Monday, October 31, 2016

Escuela Mata creatividad y cola de lagarto mejora letra

Hoy, dos historias de Ken Robinson y mi humilde experiencia educativa en la escuela pública Cornelio Saavedra, en Villazón. Todo para una breve reflexión sobre los desafíos de la educación.

En cierta ocasión -relata Robinson en su libro El elemento- una niña dibujaba absorta sobre un papel. Cuando, consultada sobre lo que hacía, respondió con infinita ternura que pintaba la cara de Dios. El profesor sorprendido comentó: ¿Cómo puedes dibujar el rostro  del Creador si nadie lo ha visto? A lo que la niña contestó: Pues bien, espera que termine y lo conocerás.  

 En los años 30, Gillian era una niña que no encajaba en ninguna escuela, era demasiado inquieta, no podía estar parada ni un segundo, sus tareas escolares eran un desastre y caligrafía horrible. Los maestros de la época recomendaron a la madre que la lleve a un psicólogo porque creían que, además de díscola, la pequeña  tenía dificultades de aprendizaje. Según Robinson, en la actualidad se diría que sufría déficit de atención e hiperactividad y le recetarían Ritalin. 

 Por estas tierras se diría que tenía gusanera con gadejo y se recomendarían un buen escarmiento de cocachos, y un tratamiento con enemas de jabón Patria, pero Gillian  tuvo la suerte de consultar un buen y sensible profesional, que pidió quedarse a solas con la infanta y, después de algunos minutos de conversación, salió de su consultorio aumentando el volumen de la música clásica que decoraba su oficina y, desde una ventana, observó junto a su madre cómo la niña se movía de manera cadenciosa y creativa por toda la sala.  Entonces, con voz firme, le dijo a la afligida señora que su hija no tenía ningún problema, simplemente era una bailarina, por lo que había que  ponerla en una escuela de danza. 

 Estudié toda la primaria en una escuela pública ya mencionada en el sur más agudo de Bolivia. 
 
Los primeros años nuestra infraestructura era paupérrima. Ventanas rotas  por donde soplaban unos chiflones en do mayor de padre y señor mío, y pupitres que hablan lenguas muertas cuando uno escribía sobre ellos. En varias ocasiones parábamos las clases para resucitar a los armatrostes de vieja madera porque colapsaban de la nada. Felizmente, un par de años de iniciada mi formación, el Gobierno argentino donó un edifico muy bien equipado. Como la escuela llevaba el nombre de Cornelio Saavedra, presidente del vecino país, se había encontrado esta forma de homenajearlo.

 Por supuesto, nuestra vida cambió del agua al vino, pero lo que no cambió era el régimen prusiano de enseñanza. Maestras poco preparadas nos cocinaban a pellizcones e hirsutos profesores, cargados de inseguridades, nos colgaban de las patillas. 

 Yo era una alumno aplicado, pero con una caligrafía espantosa y una vocación por la lectura que -según mi profesor de aritmética- me metería en problemas con los gobiernos autoritarios y cansaría mi vista. 

 En la época estaba seguro que mi letra me llevaría a la tumba prematuramente y mi lápida sería un garabato espantoso. No obstante que llenaba centenas de hojas dibujando letras regordetas y cursis, a la hora de escribir salían jeroglíficos egipcios. El profesor de lenguaje me llamaba el Tutankamón del sur  y, por supuesto, era el cliente más frecuente del reglazo en las palmas. 

 En la desesperación infinita, con otros compañeros de infortunio ológrafo, íbamos a las desoladas pampas que quedaban detrás de la estación del tren en Villazón, donde cazábamos lagartos, a diestra y siniestra, les cortábamos las colas y frenéticamente nos frotábamos las manos con éstas. Se decía que mejoraba la letra. 

 Conmigo no funcionó y padezco de la maldición de la mala letra hasta ahora, aunque hace varios años atrás me diagnosticaron un tipo de dislexia incurable, por supuesto muy tarde, porque fui el campeón de los castigos en el colegio y hasta ahora se sospecha que fui el responsable la extinción de los legendarios  lagartos de la caligrafía.   

