Monday, July 31, 2017

Ecce Homo. Prefacio de un próximo libro

Hoy quiero hablarles de cómo comenzó este oficio de escribidor de domingo y las razones por las que escribo. Debo confesar que su presencia aquí para mí es un misterio, pero les puedo revelar, desde el fondo de mi alma porqué yo comparezco sagradamente todos los domingos del Señor para compartir con ustedes mis angustias, fantasmas y visiones de la vida, y de la economía. Por supuesto, este sinceramiento dominical debe estar acompañado de un coctelito de tumbo, por eso le propongo un cruzadito, y al oído le digo que el santo y seña de esta columna es la palabra: para-. Una preposición que abre puertas e ideas, que conecta acciones y personas. Esta columna se escribe: para contribuir al debate nacional, para sacudir certidumbres cansadas, para analizar la espuma de la coyuntura, para reflexionar en equipo, para desenmascarar la impostura, para hacer propuestas, para jamás abandonar la libertad de pensamiento, para cultivar la esperanza y, por qué no, también para pasarla bien en el mejor día de descanso.
Escribir ofrece una trinchera única para difundir y defender valores, y principios. Es una manera de ejercitar ciudadanía, de hacer política con las palabras y los pensamientos. También es una terapia personal y espero, que también colectiva. Mentarle la madre a la nomenclatura del poder ayuda a bajar el colesterol y el estrés. Luchar contra el empecinamiento ideológico del régimen contribuye a abrir horizontes pendencieros y baja la presión.
Denunciar el autoritarismo, que alimenta el miedo entre la gente, mantiene viva la libertad de conciencia y permite buenos sueños. Diluir con ráfagas de humor los dogmas de la nueva hegemonía permite mostrar que el populismo chabacano no es el fin de la historia y, de paso, previene la calvicie. Evitar el secuestro del imaginario y vocabulario del cambio, por parte de los circunstanciales dueños del poder, permite que la gente vuelva a imaginar el futuro y evita la gastritis del disgusto.
Escribir es un ensayo de la inmortalidad. Seguramente a futuro los buceadores de la historia y los mineros de datos encontrarán mis columnas en las nubes de la internet y con ellas se harán una idea de qué pasaba con el tipo de cambio, descubrirán de las cosas que nos reíamos, entenderán nuestras preocupaciones sociales y comprenderán el debate sobre la política económica que teníamos en el primer decenio del siglo XXI.
Es decir, uno escribe para los lectores de hoy domingo, pero así mismo para los curiosos del futuro, para los que discreparán en el mañana e interpelarán nuestras tumbas y memorias por lo que hicimos mal, pero también por nuestros rosarios de aciertos, que con el añejado del tiempo, esperemos que sean muchos.
Una columna está hecha de palabras, de noches mal dormidas, de hilos de indignación, de miradas extraviadas y mente en blanco, de bocanas de ilusiones, de ironía de ADN sureño, de horizontes de recuerdos, de fronteras del conocimiento y de una perseverancia a veces sacrificada.
Una columna es una ventana a la esperanza, pero para construirla y alcanzarla uno se sube en hombros de gigantes que nos ayudaron a desarrollar las vocaciones, cultivaron los talentos, educaron nuestra ignorancia y apaciguaron nuestros colmos e iras.
Mi primer recuerdo de mentores se traslada a la Escuela Cornelio Saavedra de Villazón, la capital mundial de los vientos. Jóvenes profesores de educación cívica y música nos tallaron el lenguaje y la imaginación en base a obras teatrales. En soleadas horas cívicas en las que adquiríamos el bronceado api, representábamos a Simón Bolívar, Tupak Katari, Eduardo Abaroa y lo más sublime de la época, al propio don Cornelio. Les pido disculpas por no recordar sus nombres, pero sus enseñanzas están aquí reflejadas. En la época también educábamos el espíritu sirviéndonos unos brazuelos de cordero soberbios y soberanos en el sabor al ritmo de los Beatles y Led Zeppeling, en el restaurante Siete Hierbas.
En la secundaria del poderoso San Calixto descubrí simultáneamente la subversión, la literatura y el amor (en el rock ya era ducho), en ese orden de importancia, como corresponde a la marca de los años 70. Nuestro profesor de Física, René Bascopé Aspiazu, nos inculcó que para escribir o hacer la revolución, primero había que leer y, por supuesto, no enterarse ni por la tapas de las leyes de Newton. Así, con varios compañeros de colegio entramos en frenesí leyendo a los Augustos: Céspedes y Roa Bastos. A Mario Benedetti, cuyos cuentos me fascinaron y cuya poesía me ayudó a conquistar a varias compañeras, que para llegarles al corazón primero había que pasar por su conciencia social.
Obviamente, para alcanzar segunda base -como se dice ahora- mínimo tenías que recitar Bertolt Brecht en alemán, cantar músicas de Inti Illimani con acento chileno y bailar como John Travolta. Por supuesto, quedamos flechados, como no podía ser de otra manera, por García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Julio de la Vega, Costa du Rels.
En las clases de Física también descubrimos a Marx y Lenin, así le entramos a la economía. Una pasión que comenzó por el lado izquierdo del corazón. Le dedicamos nuestros mejores domingos de la vida a leer El capital. Tal era nuestro compromiso, que nos inscribimos a cursos de alemán porque sospechábamos que los traductores al español eran revisionistas pequeño burgueses que, al mando del imperio, tergiversaban el pensamiento de los maestros.
Revolución y literatura dio su primer fruto allá por 1977, cuando picamos un stencil, en la clandestinidad, que criticaba a la dictadura banzerista, mostraba nuestra vena de literatura social y hablaba mal de algunas reglas del colegio. Aquí escribí mi primer artículo de título: Ecce homo, (Ese Hombre), inspirado en Nietzche, reivindicaba el trabajo de los porteros, ayudantes, dulceras que trabajaban en torno al colegio. Era mi primera mirada socioeconómica a la realidad nacional. Al terminar el artículo sentí un enorme placer, pero también una profunda angustia. Sabía que nunca más dejaría de escribir y aquí me tiene jodido pero contento.

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