDH) caerán en un -23%. La contracción de ingresos tributarios, sin la participación del sector hidrocarburos, sería ligera, de -2,1%. Para compensar el fuerte deterioro de impuestos del sector gasífero, los ingresos tributarios del Tesoro General de la Nación, fuertemente concentrados en el  mercado interno, deberán mantenerse elevados y muy próximos del año pasado. A nivel agregado, el Gobierno sostiene que la caída de ingresos tan sólo llegará a -1,4%, respecto al año pasado.

  En lo que respecta a los gastos corrientes, éstos subirían  en un 1,4%, según el presupuesto. Por supuesto, el grueso de esto va a sueldos y jornales. El gasto corriente medido como porcentaje del PIB es muy elevado, se sitúa en 44,6%. Además, el Gobierno continúa apostando, pesadamente, a la inversión pública: en 2017 ésta llegaría a 6.189 millones de dólares contra 6.395 del año pasado. Otro gasto que comenzó a pesar en las cuentas del Gobierno es el pago de los intereses de la deuda externa, 360 millones de dólares al año. A futuro, esto será más elevado debido al rápido proceso de endeudamiento externo.

 El Gobierno justifica un déficit público de esta dimensión aduciendo que debe mantener el motor interno de la economía funcionando para compensar la caída de más de 4.000 millones de exportaciones por año, lo que equivale a un 10% del PIB, hecho que, por supuesto, ha generado un déficit comercial también elevado.


 Frente este claro deterioro  externo, el Gobierno ha abrazado con más frenesí que inteligencia,  una especie de keynesianismo primario que cree ciegamente que la inversión pública abultada y el gasto estatal ampuloso son suficientes para compensar la caída de ingresos externos y sostener la demanda agregada. Este es el camino para garantizar un crecimiento económico cercano al 5% al año. Bueno, hasta ahora les ha funcionado, entonces ¿por qué preocuparse? Pues muy sencillo, porque estamos manteniendo un modelo nacional consumista artificial -que confunde gordura de riqueza con músculo productivo-, perdiendo ahorros, muy difíciles de reponer, y endeudando a las futuras generaciones.

 Si las inversiones públicas en curso fuesen a generar una fuerte diversificación productiva, la preocupación sería menor, pero los riegos provienen de que estamos financiando una fiesta de consumo. En 10 años de gobierno del MAS no se vislumbra ningún sector no tradicional que genere recursos externo para el país.

 Bajo estas condiciones, una política fiscal expansiva, acompañada con un populismo cambiario -que mantiene el tipo de cambio real apreciado, en una economía tremendamente abierta como la nuestra-,  castiga las exportaciones, las hace menos competitivas y fomenta las importaciones legales e ilegales. Buena parte del efecto multiplicador del gasto o inversión pública se va a exterior vía compras baratas de los vecinos y chinos. Resultado: se profundiza el déficit comercial que, para ser compensado, requiere ampliar la brecha fiscal. Si bien la economía crece no genera los ingresos tributarios internos suficientes, porque la economía formal es tan sólo del 30% del total. Así que los déficits gemelos (en cuenta corriente y fiscal) se retroalimentan.

 En este contexto, un tema crucial es ¿cómo se financia un déficit público del 7,8% del PIB?.  Es aquí que se presentan los riesgos para la economía. El Gobierno optado por tres caminos. Primero, vienen quemando reservas internacionales (perdida de ahorro interno), a una razón promedio de 2.000 millones de dólares por año. En la actualidad éstas se encuentran en torno de las 10.700. Aquí la pregunta central es: ¿hasta cuánto se puede  gastar antes de generar problemas de expectativas en la gente? ¿7.000 o  8.000?

https://www.facebook.com/gonzalochavezal/videos/10154720177754579/

 Segundo, el endeudamiento externo. Como es conocido el Gobierno ha anunciado préstamos chinos. Primero se habló de 7.000 millones de dólares y posteriormente de 4.500. Apostar al incremento de la deuda externa para financiar el déficit es tornarse rehén del sistema financiero, en especial del crédito de proveedores chinos y también se compromete los ingresos de futuras generaciones. Por supuesto, es de esperar que estos préstamos sean para inversión y no gasto corriente. En el primer caso, habría que esperar que la rentabilidad económica de éstas sea superior al pago del servicio de la deuda contraída.  

 Tercero, dado que a futuro es muy difícil conseguir ingresos tributarios internos frescos en una economía primario exportadora y con un sector informal gigantesco, la única alternativa de financiamiento del gigantesco déficit fiscal es que los precios del gas natural vuelvan a subir, pero esto está en una  dimensión que no controlamos. Aquí lo que resta es levantar fervorosas plegarias para que el mercado de los energéticos se recupere. Tal vez el santo que podría hacer un milagro es Mr. Trump, quien se podría meter la pata en Medio Oriente.

A seguir un video con un resumen sobre el tema




Tuesday, November 8, 2016

El péndulo de la historia




La teoría del péndulo en América Latina sostiene que cada periodo de tiempo, entre ocho y 12 años, el modelo económico y político oscila entre gobiernos de izquierda populista, con fuerte intervención estatal en la economía, y administraciones de centro derecha, que apuestan a las privatizaciones, apoyándose en los mecanismos de mercado.  Desde hace un par de años, todos los datos indican que en ciertos países, como por ejemplo Argentina, Brasil, Guatemala,  Perú y Paraguay la historia se repite;  esta vez el péndulo vuelve a la derecha, abandonando los gobiernos de izquierda. 