 Pero, felizmente, en la escuela también habían maestros maravillosos. Particularmente recuerdo, con cariño, a mi profesora de música que me dio un sabio consejo: dado que había nacido con dos manos izquierdas, no tenía otra opción que ser como loro colla: abrir los ojos y prestar mucha atención. Obviamente se refería a ser como un búho. En sus clases nunca aprendimos música. Sostenía que todos teníamos un ropero de tres cuerpos en el oído, pero era muy creativa y nos hacia recitar letras de músicas y escribir historias fantasiosa para las músicas. 

 El profesor de gimnasia nos enseñaba a degustar pequeños textos de literatura que salían en Billiken, una revista juvenil argentina. Se rumoreaba que en realidad no era un maestro de la Normal, sino un exilado político que se había refugiando en La Quiaca, pero que andaba  tan sucio de viento que no lo reconocían ni sus parientes. 

 La primera historia muestra que durante buena parte de nuestra niñez, la imaginación y la creatividad son las únicas formas de entender y vivenciar el mundo que nos rodeaba. Para Robinson, la escuela tradicional, con su modelo estandarizado, mata la creatividad y nos hace olvidar cómo dibujar a Dios. 

 La escuela actual sigue siendo normalizadora y castradora, no es capaz de entender la heterogeneidad de inteligencias de los niños. Donde hay talento identifica un problema, como en el caso de la bailarina. La escuela tradicional, aunque ha cambiado mucho desde mis épocas en sus métodos, todavía domestica y anestesia. Entre tanto, siempre hay maestros que a pesar de la precariedad de los recursos y las tradiciones mano militari, se dan maneras de apoyar la creatividad.  

 Las tres historias muestran que el desafío de la educación aún es muy grande y requiere de una revolución para "capacitar a los alumnos para que comprendan el mundo que los rodea y conozcan sus talentos naturales con objeto de que puedan realizarse como individuos y convertirse en ciudadanos activos, y compasivos”, Robinson.

Monday, October 24, 2016

Crisis, alfombras voladoras y escritorios de Pachá

En este último tiempo está en la mesa del debate nacional si en Bolivia estamos o no en una crisis económica. Desde las alfombras voladoras del poder se sostiene que vamos muy bien gracias al nuevo modelo de desarrollo económico en curso, que es blindado, sanforizado, vacunado y a prueba de malas aguas. 

Opinadores ponzoñosos y opositores vendepatrias sostienen lo contrario. ¿A quién creerle? Antes de resolver este dilema, sería pertinente verificar si todos tienen la misma definición de crisis, más aún sería muy ilustrativo  saber si la situación económica, en controversia, es diagnosticada  por sus síntomas  o consecuencias, o ambas cosas. Vamos por partes, como sugiere el descuartizador persa, siguiendo la onda de los recién descubiertos lujitos neorrevolucionarios. Una manera de definir crisis sería decir que la economía está decreciendo en - 10%, la inflación es de dos dígitos, la balanza de pagos es deficitaria en varios miles de millones de dólares, y el Estado está quebrado. Como se habrán dado cuenta, acabamos de describir la Venezuela de hoy, y el año 1984 de la economía  boliviana, cuando se  registraron indicadores similares a los mencionados. Utilizando una analogía médica, este es el caso de la enfermedad desarrollada en su fase grave o terminal. Por supuesto, y felizmente,  esta no es la situación actual de Bolivia. Pero, siempre es bueno recordar que  una crisis no comienza cuando uno está al borde de la tumba, listo para estirar los Manacos. Y espero  que la afición decorativa persa no los lleve a adoptar un viejo proverbio que dice: "Bendita la muerte cuando viene después del buen vivir”.  
 
    Todo problema económico, como de salud, comienza con síntomas de todo tipo y a veces difíciles de interpretar. Algunos indicadores pueden estar bien, como es caso del producto interno bruto (PIB o riqueza producida en un año por un país), que aún crece en torno del 4,5%, pero a un menor valor que en el pasado, o la tasa de inflación que aún está baja.
 
