Monday, February 8, 2016

Se suspende la coyuntura, es carnaval

Ahora va mi columna carnavalera en pleno culebron azul, que podría llamarse "Los Ricos neorevolucionarios también lloran"

Se suspende la coyuntura, es Carnaval

Óscar Wilde afirmaba que el Carnaval es el momento en el que la "máscara dice más que el rostro”.  Es el momento en que buena parte de la sociedad decide convertir las esquinas en grandes teatros de la irreverencia y del absurdo. Aunque mucha gente cree que en el sistema político nacional se viste máscaras de piedra a tiempo completo, los 365 días de año.
 
El Carnaval es la celebración del desorden sin culpa. Es la hora de ponerse la piel de la alegría y, en algunos casos, del desenfreno. La solemnidad se detiene momentáneamente y está permitido disfrazarse de rico o mendigo, de payaso o político, de solemne boludo de izquierda de los 60 o de yuppie neoliberal insensible, de  joven churro o viejo azul Viagra, de empresario chino o pajpacu de esquina, de Darth Vader o Capitán Gay,  de la pequeña Lulú o Mama Ojllo.

Según el antropólogo Roberto de Matta, existen dos tipos de fiestas y rituales en las sociedades contemporáneas. Unas celebran el orden, buscan congelar el  statu  quo, disciplinar -ideológica, moral y políticamente- a la sociedad.  Éstas son las solemnidades que realiza el Estado: paradas militares, celebraciones políticas y otras, por ejemplo. En estas se usan uniformes, se gritan consignas, se hace  culto a la personalidad del caudillo, se mira  tiernamente al horizonte del proceso de cambio y se levanta coquetamente el puño izquierdo y se juran lealtades eternas. Es la conmemoración de la simetría del poder, es la construcción ritualizada de la hegemonía, de la dirección ideológica de la sociedad. En las fiestas del orden  prevalecen los discursos solemnes y acartonados, se baja la línea política, se determinan las fronteras de lo bueno o de lo malo, se reescribe la historia a imagen y semejanza de los dueños del poder.

Contrariamente, en las fiestas que cultivan el desbarajuste, como el Carnaval, la fuerza de las emociones rompe los diques de la solemnidad pétrea y la disciplina castradora. Es el tiempo de las máscaras y las pinturas que relevan las buenas y malas intenciones. Las risas ciudadanas sustituyen a los vítores de los militantes, las verdades de la catedral del cotidiano se sustituyen por diversos arcoíris de preguntas. Los disfraces, la poses audaces, los atuendos irreverentes, las caretas pendencieras   permiten el ejercicio de los vicios y el regocijo de los antojos. En la celebración de la anarquía, el modo de comunicación es el baile, el canto, el guiño, la levedad del ser.

El Carnaval es cuatro días en que reina el diablo en la tierra del Señor. Para muchos es muy poco tiempo, especialmente para aquellos que cargan una pesada cruz de la rutina en este valle de lágrimas y son devotos del jolgorio.  ¿Por qué dedicarle tan poco tiempo al ritual que simula la inmortalidad deseada? El sueño de no morir es el sueño de vivir bailando.

Puesto de manera solemne y académica: "el Carnaval es un espacio socialmente controlado que permite invertir metafóricamente los términos de la vida cotidiana”. Me disculpo por la sesuda cita de Matta en pleno domingo de Carnaval. Sé que cuando retumban poderosos tambores africanos en las sienes y uno se siente como araña fumigada en baño público, estos dardos de erudiciones, por muy cortos que sean,  son peores que tomar cerveza caliente cuando se está escupiendo algodones.  Dar una de intelectual en este domingo es criminal.  Por favor, piedad  con los satucos.

Los cultores de la algarabía sostienen que durante el Carnaval se suspende la coyuntura y se abre un paréntesis muy difícil de definir, pero muy agradable de vivir. Para los militantes  del ocio y del buen vivir, que no es lo mismo  que el vivir bien, ¡por favor!, éstos son los mejores cuatro días para la fiesta de la carne con todas sus esquinas.

El Carnaval también es un tiempo para la comparsa de los quietos, para aquellos que son más serenos, que labran los silencios y las pausas maceradas por el sosiego, este es un tiempo de paz. Estos convierten la fiesta del bistec en la gala de la reflexión, usan esta oportunidad para mandar un mensaje a la conciencia, como recomendaba el hermano Pablo en sus programas radiales. Hoy diríamos un WhatsApp al disco duro del alma.

A los anti-Carnaval, según Susan Cain les gusta estar más en su cabeza que con otros; creen que la soledad es el catalizador de la innovación, la bulla los aturde. Acreditan que el amor es esencial y el espíritu gregario, opcional. Asimismo, son aquellos que no quieren ser juzgados como anacoretas si se cruzan a la otra acera para evitar la multitud desenfrenada de la fiesta, que cree que sacudiendo las caderas puede cambiar el universo, más bien siguen las ideas de Mahatma Gandhi quien decía:  "De una manera gentil se puede también sacudir el mundo”. El Carnaval es democrático, es también para ellos una excelente oportunidad para no estar con los ruidosos.

Si la coyuntura económica y política está en suspenso para tanto, para los que tienen dos pies izquierdos y los comensales del ritmo, los mal llamados analistas y otras hierbas venenosas simplemente debemos parar y callar. Dar un merecido descanso para la lengua calva, la lengua sin pelo que dice todo que debe y no debe.

Proporcionar una amable tregua a nuestros sufridos neorrevolucionarios, que tienen una alergia consuetudinaria a las críticas, y las ideas diferentes, que dividen el mundo entre derecha e izquierda incluso en pleno Carnaval.  ¡Uy, qué flojera!

Para terminar, permítame felicitarlo, amable lector. Usted debe ser el único ciudadano bien comportado que tiene la cabeza sobre los hombros y está terminando de leer esta humilde entrega.  La próxima semana vuelven el otro carnaval, el que nos tortura el cotidiano todo el año: el de la corrupción, las mentiras, las intrigas, de la crisis económica. El culebrón en que se ha convertido el proceso de cambio que, dígase de paso, cada vez se pone más sórdido.

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