Sunday, March 6, 2016

Invencibles en la Esperanza

Dedico este artículo a los jóvenes


En las últimas semanas se ha registrado un mayor deterioro de los indicadores económicos: el déficit público se elevó, las exportaciones continuaron en retroceso y el tipo de cambio real siguió apreciándose. Pero hoy me preocupan más las averías en los indicadores de la esperanza, las graves grietas en el horizonte de los valores y los principios. El acuchillamiento, con dagas pendencieras, de la inteligencia, el atropello de la sensatez, la apología desvergonzada de las miserias humanas, el regocijo de los matones, la adicción compulsiva por el poder,  la esquizofrenia verborreica del autoritarismo nativo, la proliferación de las almas de mascota, el asesinato de la razón y la ampliación infinita de los laberintos de las mentiras, los desmentidos y las contramentiras.

En suma, la sustitución de: 1) la lid política por cachaña oportunista de la politiquería, y 2) el debate de ideas por el soliloquio adoctrinador del vicejefe de la nomenclatura.

El resultado del referendo del 21 febrero fue una victoria de la democracia, la libertad y de ciudadanos/as, pero, sobre todo, fue una oportunidad para demostrar, desde la sociedad, que no estamos frente al fin de la historia, que detrás de millones de votos existen proyectos alternativos sociopolíticos que germinan en el horizonte de las oportunidades.

El rotundo No fue, sin duda, un cuestionamiento a aquellos que querían y aún quieren atornillarse al poder. El claro "nones” fue un mensaje para aquellos que desean congelar las ideas y encarcelar el futuro bajo el pretexto que sólo hay un proyecto de país y, más aún, fue un basta para aquellos que insisten que solamente existen dos Illuminatis -el Inti populista y la Luna stalinista- para conducir la nave del futuro.

Lamentablemente, en las torres del poder aún habitan los "sordos del alma” que buscan descolorir la energía social desatada en el referendo y soterrar la esperanza con un mesianismo que nunca quiso someterse a la voluntad popular y que sólo buscaba el aplauso del espejo.

Se pretende sustituir la inmensa voz de las urnas por un culebrón que mezcla sexo, dinero, poder y corrupción, cuya trama principal muestra un abismo profundo entre una ética personal de dudosa procedencia y discursos, y acciones públicas que están lejos de ser inmaculados. El Rey está desnudo.

La voluntad popular y las ansias de cambio y renovación, de una parte importante de la sociedad, corren el riesgo de ser carcomidos por un torbellino de bajezas, por una avalancha de sordidez, por un aquelarre de improvisados que profesan venganza, retaliación y control, sazonado por delirios ideológicos.

La izquierdofrenia está desatada. Todo lo que no se mueve al ritmo del poder, todo lo que no se inclina frente al narcisismo de la nomenclatura es una conspiración extrema, desde el vuelo de un dron hasta un tuit irreverente.

El Gran Hermano debe vigilar y punir el cotidiano, debe regular el humor y el mal humor.  Como en la novela de Umberto Eco -El nombre de la Rosa, ambientada en el siglo XIV- se debe proteger y ocultar el libro envenenado, el segundo libro de la Poética de Aristóteles que precisamente reivindicaba la sonrisa, la alegría como forma de libertad política y como sendero para elevar el espíritu. Los Jorge de Burgos locales, los guardianes del statu quo, han salido a la caza de sacrílegos que se rehúsan a agacharse ante el altar del proceso de cambio.

Pero la comarca de la esperanza ha perdido el miedo, especialmente los jóvenes, que ahora sueltan sus voces y creatividad en el ciberespacio, sin aceptar la provocación de los trasnochados de la sempiterna izquierda y derecha. Reinventan la política por otros medios. Son la vanguardia de la resiliencia societal (la capacidad de los seres vivos para sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas) que no está contra el cambio, ni se opone a las causas justas, como la mayor inclusión social y desarrollo económico con rostro ambiental. Sino que se recusa a pensar que sólo hay un camino para la felicidad, que cree en la democracia infinita de las ideas y que quiere recorrer las decenas de caminos que existen para transformar la realidad.

Son jóvenes que no creen en volver al pasado, porque ni siquiera lo vivieron y sí apuestan a un país que avance construyendo nuevos cielos de sueños, con narrativas creativas. No creen que la ilusión de un mejor porvenir se compra con burbujas de dinero.

En la Bolivia actual, la esperanza no tiene dueño ni ideología, "la esperanza es un préstamo que le pedimos a la felicidad” (Joseph Jouber). Buena parte del país pos-referendo no cree que estamos en una guerra entre nosotros, sino que estamos frente a una ardua faena política contra la pobreza, la injusticia y la discriminación, un país libre de injusticias y de corrupción, pero, sobre todo, poblado de libertades.

La feria de las vanidades, el coro de bravucones, las mentiras y las jugadas políticas de baja calaña no detendrán la fuerza de la gente, porque tenemos a nuestros jóvenes que son "invencibles en la esperanza” (Juan Pablo II).

El miedo cambió de bando, los dueños del poder saben que están de salida, tal vez demoren para irse, pero la gente ya los ve de espaldas, y ellos lo saben. Por eso, parafraseando a César Vallejo, quieren escribir la historia y sólo les sale espuma.

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