Pero, sin duda, hay otros indicadores  económicos tremendamente preocupantes. Las exportaciones bolivianas, producto de la caída de los precios de las materias primas, han bajado en más de 4.000 millones de dólares en el 2015 y en el año que ya termina, 2016, es muy probable que también perdamos similar valor. Aquí no hay duda que estamos frente a una crisis en la cuenta corriente de gran envergadura, que ya representa el 6% del PIB, y sin decir Jesús. La economía no está blindada y el propio gobierno lo reconoce porque para enfrentar los problemas externos, viene adoptando una terapia de sustentación de la demanda interna vía aumento de la inversión pública, pagos de bonos, promoción de la inversión privada y otros instrumentos. Aquí el diagnóstico de los galenos oficialistas es que esta crisis será pasajera, hay que aguantar quemando ahorros internos, endeudándonos como jeques árabes y rezando a San Mercado para que los precios del gas natural y los minerales vuelvan a subir.
 
En efecto, estamos perdiendo reservas internacionales del Banco Central de Bolivia (BCB) a una razón de 200 millones de dólares por mes y desde el 2015 hemos bajado de algo como 15.000 millones de verdes a 10.800 millones de dólares estas semanas. La pérdida de reservas puede llevar a una crisis de credibilidad en la política monetaria. ¿Cuál es el nivel mínimo de reservas que el BCB debe mantener para que la gente crea que se mantendrá el tipo de cambio fijo, por ejemplo? ¿7.000, 8.000? ¡Señores, hagan sus apuestas! La fuerte inversión y gasto público también es sustentado por un déficit público en ascenso (gastos mayores que ingresos). El hueco fiscal, hace dos años, está cercano a 6% del PIB. Los ingresos de los gobiernos locales han bajado significativamente, gobernaciones y municipios están con problemas en los gastos. Aquí claramente existen otro claro síntoma de crisis  fiscal y de financiamiento a nivel regional. Asimismo, debido al tipo de cambio real apreciado, sectores exportadores no tradicionales han perdido competitividad y la industria nacional está ahogada por costos laborales y competencia, leal y desleal, de importaciones baratas de los países vecinos. Estamos importando inflación baja, sacrificando la producción nacional. Aquí hay otro foco de crisis en el sector real. Por lo tanto, hay que distinguir entre la sintomatología de varios tipos de crisis y exactamente lo que es el desarrollo de la enfermedad. Al parecer, los nuevos Pachas del árbol del poder sólo reconocerán los problemas de la economía boliviana cuando el paciente entre en terapia intensiva.
 
¿Frente a estas diversas crisis, qué hacer? ¿Seguir exigiendo que el avión de la economía boliviana se mantenga en alturas donde hay demasiada tormenta, forzando las turbinas peligrosamente, quemando combustible de reserva finito  rápidamente?  Lo que podría llevarnos a un hard landing o aterrizaje duro, inclusive a un colapso. ¿O propiciar una desaceleración negociada e inteligente del crecimiento, hacer los ajustes fiscales, monetarios, cambiarios que sean necesarios? Así propiciar un soft land, un aterrizaje suave que haga que la economía crezca los próximos dos o tres años alrededor de 3%, por supuesto, esperando que los precios de las materias primas suban nuevamente para recuperar el oxígeno económico que no tenemos en la actualidad y paralelamente, de una vez por todas, impulsar una verdadera diversificación productiva.  Para esto, lo primero que deben hacer los dueños del poder es retirarse de frente del espejo, dejar las ínfulas de Sultán y sería bueno decorar las nuevas oficinas c on unos pullos hechos en Curva y comprarse un escritorio tallado con monolitos en la calle Murillo, así continuar fomentado la demanda interna y recuperar look revolucionario.

Monday, October 17, 2016

Hasta su matrimonio depende de un economista

¿Está hasta el copete con el tema del segundo aguinaldo? Este domingo le ofrezco un oasis académico para librarlo de la dictadura del corto plazo. En la semana que termina la Academia sueca otorgó el premio Nobel de Economía a Oliver Hart (Harvard) y Bengt Holmström (MIT). Ambos desarrollaron la Teoría Económica de Contratos, que es muy cercana a la realidad de las empresas y las personas.

 ¿Alguna vez se ha imaginado la cantidad de contratos que hacen parte de su vida? En algunos casos le hacen más fácil el cotidiano; pero, en otros, convierten su día a día en un valle de lágrimas. El rosario de contratos es enorme: contratos de alquiler, de anticrético, de compra y venta de bienes y servicios, de trabajo, de seguros, de compra de servicios educativos, de créditos, de servicios telefónicos, de servicios de internet, de luz y agua. Hasta su feliz matrimonio, por lo civil, depende de un contrato. 