 La retirada parcial del socialismo del siglo XXI no es una sorpresa en la historia latinoamericana. Responde a los cambios en los ciclos económicos, generalmente bonanzas asociadas a  la subida de los precios de las materias primas y colapsos que tienen como origen la situación contraria. Veamos los últimos 50 años.   Entre 1974 y 1981, América Latina creció a razón del 4,1% anual en comparación con un promedio histórico de 2,8%. Era el periodo áureo de los petrodólares que invadieron la región vía superávits comerciales e ingreso masivo de capitales. 
Las dictaduras militares de corte nacionalista y con fuertes dosis de populismo se beneficiaron de la bonanza y, por supuesto, se atribuyeron el éxito económico, afirmando que era resultado del orden y progreso conquistados después de muchos años de inestabilidad política. 

 Pero, como en el pasado, el péndulo cambió de lado: a inicios de los años 80 los precios de las materias primas se desplomaron una vez más y Estados Unidos adoptó políticas monetarias contractivas para combatir la inflación y subieron súbitamente las tasas de interés. Ahora el dólar era la moneda dominante y la deuda externa contraída en los 70 estaba en verdes. El resultado en la región fue una profunda recesión, inflación de varios dígitos, brutales incrementos del pago de los intereses por las deudas y fuga de capitales atraídos por los altos rendimientos en Estados Unidos y otros países desarrollados. En algunos países esta bomba económica estalló en las manos de gobiernos de izquierda que habían vivido la transición democrática, pero también en dictaduras, lo que aceleró su caída. Fue la década perdida.

 A partir de mediados de los años 80 el péndulo se detuvo parcial en la centro derecha y se comenzaron a implementar modelos económicos que apostaban al mercado como fuerza organizadora del mercado. Para ello, las políticas públicas debían promover  estabilidad de precios, liberalización comercial y financiera, privatización y desregulación de los principales mercados. Había llegado a Latinoamérica el "fin de la historia”, el Consenso de Washington. La región recibió, una vez más, capitales extranjeros y se creía que, con estas políticas, el sector privado florecería. Como en otras oportunidades, la bonanza fue atribuida al milagro del consenso económico. Entre 1990 y 1997, el crecimiento promedio del PIB fue de 3,2%.

 Pero con el arribo del nuevo milenio, los gobiernos de centro derecha descubrieron que la estabilidad y el crecimiento moderado de los años 90 no había podido resolver los problemas de la pobreza y la desigualdad, que en realidad se habían profundizado, generado un descontento social que terminó con la caída de los gobierno de derecha, que fueron reemplazados por administraciones de centro izquierda con líderes populistas, como Chávez y Lula. La salida de los gobiernos de derecha también estuvo asociada a una desaceleración de la economía regional. Entre 1998 y 2014 el producto sólo creció al 2,1%.

 La ascensión de los autodenominados gobiernos del socialismo del siglo XXI coincidió con un nuevo súper ciclo de las materias, cuyos precios elevados alcanzaron niveles récords. Las nuevas administraciones tuvieron un mayor compromiso con los equilibrios fiscales, monetarios y cambiarios, y establecieron masivos programas sociales de redistribución financiados con las rentas de los recursos naturales. También ayudó a la bonanza regional el ingreso masivo de inversión extranjera directa, especialmente a partir de 2008. El auge económico se concentró en el periodo 2004-2008, cuando el PIB de la región creció a 5,1%. Después de una buena recuperación en 2010, nuevamente la tendencia es hacia la baja.

 Repitiendo la narrativa del pasado, el éxito económico nada tenía que ver con factores externos, los buenos resultados eran resultantes del nuevo modelo social y económico. El estatismo y populismo ahora venía en una versión soft, que aceptaba cierta ortodoxia macroeconómica. 
Muchas gente pensó que ahora estábamos frente a una fórmula diferente, pero la historia volvió a desmentir esta lectura y ahora el péndulo vuelve a la centro derecha, patrocinada por un viejo conocido: el colapso de los precios de las materias primas y una salida de capitales de los mercados emergentes en la medida que los inversores internacionales buscaban refugio en activos seguros. El resultado: protestas sociales, recesión económica y escándalos de corrupción.  

 Asumiendo que el péndulo continúa con su pesado balanceo y este patrón se mantiene, ¿qué pasará en América Latina? En los últimas décadas, años más o menos, todos los países democráticos de la región acompañaron las tendencias del ciclo, excepto Cuba. En la actualidad, Argentina, Brasil, Guatemala, Perú y Paraguay  están en proceso de abandono de los modelos populistas. ¿Se repetirá la historia para otros países? ¿Bolivia, Venezuela o Nicaragua romperán con la maldición del péndulo? ¿Lo harán apostando a desarrollar gobiernos más autoritarios? ¿Podrán los modelos económicos imperantes, fuertemente distribucionistas y rentistas, resistir a la fuerte caída de los precios de las materias primas? Éstas son preguntas que sólo el futuro podrá contestar con precisión, pero en el pasado el péndulo de la historia fue implacable, a pesar que la narrativa de gobiernos de derecha e izquierda de turno siempre afirmó que sería diferente.

Gonzalo Chávez A. es economista.

La Microeconomía de gasohamburgazo y una sospecha macro

Una nueva gasolina (Ron91) y a un precio más elevado, 4,40 bolivianos, ha ingresado al mercado, produciendo un debate sobre las reales inten...