Sunday, June 11, 2017

Nunca hubo tanto dinero y tan pocas ideas

Existe una intensa polémica a la hora de analizar los resultados económicos de la administración del presidente Morales. Por una parte, los exégetas del régimen, frente a un inmenso y pulido espejo, presentan los datos agregados del periodo 2006 – 2015 como espectaculares. A saber: crecimiento económico promedio de 5%, tasa de desempleo de 4,1%, estabilidad de precios con una inflación media de 6%.    El narcisismo macroeconómico se expresa en plenitud en el mensaje de que en 11 años se habría hecho mucho más transformaciones económicas que en 180 de vida republicana. Este argumento sigue la consigna de la vieja Unión Soviética de saltar etapas en el desarrollo. Prima face estos resultados son relevantes, pero para no tener una lectura ni sobreideologizada y menos dimensionada al extremo, requieren ser evaluados desde otros ángulos.  


 Primero, veamos la comparación histórica e internacional. Por temas de espacio nos concentraremos en el crecimiento del producto, que es la estrella de los logros económicos. Este resultado, cuando es  comparado con momentos en que la economía boliviana tuvo similares contextos externos favorables,  no parece tan luminoso. Para no ir muy atrás en la historia, Bolivia se benefició de dos momentos de windfall (ganancia inesperada o de manera más coloquial sacarse el gordo de la lotería) vinculada a los fabulosos precios de las materias primas.

 Entre  los años 1971  y 1977, cuando la economía creció en media  al 5,7% y el periodo 1994-1998, cuando hubo ingreso masivo de recursos externos vía inversión extranjera y el aparato productivo creció al 4,8%. Como verán, resultados son muy similares, aunque cabe mencionar que la bonanza externa del periodo 2006 al 2015 fue más grande y duró más tiempo en relación con  las anteriores, por lo que se podría haber esperado mejores resultados. Comparar los éxitos actuales con periodos de crisis anteriores es una travesura de alumnos de introducción a las estadísticas. ¿Y comparando con otros países, aparece el milagro del evoeconomics? ¡Tampoco guaguay! Perú, con un modelo económico opuesto al nuestro, creció al 6% entre   2006 y 2015.    

Segundo, es bueno comparar los logros económicos con una visión y/o un benchmark internacional. Para ponerlo de manera poética: ¿Cuál es el sueño que puebla las noches de nuestros líderes? Para dar una respuesta necesitamos del gran Miguel Ángel,  que decía: "El mayor peligro para la mayoría no es que apuntamos muy alto y fracasamos, sino que apuntamos muy bajo y acertamos”. Quiere decir que la visión de desarrollo económico del Gobierno está anclada en el pasado. Es como un loro de casa, aletea muy bajo.

Es un modelo de desarrollo de la industrialización de los recursos naturales que mira por el retrovisor. Propone subir la escalera del desarrollo generando valor a las materias primas. El mineral se convierte en un lingote, después se producen clavos, posteriormente se hacen calaminas y en algún momento del horizonte del proceso de cambio se llega al automóvil nacional. En suma, es hacer la revolución industrial inglesa con 200 años de atraso. Es la industrialización de los recursos naturales. Además, para este anacronismo intelectual,  desarrollo son grandes obras, monumentos al cemento, es sóviets y electrificación, caminos, represas, teleféricos, satélites, museos, pesados y pretenciosos edificios. Además, la única obsesión de la gestión pública parece ser superar al neoliberalismo;  así, todo se mide en relación con el pasado.

Pero no existe un sueño económico que salte etapas, que piensa en la revolución tecnológica y verde, en la ampliación creativa de los derechos sociales o los territorios inteligentes, en la industrialización para los recursos naturales. La agenda 2025 es la ilusión de nuestros abuelos del 52: el nacional-desarrollismo.  Apuntamos bajo, apostamos a repetir el pasado y, lo mejor de todo, estamos acertando, lo que lleva frecuentemente a las lágrimas a la nomenclatura del régimen, cuando se ve un lingote o se ve subir un cohete chino al cielo.  Por supuesto, con este imaginario de desarrollo tan limitado los resultados económicos de corto plazo nos parecen maravillosos.

 Tercero, no se ha avanzado casi nada desde una perspectiva de desarrollo integral. Utilicemos dos criterios: a) avances en transformaciones estructurales, entendidos éstos como recursos (capital o mano de obra) que van a las actividades más modernas de la economía a través de la industrialización y que, por lo tanto, producen saltos en la productividad; y b) cambios en los fundamentos del desarrollo. Aquí nos referimos a acumulación de stock de capital humano o calidad de las instituciones que impulsan el desarrollo integral y lo hacen sostenible medioambientalmente.

Si utilizamos estos dos criterios casi no se ha avanzado en Bolivia, por lo que los resultados macroeconómicos no son sostenibles. La economía primario exportadora y comercial es más grande pero sigue teniendo, en su esencia,  la misma estructura de hace 180 años. La economía está hinchada por los anabólicos que recibió de los ingresos  circunstanciales provenientes del súper ciclo de las materias primas. Pasado el periodo de las vacas gordas, mantenemos la burbuja de consumo quemando ahorros internos y endeudándonos. Aquí nada nuevo bajo el sol del desarrollo.

 Cuarto, la oportunidad perdida. Como fue mencionado,  Bolivia tuvo una oportunidad económica de 60.000  millones de dólares, pero el aparato económico nacional dio vueltas sobre el modelo primario exportador.  Se apostó a la inversión pública excluyente de la inversión privada, a la hipertrofia del comercio, y la economía informal. Se volvió a confundir gordura de consumo con músculo productivo, riqueza con desarrollo. Se defendieron causas sociales justas con propuestas cansadas. Con medio Plan Marshall, a precios de hoy, se perdió una gran oportunidad de transformación estructural. Nunca se tuvo tanto dinero y tan pocas ideas.  

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