 Para los profesores galardonados, los contratos son mecanismos para regular las acciones futuras en diferentes tipos de mercado, que pueden ser de competencia perfecta o que pueden tener muchas fallas en su funcionamiento.  Hart y Holmström estaban particularmente interesados en estudiar las fallas de mercado que se originan en los problemas de asimetría del información y desigualdad en la acción y en proponer incentivos y restricciones contractuales para bajar riesgos y costos. Traduzcamos el galimatías económico. 

 Supongamos que hoy día usted va  a hacer una parrilladita para los amigos y decide ir a comprar una mortal punta de s. Irá a un mercado donde encontrará varios carniceros, pero usted ya tiene su preferido, y conoce exactamente el tipo de corte y la calidad de la carne que va a comprar, tiene la información casi perfecta sobre el producto. De igual manera, el carnicero conoce sus gustos y  cortará la carnecita a su gusto. En este caso, estamos frente a un mercado de competencia perfecta, donde el acto de la compra y venta es muy sencillo, no hay costos de transacción ni riesgos muy elevados. En este tipo de mercados no se necesitan contratos. 

 Pero veamos una transacción más compleja. Supongamos que usted está queriendo comprar un departamento, igual se trata de una transacción comercial, pero estamos frente a un mercado donde existen asimetrías de información entre el vendedor y el comprador, y elevados costos de transacción. Para comprar un departamento, generalmente, se contrata a un agente inmobiliario, quien le mostrará decenas de opciones a lo largo de varias semanas y cobrará por ello. Aquí se presenta la primera falla de mercado asociada a desigualdades de información. Usted nunca sabrá si antes de su elección vio los mejores o más baratos departamentos. Así mismo, antes de tomar la decisión final, enfrentará otro riesgo: ¿será que está bien construido el edificio? ¿habrán utilizado materiales de calidad? ¿no será que cuando abra la pila se encienda la luz?  Lo que usted verá es la superficie: bonitas paredes, luces llamativas, baños nuevos y puertas rectas. 
 
Aquí se presenta la segunda falla de mercado y riesgo. El constructor tiene mucha más información que usted sobre la calidad del material usado. 

 Para bajar el riesgo podrá contratar un arquitecto para que le dé una opinión técnica, lo que aumentará su costo de transacción. Una vez resuelto este tema, usted tendrá que comenzar a elaborar un contrato de compra y venta del departamento. Paralelamente deberá buscar un crédito y registrarlo en Derechos Reales. Es decir, más costos de transacción asociados a pago de abogados y tarifas bancarias, por ejemplo.  En mercados complejos e imperfectos habrá elevados costos de transacción y riesgos. Para atenuar todos los posibles problemas, 
comerciales o financieros, asociados a la compra de un departamento, existen los contratos, que si bien no son perfectos, ayudan a bajar la incertidumbre, sostienen Hart y Holmström.

 Los premios Nobel de economía 2016, al desarrollar la teoría de los contratos, también contribuyeron al entendimiento de la teoría de la firma, que puede ser definida como un nexo de contratos, una red de intereses (financiadores, gerentes, proveedores y trabajadores), muchas veces en conflicto, que crean un espacio productivo para ofrecer un producto o servicios en el mercado.

 Supongamos que un grupo de personas decide abrir una pizzería: el Tomate feliz y revolucionario. Sacan la plata del colchón bank y aportan de igual manera para una sociedad.  Lo que los une es un contrato de sociedad y nombran un directorio que se organizará a través de otro contrato (reglamento).  En el siguiente paso, el flamante directorio nombra un gerente, a quien, en un contrato, se le establecen sus obligaciones y derechos.

 Un graduado de Maestrías para el Desarrollo de la Universidad Católica Boliviana elabora un plan estratégico para la nueva empresa y contrata trabajadores para amasar y hornear nuestras pizzas. Para concretar estas relaciones laborales se necesitan contratos. La provisión de harina, tomates, orégano y otros insumos también se hace a través de  contratos. El gerente se reúne con un banco y, vía un contrato, consigue un préstamo de arranque.  Accionistas, directorios, gerentes, proveedores y trabajadores crean una cadena de contratos, que ahora es una firma. 

 En suma, Hart y Holmström sostienen que para que este complejo nexo de relaciones sobreviva en el tiempo y haga felices financieramente a todos se requieren contratos complejos que proporcionen confianza mutua y gobernabilidad a la empresa. 

 Finalmente, si usted pensaba erróneamente que detrás de su contrato de matrimonio había un abogado, ahora sabe que en realidad es un economista quien ha diseñado el sistema de incentivos y restricciones de la feliz relación con su pareja.

Monday, October 10, 2016

“Mi amor me dieron mi 2do Aguinaldo y mi carta de despido”.

En la coyuntura actual, nada provoca más polémica que el pago o suspensión del segundo aguinaldo (2A). En realidad, se ha convertido en un dilema que atraviesa miles de corazones ciudadanos y toca las fibras más frías del Leviatán criollo. Para comenzar la saga del 2A permítanme un breve recapitulación y evaluación integral de esta medida, rescatando frases de amor que, según mis amigos del Facebook, habrían inspirado este cañonazo de marmaja.  El título de esta columna me lo sugirió Miguel Angel Cárdenas.  

El 2A pretende ser una política pública distributiva (pero sólo aspira, como veremos adelante) que se implementa toda vez que la tasa de crecimiento del producto interno bruto (PIB) - es decir, la riqueza generada por toda la economía boliviana en un año - es igual o sobrepasa el 4.5%.  Cabe recordar que este es un parámetro artificial porque es un promedio de lo que pasa en varios sectores, que en algunos casos crecen por encima de este valor y en otros por debajo. Veamos este problema, con los datos de crecimiento económico desagregados del 2015. Este año, el crecimiento promedio fue de 4,85%, y los sectores que podrían pagar el 2D, sin mosquearse, serían Agricultura que creció al 5,12%; la Manufactura que pasó raspando con un crecimiento 4,58%, pero dentro de este sector, quienes ciertamente pidieron pita fueron fueron los sectores de textiles (D 1,77%) y madera (D 2,94%), por ejemplo. La minería y la industria de hidrocarburos decrecieron en -1,38% el año pasado y ciertamente se endeudaron para pagar el 2A. A otro sector que le fue regular fue a comercio que creció al 4,35%. La construcción (D 5,36%), los servicios financieros (D 9,25%%) y sobre todo, a los servicios de la administración pública (D 9,37%) les fue de maravilla. Los datos proviene del INE, por si acaso, no de la odiada suegra del FMI. Siguiendo la regla del gobierno es fácil identificar quienes pudieron y quienes no, pagar el 2A. Pero esta es una aritmética política falluta porque cree que un neorevolucionario podría meter su cabeza en un horno y sus pies en hielo, y decir que en promedio se encuentra bien. En el mundo económico, es esta lógica es equivocada y está matando a muchas empresas que se ven obligadas a cerrar o correr a los brazos de la informalidad. O como dice Enriqye Alpire: “Crezca o no la economía, tu tendrás tu 2D”. En la política y el amor oficialista no se aplican las odiosas leyes de la matemática.

Esto último nos da pie para recordar que el 2A es obligatorio sólo para el sector formal de la economía. Cabe recordar que tan sólo el 20% de la población económicamente activa de Bolivia está en este sector, el resto de los trabajadores sobrevive en el reino de la informalidad donde, muchos ni siquiera, reciben el primer aguinaldo. La distribución de renta propiciado por el proceso de cambio es para unos pocos y nos es sostenible, en cuanto la mano invisible se encarga de las grandes mayorías. Según Mario Camacho se trata de un bono ciego, yo ampliaría, se trata de  una política pública ciega de un ojo y medio que se convierte en un gran incentivo para que los empresarios, asfixiados por los costos laborales,  se refugien, total o parcialmente, en la economía paralela o simplemente cierren las puertas. Es populismo de corto plazo que mata el empleo productivo de largo alcance, y que confirma que en Bolivia, la informalidad es la fase superior del capitalismo de camarilla y bajo el patrocinio de los camaradas contemporáneos de Mao. Sólo el comercio de baratijas nos hará libres y desempleados, o como dice Carlos Terrazas E. “Mi amor me dieron mi 2D y mi carta de despido”.

Para que no digan que soy un mal agradecido que reclama del 2A pero le encanta gastarlo, debo declarar que creo en el pago de incentivos o en sistemas que comparten riqueza, pero estos deben estar conectados a la productividad de los factores de producción. Si la productividad media de los trabajadores aumenta en la empresa o la economía, no hay la menor duda que esto debería ser remunerado. O como dice el Sebas Peredo: “Amor, me cumples y tendrás tu 2A”
Ciertamente más allá de las inconsistencias del 2A, también este coloca dilemas profundos y difíciles para el gobierno, tal vez eso explique el retraso de la entrega de las cifras de crecimiento del PIB y la molestia con el dato presentado por el FMI, que dice que el producto, en el 2016, sólo crecerá al 3,7%. Pero antes que Usted quiera cortarse la venas con hojas de lechuga, y decirle a su media naranja: “Amor, este año sólo hay sopa, y no segundo” (Claudia Campanini) debo tranquilizarlo y decirle que esa no es la información que usa el gobierno para pagar el 2A, primero deben ser datos del INE y segundo, los periodos no son comparables. Los malditos del FMI estiman, la variable en cuestión, de enero a diciembre, en cuanto el gobierno mide el PIB de septiembre del 2015 a agosto del 2016.      

Pero volvamos a los dilemas del gobierno. Pagar el 2A, en el keynesianismo de guitarreada que impera en el país, sería reactivar la demanda interna nacional, no importa si mucha de esa plata se va fuera del Bolivia, porque,  al hacerlo mueve el comercio. Además cae al pelo para enfrentar el shock de ingresos negativo que vive la economía boliviana debido a la reducción de los precios de las materias primas. Pero por otro lado, hay dos problemas: 1) el déficit comercial se ahonda (importaciones mayores que exportaciones) y 2) las arcas públicas están vacías, el déficit publico ya es de 6% del PIB. Pagar el 2D en el sector estatal es comprometer las finanzas públicas.


Ahora también existe otro dilema de señal política. No pagar el segundo aguinaldo, sería una prueba más de que la economía boliviana está en crisis y se daría razón a la cambada de opinadores, opositores y otras hierbas malas, por lo tanto, talvez sería mejor pagar el 2A endeudándose para seguir inflando la burbuja de consumo y dando la sensación de riqueza sin desarrollo. Amor, me casque el segundo aguinaldo, pero quien cuenta algo tan burgués como plata, cuando se esta haciendo la revolución.

Monday, October 3, 2016

La economía y las trampas políticas

En términos de narrativa política y económica, el Gobierno nacional ha construido un imaginario bipolar. En la lectura oficialista, cargado de un fuerte maniqueísmo, el mundo de las ideas está dividido en dos paradigmas: por un lado, el luminoso modelo económico revolucionario en la aplicación, responsable único de todos los logros económicos y sociales;  y, por otro, el oscuro y ponzoñoso  neoliberalismo, responsable de los dolores pasados, presentes y futuros de la nación.

 Así, el mundo y el país están claramente divididos  en estas dos ideologías, que se enfrentan en escenarios nacionales e internacionales con una enorme carga de un nacionalismo chabacano, ese sentimiento que cree que todo lo que no es espejo local, es feo y responsable de todos los males del país. 
 
El tiempo histórico, las emociones colectivas, las ideas y las acciones  están cortadas por un dualismo simplón, pero muy útil para el adoctrinamiento ideológico y para la guerra política. Pasado desastroso versus presente de cambio, sublimes patriotas contra vende-patrias sin alma, neorevolución versus liberalismo y estatización contra privatización. En suma, una trampa política y conceptual que se aplica sobre todo, aunque no exclusivamente, a la economía y la visión de desarrollo y en la que, lamentablemente,  se enredan oficialistas y opositores.   
 
El maniqueísmo político tiene antecedentes en la historia de América Latina y no es monopolio de la actual gestión de gobierno. Cabe recordar que el péndulo del desarrollo, en los últimos 100 años, ha oscilado entre derechas privatizadores e izquierdas populistas, cada lado y en su tiempo, sobrecargando las tintas de las virtudes de sus respectivos modelos. Inclusive en la actualidad, el aburrido vaivén se repite una vez más. En efecto, buena parte de las políticas públicas de Macri, en Argentina, o Temer, en Brasil, han vuelto al pasado privatizador, por  ejemplo. Nuevamente, la cruel profecía, que sostiene que en la región latinoamericana caminamos en círculos, se cumple. 
 
¿Es posible salir de la trampa conceptual y práctica de dualismo populismo versus neoliberalismo? Por supuesto que sí, pero para esto se requiere romper con el maleficio que aqueja a las políticas públicas que confunden medios con fines. Los objetivos de una estrategia de desarrollo no son la nacionalización o privatización de los recursos naturales, ni la manutención del tipo de cambio fijo o la entrega o eliminación de un bono. Estos apenas son los medios.
 
La meta final de un Estado es mejorar significativamente la calidad de vida espiritual y material de la sociedad. De manera más concreta, que la gente tenga un empleo e ingresos dignos, que reciba acceso a educación y salud de calidad, que los derechos a vivir en una sociedad sin violencia y en un medio ambiente sostenible estén garantizados  y un largo etcétera de mejores condiciones sociales y tecnológicas. 
 
Para ilustrar este punto coloquemos dos ejemplos muy concretos  de maniqueísmo político de la coyuntura nacional que confunde medios con fines. Por un lado, privatización versus estatización y, por otro, pago o eliminación de un bono, como es el segundo aguinaldo. 
 
Detrás de la falsa dicotomía público - privada está el objetivo que tienen las empresas, independientemente de su tipo de propiedad, de  generar valor económico y social para la sociedad. Son las firmas, de diferente tamaño, las que generan riqueza y bienestar.  Atribuir al cambio de propiedad condiciones inmanentes para un desempeño positivo o desastroso de una empresa muestra que se desconoce que el Estado o sector privado son construcciones institucionales complejas. 
 
Por supuesto, la vulgarización de política actual convierte a la nacionalización en el logro supremo de la gestión, el santo grial del proceso de cambio y, por supuesto, todo lo que se le ponga a ello es una erigía ignara. Oficialismo y oposición sacan las espadas y confunde caminos con metas.   
 
De una manera más conceptual, lo público o privado, para que funcionen, dependen de reglas de juego formales (legislación) e informales (usos y costumbres), de arreglos institucionales. Desde una perspectiva macro, para un mejor funcionamiento de una empresa privada o pública se requiere garantizar derechos de propiedad públicos, privados, colectivos, y hacer cumplir los contratos; es decir, un poder judicial eficiente e independiente.
 
También son fundamentales las instituciones reguladoras de las empresas con poder de mercado, ya sean estas estatales o privadas. Desde una perspectiva más concreta, las empresas, independientemente de su propiedad, requieren de: liderazgos constructivos, gobiernos internos (gobiernos corporativos) transparentes, gerencias profesionales, sistemas de innovación estratégica, mecanismos de control vía mercado  o Estado. Por lo tanto, el objetivo en una políticas de desarrollo no es la propiedad de la empresa y sino crear las condiciones mencionadas para que las compañías generen valor económico y social. 
 
Otro ejemplo de trampa política es el falso dilema de pagar o suspender el segundo aguinaldo, cuando el objetivo estructural del desarrollo es generar riqueza con responsabilidad social y medioambiental, y promover el empleo digno y sostenible. Lo anterior tiene que ver con la innovación tecnológica, la productividad y competitividad de los factores de producción de la empresa, incluyendo el trabajo. Por lo tanto, las políticas de desarrollo productivo deben estar centradas en crear las condiciones y las políticas para alcanzar las metas señaladas. Una forma de lograrlo puede ser mejorando la participación de los ingresos de los trabajadores, pero este es un medio y no un fin en sí mismo, como es planteado en la actualidad. 
 
Cuando se superan las trampas políticas dicotómicas y las acciones del desarrollo se focalizan en los verdaderos objetivos, se comienza a construir políticas de Estado de largo plazo, cuya virtud es independizarse de los ciclos de políticos cambiantes y desordenados, y de la demagogia bipolar local. 

Análisis incremento salarial

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